Opinión
Miércoles 26 de Octubre de 2016

Yrigoyen y la "chusma" radical

A un siglo. La presidencia en la que las mayorías populares reclamaron ser protagonistas de la política nacional.

El 12 de octubre de 1916 Hipólito Yrigoyen asumía el cargo de presidente de la Nación, convirtiéndose en el primer político radical en llegar al poder. Pelagio Luna juró como vicepresidente, en una jornada histórica marcada por la presencia masiva del pueblo en los actos oficiales, acompañando al flamante mandatario. Esa presencia de una muchedumbre que había permanecido ajena a las cuestiones públicas era lo que algunos comenzarían a denominar despectivamente la "chusma" radical.

Puede afirmarse que Yrigoyen no se habría convertido en el primer radical en llegar al poder por elecciones transparentes si dos políticos vinculados con el antiguo régimen político, instaurado por Mitre pero afianzado a partir de la llamada Generación del '80, no hubiesen contribuido a que se llevaran a cabo y se respetaran en su resultado las elecciones presidenciales de un siglo atrás: Roque Sáenz Peña y Victorino de la Plaza. El primero asumió la presidencia en 1910, y falleció en el ejercicio cuatro años más tarde, justo en el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Era don Roque un hombre que, no obstante ser parte del Régimen al que el radicalismo había declarado la guerra desde sus inicios, tenía plena conciencia de que una de las peores características del sistema, consistente en el escamoteo de la voluntad popular, debía ser modificada de raíz, aún a riesgo de que luego de transparentado dicho sistema electoral, diera como resultado lo que muchos liberales temían: que el radicalismo accediese limpiamente al poder y no pudiera ser desalojado nunca más de ese sitial. Luego de algunas reuniones privadas entre Sáenz Peña e Yrigoyen, se acordó, en un típico pacto de caballeros propio de la época, en que apenas asumiera la presidencia el primero de ellos enviaría los proyectos de reforma del régimen electoral, cosa que fue cumplida escrupulosamente dando lugar a lo que se conoce como Ley Sáenz Peña que, en rigor fueron tres leyes, instaurando el sufragio universal, obligatorio y secreto, tal como hoy lo conocemos con poquísimas modificaciones..

Yrigoyen se comprometió a que su partido abandonaría toda política revolucionaria, la cual, iniciada en 1890, había asumido dos formas definidas. Una, la de los alzamientos armados contra los sucesivos gobiernos liberales, tanto en 1893, 1895, 1903 y 1905, que con epicentro en las grandes ciudades, fueron desbaratadas sin que la nueva fuerza política lograra su objetivo de hacerse del poder. La otra, mucho más inteligente, consistió en el "abstencionismo revolucionario", es decir, en no presentar candidaturas radicales para no convalidar lo que era una farsa electoral dominada por recurrentes fraudes.

Fallecido Sáenz Peña, asumió el Poder Ejecutivo Victorino de la Plaza. Este político salteño, no obstante oponerse a la reforma electoral implementada por su predecesor, cumplió su voluntad en pos de la pacificación del país, no derogó el nuevo sistema electoral y una vez conocidos los resultados no sucumbió a la tentación de anularlas.

La llegada de Yrigoyen a la presidencia marcó diferencias notables con las políticas llevadas a cabo por el antiguo régimen liberal. Apunta el historiador Héctor Petrocelli que "formó su ministerio con figuras que, salvo alguna excepción, no brillaban ni por su apellido ni por su posición social". Quizás el primer mandato de Yrigoyen sea recordado por lo que se llamó "política de reparación", consistente en sanear la administración pública de las viejas corruptelas electorales. Utilizó una herramienta constitucional, la "intervención federal" que le permitió reparar distintas situaciones provinciales. Otros rasgos de su gobierno dan clara pauta de una ruptura con las políticas de la Generación del '80; algunos proyectos del Ejecutivo no fueron aprobados por no tener mayoría en el Senado, por ejemplo el de Código del Trabajo, cuyo contenido apuntaba a un reconocimiento de derechos de los trabajadores en circunstancias históricas en las que los derechos sociales eran aún una quimera.

Por primera vez en décadas en el ámbito de las relaciones exteriores de nuestro país volvería a utilizarse una palabra que había quedado en el olvido: soberanía. Pese a las públicas presiones para que la Argentina ingresara en la Guerra Mundial, Yrigoyen mantuvo a rajatabla la neutralidad proclamada por Victorino de la Plaza.

No fue ajena a Yrigoyen una mirada americanista, la que habría de concretar con dos gestos: como contracara de la filiación antihispánica de los gobiernos que lo precedieron, decretó el 12 de octubre como feriado nacional bajo la denominación de Día de la Raza y condonó la deuda impuesta al Paraguay como reparación por los gastos de la triste Guerra de la Triple Alianza.

La primera presidencia de Yrigoyen, de la que se cumple un siglo, marcó un punto de inflexión en el que las mayorías populares habrían de reclamar ser protagonistas de la política nacional.

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