Bicentenario

¿Por qué un niño menor de tres años necesita estar con otros niños?

Mantener vínculos gratos con otros brinda seguridad a los chicos para abrirse al mundo

Sábado 09 de Febrero de 2008

El ser humano es un ser social. El niño nace en el seno de una familia, de un contexto, de una cultura, que van imprimiendo huellas en su constitución subjetiva.

  El niño, es, además, cuando es para alguien. Existe cuando es mirado, nombrado, reconocido.

  En primer término la madre, es quien ocupa el lugar de ese otro primordial.

  Con el paso de los meses, ese universo se va ampliando, y comienzan a ingresar otros también muy importantes. Papá, hermanos, familia... los vínculos con los demás comienzan a construirse.

  Las posibilidades también van siendo otras, así como las necesidades.

  Mantener vínculos gratos con los demás, durante los primeros años de vida, brinda la seguridad necesaria para arriesgarse a conocer el mundo.

  

Estar con otros

  

  Hace ya bastante tiempo, Mira Stamback daba cuenta de diversas modalidades de comunicación de los niños menores de dos años entre sí. A partir de numerosas observaciones realizadas en instituciones para niños pequeños, y reunidas en el libro "Los bebés entre ellos", concluye que la comunicación entre los bebés es rica, variada en medios, y que los intercambios entre los niños son diversos y prolongados.

Desde edad temprana, entonces, el sujeto muestra interés por contactarse y comunicarse con sus pares. Incluso ante situaciones de conflicto, durante esos intercambios, los bebés solos, encuentran a veces, manera de resolverlos.

  Otros trabajos, sobre la "teoría de la mente" también describen a un niño que puede comprender, predecir, interpretar, conductas (propias o ajenas, de adultos o pares). Si bien esta posibilidad se despliega con fuerza entre los 4 o 5 años, podemos pensar que lo hace valiéndose, además, de la experiencia de vínculos y contactos en los primeros tres años.

  Podemos decir entonces, que para un niño es enriquecedor estar con sus pares, que es necesario, y que a la vez despierta en él, posibilidades sociales, emocionales y cognitivas.

    Más allá de toda teorización, el conocimiento intuitivo de muchos papás, cuidadores o maestros, lleva a afirmar que es deseable que los niños pequeños se relacionen con otros niños:

 Interactuar con otros, implica ampliar el propio horizonte de cada uno. Jugando con otros el propio juego adquiere nuevos matices, y entre los dos y los tres años, ya empiezan a aparecer distintos roles, que dependen unos de otros. Al escuchar cómo hablan los demás se enriquece el lenguaje, al moverse junto a otros surgen nuevos desafíos motrices.

 Compartir con los demás es un aprendizaje que lleva mucho tiempo. La primera infancia es buen momento para comenzar, aunque sea necesaria la intervención del adulto, aunque haya que "insistir" muchas veces estableciendo límites o consignas.

 Siempre es enriquecedor, aunque surja el conflicto. Con frecuencia, las peleas en donde aparecen el "esto es mío", "lo quiero sólo para mí", no son más que deseos del niño de ser como el otro. Se aprende entonces a esperar el turno, a entender que "podemos jugar los dos juntos".

 El pequeño va descubriendo que necesita del otro y que él mismo es necesario para los demás.

  

Para tener en cuenta

  

  Se requiere disponibilidad por parte de los adultos para propiciar situaciones de encuentro. En la vida moderna, y sobre todo la urbana, no abundan las oportunidades espontáneas.

  A los chicos les gusta recibir amigos, primos, vecinos o compañeros del jardín maternal -si es que concurren-. También les gusta ir a otras casas.

  Tal vez requieran el acompañamiento de un adulto, o hermano mayor, durante los primeros encuentros.

  Es necesario tener en cuenta que los tiempos no son iguales para todos y que a veces los chicos anuncian que llegó el momento de finalizar el juego compartido.

  Los adultos pueden proponer diferentes escenarios o entornos: un paseo a la plaza, ir a darle de comer a las palomas, compartir una merienda o un helado.

  También pueden acompañar los intereses de los chicos y despertar otros: poner música para bailar, preparar una masa con harina, agua y sal, para "amasar", disponer juguetes, almohadones, cajas. En estos casos, hay que tratar de que haya cantidad suficiente como para que cada niño tenga alternativas y evitar algunas "peleas".

  

La hora del jardín

  

  Muchas familias deciden enviar a sus hijos al jardín maternal, algunas horas por día, con el fin de que conozcan a otros niños, que aprendan a jugar con los demás, a compartir, a descubrir un horizonte más allá del hogar.

  En las salas de jardín se produce un hermoso encuentro de costumbres, culturas, pautas de crianza, que enriquecen a cada uno.

  Jugar con otros, compartir, aprender a cuidarse, ayudarse y respetarse, es parte de lo que nos hace personas. Y los primeros años son un momento privilegiado para comenzar a transitar ese camino.

  Yo no me arreglo solito, yo no me quiero arreglar... decían con razón los personajes de Vivitos y coleando. (H. Midón, C. Gianni)

 

  (*)Profesora de educación preescolar y licenciada en ciencias de la educación (UBA). El artículo se reproduce con autorización del portal Infancia en Red (www.infanciaenred.org.ar)

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