Martes 20 de Mayo de 2008
A cuatro décadas de las jornadas que conmovieron al mundo, cuando los jóvenes de las más diversas ciudades expresaban a viva voz su hartazgo contra las guerras, la opresión y las injusticias, resulta sorprendente apreciar las profundas mutaciones operadas por las sociedades de Occidente. Las diferencias materiales entre el próspero hemisferio Norte y el expoliado y empobrecido Sur no sólo se ampliaron, sino que la tendencia hacia la desigualdad y la falta efectiva de libertades de todo tipo crece, no se detiene. Es dable observar que el fervor transformador y renovador de la juventud fue reemplazado por una abulia inducida desde los mass media, por un generalizado escepticismo y/o nihilismo. El terrorismo de estado tiene en esto una responsabilidad de primer orden. El consumismo como mecanismo domesticador opera como narcótico para satisfacer las falsas necesidades creadas por el propio sistema. A su vez con el aumento de la pobreza crece el número de víctimas de las múltiples violencias urbanas: gatillo fácil, alcoholismo, drogadicción, instrumentos para huir de una realidad que agobia cada vez más a más personas. "Obreros y estudiantes unidos y adelante", "prohibido prohibir", "la libertad empieza con una prohibición" o bien "seamos realistas, pidamos lo imposible" eran consignas que hablaban desde las paredes mientras miles de jóvenes marchaban solidarios, hermanados, desafiando gases y cachiporras policiales por las calles de París, Madrid, Roma, Berlín, etcétera, repudiando la guerra imperialista de EEUU en Vietnam, la invasión soviética a Praga y manifestando su rechazo a las imposturas y los simulacros. Esas palabras claras y precisas deberían ser un acicate para el presente acechado por el cambio climático y el monocultivo. La libertad será conquistada por la lucha de los pueblos, no provendrá de concesiones amables de quienes no ceden sino a sus mezquinos deseos. Si ayer esto era necesario hoy es impostergable.
Carlos A. Solero, casolero_1@hotmail.com