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Maíz: la cadena de valor busca consolidar alianzas fronteras afuera

Las entidades buscan resolver cuestiones comunes como las barreras arancelarias y el comercio entre distintos países.

Sábado 18 de Julio de 2015

Este año, el congreso anual que realiza la cadena del maíz, Maizar, creció en pretensiones. Bajo el lema “construyendo futuro” llevó adelante, durante dos días completos, cuatro mesas simultáneas en distintas salas, lo que resultó en 32 paneles que abarcaron desde temas estrictamente técnicos como los hongos en el ensilaje hasta de índole estratégico-política acerca de cómo posicionarse y comunicar en el sector; desde lo ligado a la última tecnología en maíz hasta análisis de mercado de sus productos derivados, como las carnes o la biomasa.
 
También se analizaron temas como la necesidad de reprogramar las exportaciones de pollo que iban a Venezuela hasta un debate acerca de cómo diseñar la currículas para formar a los agrónomos del 2030, por parte de decanos de carreras de Ciencias Agrarias; desde la quita de competitividad del maíz por el impacto de los fletes internos hasta los hábitos alimentarios y como volverlos más saludables; desde la excesiva presión impositiva que soporta el campo hasta los mitos en materia de alimentos, entre otros temas.
 
Si bien las mesas tuvieron esas diferencias temáticas y de enfoques, muchas compartían denominadores comunes, premisas generales que van definiendo el terreno en el que el sector se va organizando. Y que también vienen apareciendo en otros eventos ligados al agro, como los organizados por Lideo por la Fundación Fada.
 
Premisas comunes. Una de esas cuestiones es, puntualmente, la organización transfronteriza. De algún modo, supera el concepto de cadena, que pretende integrar a todos los sectores involucrados en la producción y agregado de valor de un cultivo en una alianza del tipo ganar-ganar —bajo la convicción de que a la larga no puede irle bien a un eslabón si a otro le va mal—, buscando formar alianzas con otros sectores relacionados en otros países. En relación con el maíz, es el caso de Maizall, la alianza de las cadenas del maíz de Argentina, Brasil y Estados Unidos.
 
Esas asociaciones están muy vinculadas al quehacer del comercio internacional. Respecto de esto, en varios paneles del congreso se planteó el problema de las barreras arancelarias y paraarancelarias, y el rol alianzas regionales y los tratados de libre comercio para vencerlas. Incluso, si el Mercosur sirve o no como herramienta para estos fines.
 
A la vez, apareció el problema del arancelamiento interno que suponen las retenciones a la exportación. Para Ramiro Costa, economista jefe de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires (BCBA ), “si eliminamos las retenciones, la tasa de crecimiento de la producción agrícola duplicaría su velocidad con respecto a si no cambiamos las políticas actuales”.
 
El tema de la producción y demanda global de alimentos fue otro de los puntos comunes de varias disertaciones, entre ellas, la de Juan Carr, que puso el acento en que el problema de hambre  en la Argentina no tiene que ver con la producción sino con la distribución, pues alimentos sobran.
 
Fernando Vilella, del posgrado de Agronegocios de la Universidad de Buenos Aires (UBA ), subrayó el rol que el país puede cumplir en el comercio global de alimentos gracias a la disponibilidad de recursos: “La Argentina tiene el mejor suelo cultivable del mundo, es el cuarto país en disponibilidad de agua dulce y está dentro del 10% de naciones del mundo con excedente de alimentos, con 7 veces más suelo útil por habitante que China”, dijo.
 
En tanto, el economista Roberto Feeney, de la Universidad Austral, insistió en que no debería haber conflicto en este país entre exportación y consumo interno de productos agropecuarios, salvo en los productos ligados a la alimentación saludable (frutas, hortalizas y lácteos), cuya producción habría que incentivar para poder exportar sin conflictos. “Limitar la exportación de materias primas y alimentos para que bajen los precios internos —como viene haciendo el actual gobierno— tiene efecto positivo a corto plazo, pero en el mediano y largo desincentiva la producción”, recalcó.
 
La necesidad de construir consensos también fue un issue recurrente, quizá incentivado por los incidentes que rodearon, hace un par de meses, la visita al país del biólogo español José Mulet, ferviente defensor de la biotecnología, que fue hostigado en varias conferencias, que lo llevaron a desistir de presentar su libro en la Universidad de Córdoba. De allí que una de las mesas se orientó específicamente a debatir sobre los mitos que rodean los alimentos.
 
Sustentabilidad. Otro tema que apareció en distintas mesas fue el de la sustentabilidad, pero entendida no solo como preocupación medioambiental, sino de modo más complejo: abarcando la cuestión de lo productivo, de la rentabilidad y de lo social. Este concepto da por sentado que el conservacionismo extremo no permite producir nada, que el crecimiento de la producción de las últimas décadas fue lo que permitió reducir el hambre y mejorar la alimentación en el mundo y que no hay producción sin rentabilidad. Pero que, a la vez, entiende que un sistema productivo no debe generar excluidos.
 
Tal idea fuerza surgió en la mesa en que los decanos de Ciencias Agrarias reflexionaban sobre cómo formar a los futuros ingenieros agrónomos de 2030 -hoy chicos de diez años-, en un momento en que las nuevas tecnologías avanzan y van modificando las prácticas. También fue sustrato en la mesa en que técnicos del Inta y del Ipni analizaron la necesidad de fertilizar los campos para preservar los suelos.
 
“Uno de los retos de la agricultura global es lograr la disminución de combustibles fósiles, tratar de que no se agrave el cambio climático y la vez poder producir, con los retos de que la población crece y se reducen las tierras disponibles por urbanización y erosión”, resumió Alejandro Deltec, de Aapresid.
 
En lo que hace específicamente a la producción de cultivos, se comentaron varias novedades en materia de tecnología que requieren una aplicación a conciencia, como si la época de la producción a ojo estuviese terminando. Por caso, hubo mucha insistencia en que cualquier aplicación de fertilizante o decisión de rotar requiere análisis de suelos, una práctica poco extendida todavía. Asimismo, en materia de qué cultivos sembrar, qué variedad de semillas, en qué momento del año y cómo fertilizar, se propuso que las soluciones son particulares, en función del suelo, las lluvias previstas, las napas freáticas y los precios internacionales. Quedó claro que los agrónomos tendrán un lugar cada vez más destacado.
 
En la misma línea, con relación al cuidado del suelo, hubo mucha insistencia en la necesidad de rotación de cultivos, dado que aún cuando la aplicación de fertilizantes fuera óptima (y es muy deficitaria en promedio), hay cuestiones relativas a la estructura física del suelo y a la materia orgánica que la aplicación de fertilizantes químicos no puede resolver. En este sentido, se puso énfasis en la rotación de la soja con gramíneas, como sorgo, pisingallo, maíz tardío, entre otros.
 
El sorgo en particular mereció tratamiento en varias mesas, ya que si bien hoy comparte el nivel de retenciones del maíz, no tiene el costo que este cereal paga por las semillas, y arroja un margen bruto superior al del maíz en todas partes, e incluso positivo en zona núcleo, frente a las pérdidas que da el maíz en campo alquilado.
 
Más valor. Otro tema recurrente fue el agregado de  valor, algo en lo que el maíz aparece como un cultivo privilegiado, no solo por sus usos más conocidos como alimento de cerdos de vacunos para producción de carne y leche. Martín Fraguío, director ejecutivo de Maizar, fue uno de los que planteó otros usos, como el de la bioenergía, que” implica un gran cambio respecto de la Revolución Industrial, ya que ahora los pueblos disponen de energía propia y los países comienzan a desarrollarse desde las periferias: desde los aserraderos, los ingenios azucareros, los frigoríficos o centros agrícolas”. Y agregó que la producción agropecuaria “comienza a ver a la agricultura como captura de energía solar, y el productor comienza a pensar cuánta energía genera mi cultivo”. Otros desarrollos de punta, dijo, están llegando por el lado de la industria automotriz, con el diseño de motores especiales para biodiesel y bioetanol, y el interés del sector aeronáutico y naviero. “La ciencia de la microbiología pasó a ser ‘superprioritaria’ para transformar residuos y biomasa”, señaló el directivo.
 

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