“La selva académica. Los silenciados laberintos de los intelectuales en la
Universidad” (Homo Sapiens Ediciones), es un libro que abre la discusión al interior de la
academia sobre la idea ya naturalizada de que “los trapos sucios se lavan en casa”. Su
autor, el doctor en psicología Roberto Follari, se apoya en la razón y en la crítica para asegurar
que hay que objetivar la discusión sobre este comportamiento institucional.
Sugiere además que los intelectuales, en este caso los académicos, tienen que asumir un rol más
protagónico y público. Cita como ejemplo la carta que firmaron a propósito del lock out del campo;
al tiempo que cuestiona muy duro a las facultades que ni siquiera hablaron del tema, como también a
la que llama la “ultraizquierda primitiva” que se sube a cualquier tren.
—Tal como anticipa el subtítulo de su libro, “Los silenciados laberintos de los
intelectuales en la Universidad”, ¿de qué no hablan los académicos?
—No hablan de su propia práctica institucional, de sus intereses específicos y su
comportamiento institucional. Todo eso está oculto para la sociedad y muy a menudo oculto para sí
mismo en una densa nube de ideología, de auto ocultamiento de los propios intereses. Así, la
ideología del intelectual pasa por “todos los demás tienen intereses espurios, yo soy puro,
sano y transparente”.
—Hay una especie de comportamiento corporativo en esto de no abrir esta discusión
hacia fuera, pero ¿en algún momento se da al interior de la academia?
—Bastante poco. Cuando hablo de “selva” tiendo a subrayar el aspecto de enorme
dispersión y rechazos mutuos, donde cada uno hace su juego. La solidaridad sólo se da al interior
de los que pertenecen al propio grupo. Y esto no significa el mismo núcleo político, sino que tiene
que ver con el interés del ascenso personal en la escala académica.
—Los alumnos se quejan de la ausencia frecuente de profesores, se cuestiona la
calidad de la enseñanza y algunos grupos estudiantiles presionan en lo que no acuerdan a tal punto
de poner en riesgo buenos planes de estudio. Sin embargo, parece que estos temas no se pueden
debatir porque desprestigian a la Universidad pública ¿Ayuda el silencio?
—No, no ayuda para nada. Sé que son temas que no se pueden tratar con facilidad ante la
opinión pública porque pueden ser deformados por los medios y aprovecharse para campañas de
desprestigio contra la Universidad, pero en nombre de eso no se pueden resguardar prácticas
antidemocráticas, comportamiento sectarios, formas de impedir que otros entren a los cargos porque
“ya tenemos a los amigos instalados en ellos”, y otra serie de mecanismos que son casi
naturales en la Universidad. Insisto: sé que existen posiciones pro empresariales y privatistas que
quieren tener universidades que sean de los empresarios. Estoy en contra de esto, porque son
posiciones retrógradas que atentan contra el pensamiento crítico, pero este pensamiento no puede
basarse sólo en criticar a los demás agentes sociales, sino que tiene que poner en curso los
problemas y los estilos que tenemos nosotros en nuestras instituciones para mejorar.
—¿No es hasta contradictorio que la Universidad sea la que en lugar de promover el
debate lo cierre o esconda?
—Es contradictorio, pero funciona muy bien así. Con el ocultamiento de las propias
debilidades se consigue mejor el prestigio para opinar sobre los otros. La responsabilidad del
intelectual por tener libertad de opinión, de cátedra garantizada por la Reforma Universitaria, es
que se pueda opinar con libertad, algo que en otros cargos no ocurre. Esa es una gran ventaja, pero
sí sólo se usa para criticar a terceros y no autocriticarse no es bueno. Además, muchos de los que
opinan en los pasillos no lo hacen públicamente, hay que arriesgarse a hacerlo y a recibir
críticas. Hay mucho acostumbramiento al resguardo que da “Universilandia”. Si hay
corrupción en el Estado muchos la disimulan y cuando se descubre quedan muy mal parados, pero hay
casos de corrupción universitaria que no son conocidos por nadie pero que sí se saben en el ámbito
de la Universidad.
—¿Cuáles son esos casos?
—Por ejemplo, los convenios que la Universidad hace con municipios y distintos gobiernos,
que en lugar de darlos a publicidad o por lo menos convocar a personas abiertamente, se arreglan
entre los que están ahí y sus amigos.
—¿El famoso acomodo?
—Sí, el famoso acomodo, pero que es muy grosero, aunque suele pasar inadvertido porque de
esos convenimos nadie se llega a enterar, los manejan 4 o 5. Hay otros casos dolosos del
presupuesto, que también ocurren groseramente.
—¿Promueve con su libro una autocrítica en el cuerpo académico
universitario?
—Así es. Quisiera que buena parte de esa energía se dedique a la política en serio, a
darles a los intelectuales una relevancia que no han tenido en la política argentina.
—Como la
“Carta abierta” que
firmaron los intelectuales por el conflicto del campo.
—Sí. Además, la carta implicó no quedar simpático frente a un sentido común que se
manejaba mediáticamente y puesto totalmente a favor de la patronal agropecuaria. Es una de las
primeras veces que los intelectuales se animan a hacer una aparición pública colectiva.
Personalmente acuerdo con eso, pero además es interesante que se ponga la cara y que se haga
agregación colectiva de opinión, algo que no es habitual. Entiendo que los intelectuales tienen que
ocupar un lugar más importante en los medios y ser más consultados. Si sólo nos limitamos a dar
clases, digamos que se nos está pagando por algo bastante pobre. Hay que hacer bastante más. La
Universidad no puede ser un lugar donde no se discuta, por ejemplo, lo que fue este conflicto con
el campo; sin embargo, en facultades que tienen que ver con lo social no se discutió nada.
—Un ejemplo cercano a lo que señala fue el de la Facultad de Humanidades de Rosario,
que mientras se daba el conflicto agrario discutía, como si fuera otro mundo, si tenía o no
seguridad privada.
—Sí, es como vivir otro mundo, como viven en otro mundo también de algunas posiciones
estudiantiles, con una ultraizquierda primitiva y completamente alejada de cualquier
razonalibilidad; que plantea cosas que le sirven nada más que al dos por ciento de la población o
hacen lo que hicieron en el conflicto del campo, son grupos de izquierdas tan débiles y tan pobres
que se suben a cualquier tren que pasa. Aquí pasó el tren de la patronal agropecuaria, se subieron
y fueron furgón de cola, el “perrito caniche” de la derecha y de la Sociedad Rural. Fue
vergonzoso ver a Castells pidiéndole vacas a la Rural. Algo grotesco.