Jueves 22 de Mayo de 2008
Me pregunto qué haré este 25 de Mayo. Me criaron en un pueblo en medio del campo. Amo los rubios rincones de sus trigales. De muy chicos nos traían a Rosario (ciudad de origen de mis padres) a que nos fuera seduciendo el río, el troley, el parque de la Independencia con sus botecitos, su pororó y aquél jugo metido en un cucurucho de papel que vendían en el camioncito anaranjado. Por supuesto la cancha con la placa del abuelo y siempre el Monumento. Lo bajábamos corriendo por sus escalinatas anchas y generosas mientras mis padres nos esperaban al final del trayecto. ¿Vieron lo que es esto? ¿Vieron el tamaño de nuestra bandera?, nos decían. No éramos los únicos. Cientos de familias hacían algo parecido. Pero cuando verdaderamente impresionaba era cuando lo visitábamos para alguna fecha patria. No sé, algo pasaba dentro del pecho. Como si de repente nos hiciéramos un poquito más argentinos. Esto también era algo que se compartía. Era allí donde tenía sentido, como ocurre con el mate: trasciende el mero hecho de beber algo agradable cuando se comparte. Tal vez era muy pibe, pero lo recuerdo como un momento en el que no se hacía distingos. Todos teníamos derecho a prendernos la escarapela y llevarla con orgullo. Insisto, un orgullo compartido y no de unos pocos. Se trataba de encontrar el punto de coincidencia, el punto que nos da ese estado único en la vida de cualquier persona: el de compartir con placer. Pasaron los años, yo crecí, ocurrieron muchas cosas, muchas desavenencias, y me tuve que ir junto a tantos, a extrañar los colores nuestros, de lejos. No sé, tal vez me quedé en aquel chico criado en medio de la pampa gringa. Ignorante de muchas cosas. Lo cierto es que me cuesta entender cómo después de todo lo que nos ha ocurrido, todavía se proponen cosas que nos separan, como si una conmemoración tan cara a todos los argentinos tuviera también un solo dueño. Me pregunto qué haré este 25 de mayo para sentirme incluido en medio de todos aquellos a los que las lecciones de vida de un país no les pasan inútilmente.
Carlos (Caio) Viale, carlosrolandocaio@hotmail.com