Bicentenario

Duros testimonios de chicos que estudian en una difícil realidad

“Es tan claro, está tan a la vista y sin embargo nadie hace nada”, lamentan los chicos de 2º año “C” de la Escuela Nº 825 de Parque Casas. Piden ayuda a gritos ante la dura realidad que viven en su barrio, donde las drogas son parte del consumo cotidiano. Para hacerle frente diseñaron un proyecto que elevaron al Concejo Municipal.

Sábado 17 de Mayo de 2008

“Es tan claro, está tan a la vista y sin embargo nadie hace nada”, lamentan los chicos de 2º año “C” de la Escuela Nº 825 de Parque Casas. Piden ayuda a gritos ante la dura realidad que viven en su barrio, donde las drogas son parte del consumo cotidiano. Para hacerle frente diseñaron un proyecto que elevaron al Concejo Municipal.

A través de esta propuesta, coordinada por la profesora Alicia Sánchez, los adolescentes de la escuela de Casiano Casas 1050 expusieron las situaciones por las que pasan algunos de sus familiares, amigos y vecinos, que también los afectan y son consecuencia del consumo de sustancias. Los chicos las llaman “situaciones límite” en las que la droga “los lleva a hacer cosas que no quieren”; y enumeran enseguida varios casos cercanos con trágicos desenlaces. Revelan “soledad” y “angustia” en esos momentos y no saben a quién recurrir.

"¿Si nosotros lo vemos, por qué los demás no?”, se preguntan mientras piensan salidas para este problema. La situación que exponen los jóvenes es crítica. La droga invade, avanza por los márgenes y también por los caminos más visibles, forma parte de su existencia cotidiana. “Todos sabemos dónde venden. Para empezar necesitás 1,50 o 2 pesos y después no podés parar”, relatan.

Abrumados, los chicos planificaron un proyecto en el que piden a las autoridades atención de especialistas y actividades para contrarrestar las consecuencias del consumo. Desde todos los puntos de vista donde se lo mire el proyecto es un pedido de acción, de ayuda, de intervención.

El reclamo es tanto para los que asisten a la escuela como para los que no están escolarizados, también los adultos. Dicen que la mayoría recurre a las drogas para “eludir el esfuerzo que representa vivir”.

Seguir estudiando. Uno de los pedidos básicos es contar con el secundario. La Escuela 825 sólo tiene hasta segundo año (ex 9º de la EGB), luego la mayoría de los chicos queda en el camino. “Los que venían el año pasado andan en la calle, sin hacer nada, y a nosotros nos gustaría seguir aquí el año próximo”, dice Elías.

“Me quedé el año pasado, pensé en dejar cuando mi papá no tenía trabajo, faltaba porque no tenía calzado ni ropa, ni útiles y se me ocurrió ir a trabajar”, relata Ayelén, de 15 años, que finalmente recibió ayuda de su hermana. “Me ofreció alojarme en su casa, pero después de varios meses ocurrió algo terrible, mataron a mi sobrina, ella murió de la peor manera: la violó y asesinó su padre. Después de eso no me daba la cabeza para prestar atención y siempre me preguntaba por qué este hombre hizo eso con su propia hija”.

El silencio por primera vez se apoderó del salón ante el angustioso relato de la joven. Sus compañeros reunidos en una informal ronda razonaron a coro: “Tampoco hay que esperar que pasen estas cosas para darse cuenta”.

Otros chicos también expusieron sus problemas: “Me quedé de año porque mi mamá se enfermó, y como soy la única hija mujer me tenía que quedar a cuidarla y a mis hermanos, además de atender el negocio. Por la cantidad de faltas me llevé 5 materias pero no las pude rendir bien”, dice Daniela.

Jhoanna también pensó en dejar la escuela para trabajar porque a sus papás no les alcanzaba el dinero: “No podía ver a mis hermanitos quejarse de hambre”. Pero sus maestros y padres la convencieron para que no dejara.

Cuando los relatos avanzan, otro adolescente se anima a contar: “Vivo rodeado de gente que vende”, al referirse al sector llamado el Bajo del Barrio Parque Casas. “La primera vez te dan para probar y después tenés que pagar, eso te lleva a robar, y cuando te hacés la moneda lo primero que hacés es comprar más”.

Otro de los chicos, Ariel, pide soluciones y recomienda que los psicólogos, especialistas y profesores vayan a hablar a donde se juntan los chicos que no están en la escuela. “Me parece bien lo de los talleres y deportes, pero también hay que saber que ellos no van a ir solos”, expresa.

Al final hablan del temor de los vecinos a denunciar. “Si nosotros sabemos dónde venden, la policía también sabe. Pasa que muchas veces está arreglada con los vendedores”.

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