Alberto Pedrotti

Lo cotidiano como experiencia artística

"Las cualidades de una obra plástica se encuentran en ella, pero también se sensibilizan con la vida del artista, se polinizan con las miradas del fruidor, se actualizan con la dinámica de los contextos. Sensato, prolífico y frugal son tres cualidades que impregnan la obra de Alberto Pedrotti y de las que quisiéramos conversar".

Martes 17 de Noviembre de 2020

Con estas palabras enmarcaba la charla sobre el artista a la que había sido invitado por Claudia del Río, quien junto a Federico Baeza, Santiago Villanueva y Leandro Tartaglia conformaron el grupo curatorial para la muestra Construcción de un museo, proyecto merecedor del primer premio recibido en el concurso realizado en el marco de los festejos por los diez años del Museo Macro (2015.

A los catorce años, Alberto Pedrotti (1899-1980) ya hacía ilustraciones para diarios y revistas de la ciudad, marcando tempranamente una predisposición por lo visual. Con el fin de recobrar su salud, abandona sus estudios de medicina y se radica en las sierras de Córdoba, desde donde elabora una serie de apuntes, sobre todo paisajes serranos y de la capilla de Tanti. Así, en 1921 se inicia como pintor autodidacto. Regresa a Rosario. “Vuelve lleno de muchas novedades y cambia la chapa brillante por la sencilla y anónima de pintor”, dirá su amigo Pedro Giacaglia.

A los 28 años viajó a Europa y realizó estudios en Francia e Italia. A partir de allí participará ininterrumpidamente en el Salón de Otoño de Rosario. Influido por ciertos aspectos del cubismo, su una obra avanza con suaves pasajes que van del intento por captar escenas del mundo que lo rodea a representar con su pintura escenas de su mundo personal. En 1932 se da a conocer al público de Buenos Aires pues, tras la invitación de Emilio Petorutti, expone en el Museo de Arte Moderno de la Plata junto a Cochet y Minturn Zerva. En el 49 es invitado por Gambartes y Grela a ser parte del Grupo Litoral al que acompaña, junto a otros artistas, hasta su disolución en el 58. A lo largo de su trayectoria recibe 23 premios, además de los recibidos en su ciudad como el Gran Premio de Honor en el Salón Nacional de Rosario, la medalla de oro en el Salón Nacional de Bellas Artes. Nunca se casó ni tuvo hijos “naturales”. En un testamento de 1979 dona todas sus pertenencias a la Dirección Municipal de Cultura de Rosario, con el fin de ampliar el Museo y tener muestra permanente de su obra. Trabajó y vivió en la ciudad hasta su muerte.

En 1994, Norberto Moretti realizó un homenaje al pintor rosarino en su destacado programa “El cuento de la buena pipa (en pintura)”, con invalorables entrevistas al ya mencionado Gacaglia, Gilberto Krasniansky y Rubén de la Colina.

Preparada durante el invierno de 2008, el Museo Castagnino inaugura la muestra Despliegue de misterio y asombro en homenaje a Pedrotti. Para esta ocasión fui invitado en calidad de curador, con la colaboración de Roberto Echen, y la gente del museo no solo desplegó las obras pictóricas, dibujos, fotografías y cartas manuscritas de Pedrotti, sino también una articulación actoral sobre la vida del artista inscripta en las actividades de la “Noche mágica en Rosario”, donde un grupo de niños pasó la noche dentro del museo.

En una entrevista realizada por estos días a Claudia del Río, recordando esta muestra, Construcción de un museo (2015), señalaba sobre el artista: “Más allá de los valores absolutamente modernos y contemporáneos que podemos pensar que la obra tiene, creo que Pedrotti no se parece a nadie, por más que haya merodeado en el Grupo Litoral, se trata de esos pintores apartados que se concentraron en sus propias premisas. Por suerte pudo traspasar la idea cubista-constructivista y teñir todo de esa luz amarilla, tan mística y que emociona especialmente. Con respecto a los dibujos podían ser en cualquier papel, hay muchos soportes diferentes, en general con el horizonte muy alto, lo que le permite trabajar más con entradas y salidas de los planos en el paisaje. Hay uno favorito para mí, que es muy tenue, con algo de amarillos y grafitos, es un carrito de estos que pasan con caballos. Ese dibujo tiene una actualidad y una emoción que siempre me fascina”.

Pedrotti supo realizar una producción plástica que maduró con los años, de excelente prestigio, y también vivió preservando su intimidad, ligado a la soledad y a los afectos. Una nota que La Capital publicara en 1986, bajo el título “Pedrotti, vecino pintor de la calle Jujuy al 1400”, de Carlos Gatti y Emilio Ghilioni, nos deja una entrañable imagen del pintor: “Quienes conocieron a Pedrotti tuvieron el contacto con un hombre excepcional, un marginado tierno, enamorado de su ciudad y su gente, a las que atisbó todo el tiempo por los visillos de su ventana entornada, tímido tal vez pero interesado auténticamente por ellos”.

Se destacan en su obra el uso del color de preferencia en clave baja y los acentos cromáticos que luego incorpora con los complementarios naranjas y azules al tiempo que se suelta en la pincelada, liberando la representación sensible que deviene en formas geometrizadas. Este “fanático de la pintura”, según de la Colina, intensifica las indagaciones (en consonancia con el contexto) con el fin de adquirir un lenguaje propio para su pintura. Los dibujos contrastan en dinámicas ágiles, a veces cargadas de color y tentativas de trazos posibles. Se destaca también algo que nos señalara Giacaglia: la propensión de Pedrotti a producir versiones de temas que lo obsesionaban. Insistencias pictóricas que hacen el camino a la calidad lograda.

Pero cuando su obra queda sola y se apagan las luces del museo cierta luz iridiscente permanece en ellas (metáfora que he tomado prestada de Carlos Herrera) con la misma insistencia en que la pregunta permanece inconforme: ¿qué hace que un material cotidiano se trasforme en una experiencia artística? Tal vez por eso sopesamos la actualidad de la pintura pedrottiana, no porque tengamos respuestas (algunos ya han elaborados sus hipótesis) sino porque aún nos formulamos la pregunta.

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