Cartas de lectores
Miércoles 09 de Noviembre de 2016

Zoológicos y acuarios

El viernes 4 de noviembre pasado se publicó una carta titulada "Zoológicos, galgos y Garfunkel", en la cual su autor, entre otras cosas, criticaba la idea de cerrar los zoológicos ya que, según sus dichos, en aquéllos que llama "buenos zoológicos" los animales viven en cómodos recintos.

El viernes 4 de noviembre pasado se publicó una carta titulada "Zoológicos, galgos y Garfunkel", en la cual su autor, entre otras cosas, criticaba la idea de cerrar los zoológicos ya que, según sus dichos, en aquéllos que llama "buenos zoológicos" los animales viven en cómodos recintos. Según él, mejor que en la naturaleza donde son víctimas de sus depredadores naturales y de los cazadores furtivos; también destaca la labor de conservación e investigación científica que se realiza en los mismos, así como la posibilidad que otorga al público de ver a los animales en vivo y en directo. Quisiera expresar algunas opiniones encontradas que me genera esa afirmación. En primer lugar, hay que tener en cuenta que los zoológicos y los acuarios en la actualidad tienen, según directivas internacionales, que cumplir sus funciones de educación, de investigación científica y de conservación, siempre guardando los máximos estándares de bienestar animal y en coordinación con lo que se realiza en las reservas y parques nacionales. Difícilmente encontremos un zoológico o acuario en nuestro país que respete estas directivas (el Acuario del Río Paraná promete serlo), ya que se hallan eclipsadas por el afán de lucrar con la simple exhibición de animales. Por ello, los zoológicos y acuarios suelen privilegiar la exhibición de especies "taquilleras" —o en algunos casos indiscutiblemente reprobables incluso los espectáculos o el contacto físico del público con ellas— por sobre los programas de conservación. Lo que los activistas piden en general no es el cierre de los zoológicos —más allá de que ese sea el titular mediático— sino la reconversión de los mismos revirtiendo esta realidad, convirtiéndolos en centros de rescate de los animales que son decomisados por el tráfico ilegal y que pertenecen preferentemente a especies autóctonas, que son alojados en condiciones que privilegian su bienestar y de ser posible que ellos o su descendencia pueda ser liberados en su hábitat natural. Porque es muy importante recalcar que esa es la principal función educativa que debe tener un zoológico, enseñar que los animales deben estar en sus hábitats, en el nicho ecológico que millones de años de evolución los han ubicado. La captura causa en los animales salvajes un daño emocional indeleble y en el caso que lleguen a sobrevivir al traslado —sólo el 10 por ciento lo hace— ni siquiera el más moderno de los recintos puede emular la inmensidad de los bosques u océanos. Decir que en el zoológico los animales están mejor porque están a salvo de los cazadores furtivos parece esquivar que el problema a resolver es el de la caza furtiva. Decir que están mejor porque están estresados por sus depredadores naturales (a los cuales están adaptados para eludir exitosamente) implica desconocer cuánto los estresa el cautiverio y la exhibición. El mejor lugar para la investigación y bienestar de la fauna silvestre es su hábitat natural, donde se puede apreciar una diversa comunidad de animales, como en la Reserva de Villa G. Gálvez, el Bosque de los Constituyentes y pronto en el Legado de D'Eliot.

Fernando Gabriel Passaro

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