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Los ingenieros debaten sobre el desafío de la nueva agronomía

En su congreso anual, los profesionales hicieron un análisis introspectivo, en tiempos en que la actividad se complejiza.

Domingo 05 de Julio de 2015

Los ingenieros agrónomos de la provincia de Santa Fe se reunieron durante dos días con el objetivo de discutir a fondo sobre las tensiones crecientes que atraviesa su profesión, interpelada tanto por el debate sobre los límites económicos y sanitarios del actual modelo de producción agropecuario pampeano, como por la complejidad creciente de las interacciones sociales en “las” agriculturas.
 
Lejos de las discusiones técnicas que suelen ser las que motorizan los congresos de la especialidad, este año el Colegio de Ingenieros Agrónomos provincial (Ciasfe) convocó a sus miembros a juntarse para compartir una mirada introspectiva sobre la actividad, insinuada ya desde el propio lema del encuentro: “La complejidad de la nueva agronomía, controversias y desafíos”, organizado el 25 y 26 de junio pasado en Rosario.
 
Con esa consigna, los casi dos centenares de profesionales que participaron de la convocatoria formularon una fuerte autocrítica respecto a la imagen que la profesión tiene ante una mirada social que muchas veces los considera más “vendedores de químicos” que científicos, al tiempo que reclamaron una mayor participación en la elaboración de políticas públicas, tanto en relación con el modelo productivo como para diseños territoriales.
 
“El sistema cruje por todos lados y debemos ver ésto ahora. Por eso el profesional del futuro debe estar muy formado, ser comprometido con los procesos sociales y muy respetuoso de normas que necesariamente deben formularse en base a nuevos consensos”, señaló Gastón Huarte, el presidente del Ciasfe.
 
Dos ejemplos concretos de políticas en las que debería incluirse la mirada del agrónomo son las normativas para aplicación de fitosanitarios y el ordenamiento del suelo que emerge, en buena medida, de las nuevas franjas periurbanas donde se prohibe la aplicación de agroquímicos. “Debemos participar donde se generan las políticas públicas”, reclamaron los profesionales.
 
La mirada externa. En primer lugar, y a modo de disparador del debate, los profesionales miraron un video preparado por el propio Colegio que consultaba a pobladores de diferentes pueblos santafesinos respecto a la visión que tenían de los ingenieros agrónomos, de las fumigaciones con agroquímicos, y por último, sobre el grado de confianza en los saberes y la responsabilidad final de los propios ingenieros en esas aplicaciones.
 
Los resultados, elaborados tras un trabajo de taller, fueron compartidos con la totalidad de los participantes, y permitieron sacar conclusiones bastante generalizadas respecto a cómo percibe la sociedad el trabajo de estos profesionales: “Nos ven muy pegados a los cultivos extensivos como soja y maíz y muchas veces nos confunden con vendedores de productos químicos”, se escuchó en muchas mesas de análisis.
 
A la hora de buscar respuestas al por qué de esa imagen, algunos buscaron culpables en “la prensa amarilla” o “los ataques de los ambientalistas”, mientras que muchos otros asumían “una falta de compromiso”, una formación académica todavía demasiado atada al monocultivo de soja, o simplemente un «achanchamiento » durante los últimos años de la mano de un paquete tecnológico de fácil utilización como el que conforman la siembra directa, la soja transgénica y el glifosato.
 
También se hizo referencia a la falta de conocimiento que existe respecto a toda el área de incumbencia que puede tener el trabajo de un agrónomo, desconocida para casi toda la población e incluso — según mencionaron— por algunos profesionales. “Falta debate, mayor participación y compromiso social, seguimos muy pegados a un perfil productivista y todavía no aparecen con claridad las opciones al modelo extensivo de soja”, se repitió en muchas de las mesas.
 
Además de hacer autocrítica, también mencionaron los límites externos que existen en esa área de trabajo, como la falta de opciones tangibles al modelo productivo extensivo vigente, la poca voluntad de los productores por contratar expertos para que los asesoren respecto al manejo del campo y del negocio, y la escasa participación en la elaboración de políticas públicas, tanto por falta de participación como por “falta de escucha” por parte del Estado.
 
Lazos institucionales. La Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Rosario que funciona en Zavalla fue señala da por buena parte de los participantes al congreso como el ámbito casi natural para comenzar a cambiar las cosas, tanto respecto a la formación general que reciben los ingenieros agrónomos, como en lo relativo a la vinculación con otros actores institucionales. “Existe una mejor relación y colaboración hoy en día entre la facultad y el colegio, pero falta más todavía”, mencionó Huarte.
 
A pesar de los intentos de la actual conducción académica por volver a introducir una mirada social en la gestión de los modelos productivos, los cambios —según perciben muchos profesionales— son lentos y todavía “pesa mucho el modelo tradicional”, así como “la falta de modelos alternativos”.
 
También se escucharon algunos cuestionamientos al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta), demasiado volcado al estudio del monocultivo de soja y con fuertes direccionamientos por parte del gobierno nacional. “Está muy regionalizado, parece que importa una sola visión de la producción”, se mencionó durante la presentación de los resultados de los talleres.
 
En ese sentido, reclamaron una mayor visión holística de los sistemas productivos así como un trabajo más integrado con otros actores sociales presentes en el terreno, como la clase dirigencial, los médicos, y otros profesionales en general.
 
Extensionismo. La labor de los ingenieros del Inta en el terreno fue otro de los ejes de las jornadas organizadas por el Colegio de Ingenieros Agrónomos, abordada desde la perspectiva de “la complejidad de la profesión” acorde al paso de las décadas.
 
El encargado de brindar su visión fue Julio Elverdín, el director argentino del laboratorio multinacional Agriterris, quien repasó los cambios en la profesión con el paso de los años. “Antes el ingeniero agrónomo se ocupaba de las cuestiones técnicas, y se especializaba sobre todo en la Pampa Húmeda y en las exportaciones. Hoy debe interactuar con nuevas disciplinas para convertirse en un facilitador de escenarios complejos”, dijo.
 
La primera época analizada fue la comprendida entre los años 1976 y 1984, años de Estado autoritario e introducción de la revolución verde al país. “Era una época de muchos asesores y de creación de las asociaciones de ingenieros agrónomos”. El extensionista era “un profesional transferencista con buenos conocimientos técnicos”, recordó.
 
La segunda etapa analizada fueron los 90, los años neoliberales de reducción de las capacidades estatales y apertura al capital privado. “Fue el momento de la caída de las cooperativas y de los sistemas de extensión. Aparecieron los contratistas y las asociaciones por cadenas”, dijo, para agregar como fenómenos del momento el despoblamiento rural y la aparición del concepto nunca visto antes de “necesidades básicas insatisfechas”.
 
Fueron los años de la descentralización del Inta y de la tercerización de la extensión.
 
Por último, Elverdín desmenuzó la época actual, desde el 2001 hasta la actualidad, años caracterizados por la sociedad del conocimiento y la nueva ruralidad y las políticas neodesarrollistas. “Aparece una nueva institucionalidad como el Foro de Agricultura Familiar, o los ministerios de Ciencia y Tecnología y de Agricultura”, agregó.
 
Para el experto éstos son años de diversidad de actores y modelos, y de comenzar a hablar de “las agriculturas” que conviven en un mismo territorio. “Aparecen muchas cosas a priori fuera de la órbita del ingeniero agrónomo, que debe comenzar a discutir con otros actores”. El extensionista vuelve a formar parte de las políticas públicas.
 
Complejidad y después. Raúl Motta, director del Instituto Internacional para el Pensamiento Complejo, fue el encargado de la lectura filosófica de las tensiones que la nueva complejidad genera en la profesión de ingeniero agrónomo. “Debemos pensarnos en el territorio ya que venimos de una formación técnica en la cual el sujeto ha desaparecido, incluso en la medicina”, resumió, para agregar que los profesionales de la actualidad “no están preparados para enfrentar la complejidad de los sistemas”.
 
“El ingeniero debería cambiar permanentemente, abordar y gestionar lo diverso en movimiento, ya que la complejidad es un atributo de lo vivo. Pero hoy nos encontramos desbordados de interacciones”, explicó Motta, para quien los problemas que emergen de manera permanente “no se corresponden con las disciplinas tal como las estudiamos”.
 
Para Motta, en el contexto actual, la alta ingeniería debería parecerse “más al arte que al positivismo. Debemos volver a la capacidad de ingenio, de combinar cosas que nadie ve”.
 
En definitiva, el profesional del futuro debería potenciar sus actitudes y aptitudes por sobre la información o el conocimiento: “la educación debe fomentar una mentalidad estratega que pueda articular diferentes habilidades desde el ingenio”, dijo. “Se trata de formar mentes estratégicas y no más mentes programadas, que sólo son eficientes en contextos estables”, concluyó.
 

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