El aula, el lugar preferido en el día a día del trabajo docente
Ninguna tiene dudas: el mejor lugar para estar de la escuela es el aula, junto a sus alumnos; y el mayor placer llega cuando los chicos aprenden. Aseguran que con las distintos gobiernos se puede hablar de todo, menos de plata y están convencidas que en su oficio es clave el trabajo con las familias.

Sábado 23 de Agosto de 2008

Ninguna tiene dudas: el mejor lugar para estar de la escuela es el aula, junto a sus alumnos; y el mayor placer llega cuando los chicos aprenden. Aseguran que con las distintos gobiernos se puede hablar de todo, menos de plata y están convencidas que en su oficio es clave el trabajo con las familias. Las opiniones son de tres maestras rosarinas que compartieron con La Capital una charla sobre su tarea diaria.

“Ya estaba casada con dos hijos y sin trabajo. Un día golpearon la puerta de mi casa, era la portera de la escuela de la esquina que buscaba una maestra para un reemplazo; enseguida saqué un guardapolvo que guardaba en una caja y fui a trabajar. Nunca más dejé de dar clases”. El relato es de Graciela Scoccia (56) que ya lleva 28 años enseñando en la Escuela Nº 525 José C. Paz, de Rioja 4138, y por elección en los primeros grados.

No hace falta preguntárselo pero por las dudas ella se anticipa y dice: “Soy maestra de vocación” y a tal punto asegura que su vida pasa por el aula que no quiso presentarse en el concurso para ascender a un cargo directivo. “Quiero terminar mi carrera frente al grado, es lo que me gusta, sirvo para estar con los chicos”.

Si algo la apura a jubilarse no es su trabajo, sino el cansancio que le produce “el entorno y el desgaste del sistema”.

Marcela Romano (45) también enseña a los más chiquitos y comparte con Graciela el disfrute de estar “frente al grado”. Tiene 21 años de antigüedad como docente en el Colegio Santa María Dominga Mazzarello, de la parroquia de Fátima (Güiraldes 526). “No es una escuela privada de elite, nuestros alumnos son de clase media y baja. La escuela tiene el 100 por ciento de subsidio”, advierte para desterrar los estereotipos atribuidos al sector privado de la enseñanza.

Al igual que las públicas dan la pelea por el pago de la cooperadora, en la Mazzarello “se trabaja” para que los papás paguen una cuota de 20 pesos mensuales. Pero para Marcela lo valioso es que se trata de “una escuela muy linda, que tiene un compromiso muy grande de todo el personal docente”.

“Amo el trabajo con los chicos, estar dentro del salón me apasiona y si algo me agota es el contexto”, agrega.

Con estas ideas también se identifica Gabriela Pereyra (35), que es maestra interina de nivel inicial en el Jardín 232 de barrio Godoy. “Hace 14 años que me recibí, trabajé 5 en una escuela privada pero renuncié y empecé a tomar reemplazos. Hoy sumo 8 años de antigüedad en mi cargo”, cuenta.

Comparte con las otras maestras que el entorno desgastan al maestro y opina que lo que vale aquí es “dar la discusión al interior de la escuela”.

El valor del diálogo. ¿Y qué es lo que más les gusta de su trabajo? Ninguna tiene dudas: estar con sus alumnos y verlos aprender. “Hablamos mucho con los chicos, el contacto con ellos es más personal, demuestran más fácil que los grandes qué es lo que les pasa y si hay algo que les cambia la vida”.

“Ver cómo los chicos van construyendo el conocimiento es un placer, también jugar y conversar con ellos”, dice Marcela sin dudar en la respuesta y en todo momento apuntando al afecto como motor de los aprendizajes.

“¡Cuándo empiezan a leer!”, exclama Graciela para describir un momento que le resulta incomparable, además de las conversaciones que mantiene en los primeros momentos de cada mañana.

Un estudio sobre las condiciones de trabajo y salud de los docentes, impulsado por la Unesco, que también toma el caso Argentino desarrollado por el doctor Jorge Kohen de la Universidad Nacional de Rosario, concluye que los problemas relacionados con la situación social de los alumnos, la violencia y la pobreza afectan el trabajo de los maestros.

No es casual entonces que Marcela Romano exprese: “Son muchos los casos puntuales que te llegan al alma, que se vuelven muy difíciles; pero cruzarnos de brazos jamás, siempre se puede buscar la manera de poner una gotita de felicidad en la vida de ese chico que sufre”.

Las tres maestras aseguran que aunque esos conflictos afecten su tarea, para seguir adelante es importante apoyarse en la escuela, funcionar como equipo y mantener un equilibrio.

Ingenierias cotidianas. Cuando se les pregunta si reciben apoyo del Estado en situaciones que las superan, se miran y sólo muestran cara de resignación.

Gabriela Pereyra elige la historia de Pedro para describir las ingenierías que usan los docentes para atender las necesidades de educación y salud de sus alumnos, y salvar la ausencia del Estado.

Tal como relata la maestra de jardín, el nene tenía problemas de desnutrición y familiares con consecuencias claras en sus aprendizajes. Para asistirlo e integrarlo a la escolaridad debieron diseñar una especie de puente entre la escuela especial y la común. Eso no tendría nada extraño sino fuera porque en este caso implicó, ante la falta de personal y la imposibilidad del nene de movilizarse, que las maestras del jardín se asesoraran con la integradora y de una escuela a otra llevaran cómo acompañarlo.

“Eso sucede porque hay ganas de hacerlo, no porque esté en el sistema, porque si existen los recursos están desarticulados o son insuficientes”, agrega Gabriela.

Con los padres. La relación con los padres es otro tema que gana gran parte de la charla. Mientras Graciela siente cierta desilusión al ver que a medida que los chicos avanzan en la escolaridad la participación de los adultos decrece, Marcela asegura que hay que convocarlos de acuerdo a las posibilidades de cada uno: “Algunos vienen y te dicen sí, sí, sí pero luego no hacen nada, otros se comprometen de verdad y están los que la situación social los supera”.

Optimista, Gabriela cuenta que la mayoría de los papás de sus alumnos son albañiles precarizados, pero siempre se hace un lugar para conversar con las familias porque considera que el trabajo con la comunidad es clave.

Y en este punto todas acuerdan: cuando los padres conocen el trabajo del día a día, que no se limita a las cuatro horas frente al curso, las acompañan.

Marcela lo grafica muy bien: “Si me dejara llevar por los comentarios que se hacen en la radio y en los medios de los maestros, no trabajaría más. Lo mejor es seguir adelante y que conozcan qué hago”.

Decisiones y acuerdos. Afirman que las decisiones gremiales las toman en consenso con la escuela donde trabajan. “Siempre se debate y se acepta la decisión de la mayoría”, comentan al tiempo que resaltan que estos acuerdos se respetan más allá de las diferencias.

Ninguna de las tres supera los dos mil pesos de sueldo de bolsillo, en tanto que la distancia monetaria entre la que más antigüedad acumula en su salario y la que menos percibe de las tres, es de 300 pesos.

Todas dicen que este es un tema inamovible con los distintos gobiernos. “A todos les gusta hablar de educación, pero a nadie de plata”, coinciden para explicar por qué ningún ministro puede dar en la tecla y solucionar los eternos conflictos docentes.