Eva Perón, una figura central en el imaginario populista
La potencia cultural de su personalidad tiene una clave en haber activado a sectores sociales que nunca habían participado de la escena nacional

Viernes 22 de Julio de 2022

Como ya ha sido estudiado en múltiples oportunidades, no hay dudas de que la irrupción del peronismo implicó en la Argentina posterior a la década del 40 una ruptura no sólo política sino también cultural. La esfera liberal autoritaria, que desde la crisis de 1930 fue fundamentalmente antidemocrática y excluyente, atravesó una convulsión radical con la aparición y desenvolvimiento de la maquinaria peronista. De esta manera, la liquidación del Estado liberal fue acompañada por la incorporación democratizante de la clase trabajadora en una Argentina moderna y corporativista, donde por primera vez las masas se convierten en sujetos históricos y responden a la apelación desde el Estado y donde también por primera vez las mujeres comienzan a incorporarse masivamente a la arena política y social.

Las migraciones internas incorporaron a la actividad industrial un nuevo proletariado que se trasladaba hacia las grandes ciudades desde el interior del país y que imprimió en el peronismo un tipo particular de discurso, donde lo popular democrático comenzó a ser central. La aparición de ese nuevo sensorium (en el sentido en que piensa esta categoría Walter Benjamin) produjo una modificación cuantitativa: no sólo asqueó a las elites sino que constituyó un lugar preciso de interpelación de las clases populares. La irrupción de las masas en las grandes ciudades habilitó nuevas formas de ver, de sentir, de oír, de gustar. Esta nueva experiencia desplegó notables cambios en la sensibilidad; una nueva mirada sobre el espacio urbano, donde era posible descubrir en cada esquina las aristas de un proceso de cambio revulsivo.

Es el momento en que los medios masivos y la consolidación de la industria cultural se constituyen en los voceros de la interpelación que desde el populismo convertía a las masas en pueblo y al pueblo en una nueva forma de Nación. Este nuevo sensorium habilita no sólo una nueva forma de mirar y de sentir sino también modificaciones en los modos de representación ideológico-discursivos. A la imposición de un arte dedicado exclusivamente a las minorías, se le opone una masa que comienza a percibir sus nuevos derechos y exige participar en el consumo de los bienes culturales.

Es en este sentido que se puede pensar al peronismo como una formación cultural y es aquí donde se inscribe como singular la marca que la presencia de Eva Perón dejó en la historia argentina, potenciada por el enorme y definitivo impacto que la industria cultural provocó en la construcción de su imagen pública, y desde allí también en la consolidación del peronismo en el imaginario nacional. Desde esta perspectiva Eva Perón se torna un elemento central en la consolidación del peronismo como estructura de sentimiento, en el sentido que le da el crítico inglés Raymond Williams a este término. Pensar al peronismo como una estructura de sentimientos que se instaló en el imaginario social a partir del desmantelamiento de las fuertes jerarquías amparadas por el liberalismo argentino permite abordarlo desde su carácter de proceso, no del todo articulado. Y también como una forma cultural que aún no ha terminado de precipitar.

La figura de Eva Perón es fundamental en esta estructura de sentimiento. Su articulación dentro de la doxa peronista permitió, a partir de la fortísima propaganda oficial, la inscripción de su nombre en la esfera de lo público, con un fuerte componente melodramático: Eva, puente de amor entre Perón y el pueblo. Así presentada, su imagen, pero también su voz, se diseminó rápidamente en el imaginario social, y recibió un enorme refuerzo inesperado a partir de dos elementos fundamentales: su muerte joven, de cáncer, y el increíble peregrinaje de su cadáver, sitiado por las mismas fuerzas opositoras que derrocaron a Perón en 1955.

Junto a la imagen de Juan Domingo Perón surgiría así en la Argentina de la década del 40 otra figura que, sin llegar a ejercer nunca un cargo público, logró reunir en su sola persona el poder que otorga el apoyo incondicional de las masas. La esposa de Perón, Eva Duarte, no va a ocupar el tradicional lugar de la Primera Dama sino que, muy por el contrario, enfrentada a las damas elegantes de la sociedad va a ir cambiando los lujosos vestidos y las joyas por los “trajes sastre”, al tiempo que pretende alinearse al lado de los descamisados como una militante más. Según la mayoría de sus biógrafos (Marysa Navarro; Alicia Dujovne Ortiz; Otelo Borroni y Roberto Vacca) y en gran parte de las ficcionalizaciones (como por ejemplo en las novelas de Abel Posse y Tomás Eloy Martínez), este cambio fue notable al regreso de su viaje por Europa, en 1947.

¿Por qué es la figura de Eva la que, en el imaginario social, trasciende a quien fuera el autor intelectual y el ejecutor de ese proyecto que transformó la estructura económica argentina? ¿Qué mecanismos se produjeron para que termine siendo Evita, transformada en un símbolo, la bandera que se disputaron durante mucho tiempo los distintos sectores del movimiento peronista? ¿Cuál es precisamente el exceso de sentido que las sucesivas narrativas de su figura impiden cristalizar? Interrogar las construcciones de sentido que se han tejido sobre su figura en los últimos setenta años puede arrojar luz sobre este fenómeno. Un fenómeno que fue dibujando en la frágil silueta de “una mujer del pueblo” –como ella misma gustaba autorrepresentarse con insistencia en los discursos y en La razón de mi vida– capaz de arrancar las más grandes pasiones y el odio más desmedido, y cuya vigencia se ha extendido desde su muerte en 1952 hasta nuestros días.

La figura de Evita anuda una serie de problemas de representación: la cuestión del género, la mujer como ícono ideológico y estético en la producción nacionalista, la rearticulación de la relación Europa-América a partir de sus viajes y la utilización de la moda como dispositivo cultural y simbólico, el ascenso interclase —una “humilde mujer de pueblo” convertida en Primera Dama—, la reformulación del Estado como un espacio de intersección de dinámicas populares (la masa invadiendo el espacio simbólico de las instituciones gubernamentales). A partir de Evita, se produce la activación de sectores sociales que nunca habían participado de la escena nacional —a los que ella interpeló con su discurso demagógico populista como “los pobres”, “mis cabecitas negras”, “los grasitas”, “los descamisados”— y a los cuales da visibilidad pública a partir de la Fundación de Ayuda Social Eva Duarte de Perón y de la creación de la rama femenina del Partido Justicialista.

Aunque se la considera a Eva Perón como una de las líderes políticas más importantes del siglo XX, queda mucho por discutir sobre la interrelación cultural y política que se establece entre género y modernidad, mujeres e identidad política en Argentina. Pensar al género como una forma de experiencia social y también como una categoría de análisis que intercepta a la Modernidad puede resultar útil para hacer foco en los efectos del ejercicio del poder masculino.

(*) Susana Rosano, es doctora en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Pittsburgh