Agroclave

El grito de las mujeres que dejó su marca en el campo

La lucha para poner freno a los remates en los 90 dio origen a una organización que sacudió la historia del movimiento gremial agropecuario.

Sábado 06 de Junio de 2020

El 3 de junio se cumplieron 25 años del grito "Pan, tierra, trabajo, remates al carajo", que surcaba las Pampas, dando sustento objetivo, corpóreo y real, a esa loca decisión de "parar los remates"de campos con el cuerpo y el himno nacional argentino. Unica arma de lucha contra el aparato estatal, judicial y financiero. Tal fue la gesta del Movimiento de Mujeres en Lucha.

El escenario diseñado por el plan de Convertibilidad del año 19991, la reforma del Estado y su total desmantelamiento a todo nivel, con privatizaciones, desregulaciones, despidos y apertura indiscriminada de la economía (plan que empezó a pergeñarse en el golpe de Estado del 76), unido al bajo precio de los cereales y alto endeudamiento de los pequeños y medianos productores para lograr la tan mentada "eficiencia", fue el caldo de cultivo para el nacimiento del movimiento.

Nosotras éramos mujeres sencillas, que lo único que teníamos en claro era todo lo que el modelo nos hacía perder: las herramientas, las tierras, la producción, las familias..y hasta la vida en algunos casos, ya que compañeros abrumados por el endeudamiento llegaron a quitarse la vida.

Y fuimos uniéndonos, después que Lucy Cornelis pegara el grito en Winifreda (La Pampa), encontrándonos en las diferencias, conociéndonos, debatiendo, equivocándonos también, a lo largo de tantísimos remates parados en todo el país, enfrentando desalojos injustos y también más injustos encarcelamientos. También fuimos espiadas.

Al mismo tiempo íbamos desarrollando la más profunda solidaridad como emblema, con la misma fuerza y convicción con la que comprendíamos en profundidad la esencia de nuestras desdichas.

Empezamos a comprender, que "el campo" así concebido, no existe.

Que a pesar de que no hay más remates, avanzó la concentración de la tierra, de la producción, del poder de los grandes grupos de inversión, de los pooles de siembra. Que, de censo a censo, desaparecen cada vez mas chacareros y pequeños productores (todos con menos de 200 hextáreas).

Y en ese camino, fuimos calando en profundidad la esencia el sistema (y que la pandemia puso tan en claro): 70.000.000 de hectáreas en manos de 4.000 personas y el 37 por ciento de la población viviendo en el 3 por ciento del territorio. Sumémosle a eso 114.000 argentinos con un patrimonio neto superior a u$s 1.000.000.000 de dólares.. Y podríamos llenar la hoja de cifras. Pero esas cifras, son la síntesis perfecta de nuestros males.

A lo antedicho le sumamos: miseria en las grandes ciudades, despoblamiento del interior, falta de trabajo, falta de vivienda, de agua, de alimentos. Esa es la pobreza estructural y tiene un solo nombre: hambre de tierra. Un ecosistema en vías de destrucción, futuras pandemias que nos acechan (mientras no aprendamos, lo que la naturaleza a gritos, nos está diciendo).

Pero soplan nuevos vientos. Es cierto que tenemos una gran incertidumbre; también es cierto que estamos en otro momento de nuestra historia, donde el hombre está en el centro de la escena, donde nos sentimos orgullosas de pertenecer a un pueblo, que toma la solidaridad como forma de vida, donde por fin podemos empezar a discutir los grandes temas que hacen a nuestro destino como Nación,

El impuesto a las grandes fortunas, la nacionalización de la banca y el comercio comercio exterior, los distintos programas hacia una reforma agraria integral, son horizontes posibles.

Y a pesar de haber transcurrido 25 años, cuando muchas ya no están con nosotras, decimos a quienes necesariamente deberán tomar la posta, que sigan la lucha "pro un millón de chacras".

Es el destino buscado, perseguido y merecido, de tantos y tantas, hombres, mujeres y jóvenes en nuestro querido suelo.

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