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Miércoles 12 de Octubre de 2011

Yo quiero creer

Steve Jobs  una capilla que, desde la usina de prodigios tecnológicos de Sillicon Valley, sumó acólitos alrededor del mundo. Sus dispositivos, desde la interfaz gráfica de la iMac hasta el iPhone, cambiaron la forma la forma como la gente se relaciona con el mundo digital y generaron creyentes dispuestos a seguir ciegamente los mandamientos del hombre detrás de la catedral de Apple.

"I want to believe". Las letras blancas impresas sobre la foto de un plato volador se erigieron en el emblema de "Los expedientes secretos X", la serie norteamericana que mantuvo en vilo a una generación "geekey", que no sabía que lo era, a lo largo de nueve años. ¿Qué querían decir esas palabras, sugestivas, inquietantes? "Yo quiero creer", el lei motiv de la serie. El sentido de la búsqueda de los agentes del FBI, Scully y Molder, protagonistas de la historia.

Ciencia ficción, de eso tratan las investigaciones que llevan a la pareja a recorrer de punta a punta los Estados Unidos. A veces juntos, otras separados, siempre unidos por ese hilo invisible que hace inseparables a los que comparten las mismas creencias y que el creador de la serie, el inquieto Chris Carter, representó con un dispositivo que acababa de aparecer en la faz de la tierra y que cambiaría las comunicaciones para siempre: el teléfono celular.

Antes de "Los expedientes X", en las situaciones límites, esas en las que se necesita imperiosamente dar un aviso urgente, había que tener monedas, encontrar una cabina telefónica y lo que era más difícil todavía esperar que el teléfono púbico funcionara para poder cumplir el cometido. Después, aunque los celulares eran tan grandes como el zapatófono del Superagente 86, se podía lanzar el alerta desde dónde fuera, justo cuando se necesitaba hacerlo.

El celular pasó a ser un elemento tan importante como Scully y Molder y los alienígenas.Tanto o más, ya que su irrupción en la escena disparaba la trama en una nueva dirección, apasionante. Como cuando Steve Jobs aparecía sobre el escenario del auditorio de la sede de Apple, en Cupertino, el corazón del Sillycon Valley, el territorio donde las fantasías de los "geekeys" se hiceron realidad. Su sola presencia garantizaba un anuncio, dramático.

Polera negra, jeans gastados, zapatillas y el planeta dejaba de girar unos minutos, apenas, para saber qué se traía entre manos el geniecillo de la manzana mordida. Y un rato después, cuando el telón había caído, cuando el iPod, el iPhone o la iPad, que más da, se habían develado, se habían convertido en el objeto del deseo de los "geekeys" y de todos los demás también, en Wall Street corrían ríos de adrenalina y las acciones de Apple trepaban a las nubes.

Eso era después, una vez que se sabía la verdad, el final de la historia, antes era pura incertidumbre, misterio, excitación. Antes la legión de fans que Apple y Steve Jobs se habían sabido ganar sólo esperaban, como el enamorado que se sienta junto al teléfono, contando las horas, los minutos, los segundos, mientras se aguarda que llegue esa llamada tan ansiada. Creyentes, que sólo querían creer. Como Scully y Molder. El hombre nunca los defraudó.

Valió la pena querer creer.

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