Bicentenario

"Jugar y preguntar mucho es básico para apasionarse con la historia"

Jugar, preguntar mucho y no conformarse con una única respuesta son los “consejos básicos para que los chicos se apasionen con la historia” en la escuela primaria. La opinión es de Darío Barriera, doctor en historia y un convencido de que para que la materia no sea la aburrida de la escuela, hay que invitar a conversar y pensar sobre la misma y no transmitirla como un dogma.

Sábado 22 de Marzo de 2008

Jugar, preguntar mucho y no conformarse con una única respuesta son los “consejos básicos para que los chicos se apasionen con la historia” en la escuela primaria. La opinión es de Darío Barriera, doctor en historia y un convencido de que para que la materia no sea la aburrida de la escuela, hay que invitar a conversar y pensar sobre la misma y no transmitirla como un dogma.

Barriera es profesor en la disciplina en la Universidad Nacional de Rosario. El miércoles próximo dictará una conferencia sobre esta enseñanza con los más chicos. Será en el teatro El Círculo (ver aparte), para presentar la colección Historias Primarias que publicará próximamente La Capital.

—Así como la matemática aparece en la escuela como “la mala de la película”, historia pareciera ser “la aburrida” de la clase ¿Cuándo y cómo se construye este estereotipo?

—La enseñanza de la historia se incluyó en los niveles obligatorios de la educación pública casi desde que ésta existe. Los contenidos que se transmitieron, tanto en Europa como en la Argentina o América latina, formaron parte de eso que hay que saber según el proyecto de país que tuviera el gobierno de turno. Creo que el estereotipo de la historia como asignatura aburrida tiene mucho que ver con su carácter de saber dogmático. Un catecismo también es aburrido porque catequesis es una expresión griega que quiere decir “esto es así”. Entonces, cuando un niño, un adolescente o un adulto está frente a alguien que transmite un catecismo (sea este religioso o laico), creo que lo más sano que puede pasarle es aburrirse, porque el aburrimiento es también una forma de resistir a la imposición de un dogma.

—¿Algo parecido al que repite un mismo contenido?

—El que repite siempre la misma cantinela también se aburre: pero sabrá lo que hace y allá él. Lo que es notable es que cuando el que transmite deja de dictar un dogma y ofrece al otro conversar y pensar sobre la historia, la clase de historia se vuelve esforzada y trabajosa, pero nunca aburrida.

—Es común que se afirme que una vinculación permanente de los hechos del pasado con la actualidad permite tener otra mirada sobre la historia ¿Es así?

—Sí, pero hay que evaluar la calidad del vínculo y del resultado que se obtiene. Pensemos: el primer efecto es sin duda positivo porque ese procedimiento produce un estímulo, casi químico. Relacionando cualquier hecho histórico con la actualidad —que es lo que los medios de comunicación dicen que es el presente— el interpelado (alumno, lector o televidente) siente un primer efecto benéfico: si se le propone que Mariano Moreno fue el primer desaparecido, el receptor del mensaje siente que entiende, cuando en realidad sencillamente se le ha inducido empatizar información disponible sin hacer ningún ejercicio crítico. Estas comparaciones valen como recurso de seducción en última instancia, pero si se las usa sistemáticamente oscurecen más de lo que aclaran. Les Luthiers dijeron: “todo tiempo pasado fue anterior”, y esto es una enseñanza brillante.

—¿Por qué?

—Las palabras, los gestos, los esfuerzos y los hechos —que por algo son hechos— del pasado deben comprenderse en su propio contexto para poder ensayar explicaciones. Sin embargo hay vínculos muy legítimos entre el presente y el pasado: uno de ellos reside en que las preguntas que nos hacemos las formulamos desde la sociedad a la que pertenecemos, están cargadas de ahora. Aquí es cuando interviene la práctica profesional: no debemos renegar de nuestros intereses y códigos a la hora de interrogar al pasado, pero a la hora de escuchar sus respuestas y de examinar lo que fue el presente de esos otros, que no es el nuestro, no debemos impregnarlo de nuestro presente. Interpretando el pasado como el presente de otros nos entrenamos para pensar realidades diferentes: esto me parece importante, posible y práctico.

—Y si es así, ¿por qué suele limitarse la enseñanza de la historia a los hechos más bien fácticos, con cierto apego a la repetición de fechas y a las efemérides más conocidas?

—Conmemorar, celebrar o repudiar en tales o cuales aniversarios son tareas saludables para cualquier comunidad. Lo que ha contribuido sin dudas al estereotipo de la historia aburrida es la “repetición de las fechas”, práctica que ha ido cediendo. Hoy hay más docentes que enseñan a pensar y menos repetidores de fechas. Pero claro, quienes enseñaban dogmas no tenían otra forma de armar su catecismo laico que repitiendo un puñado de datos incomprensibles.

—¿Enseñar a pensarla, puede ser una manera de que los chicos se sientan protagonistas de la historia?

—Y no solamente los chicos: también los padres. Esto también vale en los dos sentidos: son artífices de la historia como vida y de la historia como práctica de interpretación, es que la historia como disciplina de estudio no es otra cosa que un ejercicio de interpretación sobre la vida. Cuando un chico construye visiones del pasado —del propio, del de su familia, de su país y del mundo— lo hace siempre dialogando con adultos que comparten tiempo con ellos: madres, padres, tíos, abuelos, vecinos, maestros, niñeras, la maestra particular, el kiosquero de la esquina y sobre todo productores de TV. Esto es enormemente importante porque los chicos construyen en ese mismo acto su propia visión sobre el presente.

—Si tuviera que dar tres pistas para que los chicos que están en la primaria se apasionen con la historia, ¿cuáles serían?

—Esta es fácil: jueguen mucho —a lo que sea—, pregunten mucho —sobre lo que sea— y sobre todo no se conformen. Estas actitudes estimulan la curiosidad y conducen a formular preguntas que involucran la historia . No necesitamos que todos quieran leer o estudiar historia —lo mismo que no necesitamos que todos quieran ser matemáticos, ni médicos ni abogados—. Sí necesitamos, en cambio, gente que se enamore de la vida y que incomode con su inteligencia poniendo palos en la rueda a los tramposos, los productores de guerras a los entregadores de esperanzas.

—¿Cuando estaba en la primaria le gustaba aprender historia?

—Muchísimo. Me enamoró un libro un poco raro —el Manual santafesino—, un “ladrillo” de 400 páginas que mis padres me compraron (usado) en 1975. Lo conservo con mucho cariño, con el mismo que recuerdo a quienes me ayudaron a construir esta pasión dentro y fuera de la escuela.

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