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Sábado 03 de Octubre de 2015

Yo fui a la Escuela Gurruchaga

Un relato en primera persona a 25 años de la creación de la institución rosarina que lidera un proyecto pedagógico innovador.

La Gurru cumple 25 años. Fui alumna de la primera promoción del Complejo Educativo que comenzó a forjarse antes, en la primaria, en épocas en que el ímpetu por la democracia impulsaba modelos de colaboración, creatividad y producción. Nuestros padres se juntaban los sábados a remodelar el techo del patio, a pintar salones, arreglar bancos. En esos encuentros surgió la idea de una secundaria distinta, con espacios para la expresividad, tiempo para sembrar la huerta y para indagar en el mundo de la informática, cuando nadie tenía computadora en su casa. El alma del proyecto fue la visionaria Roxana Latorre, directora de la primaria que se dedicaba tiempo completo a levantar en todos los sentidos a la Escuela Nº 71, a agrandar la matrícula, insistir con el pago de cooperadora y promover una escuela de puertas abiertas. Además de elegir a los profesores de la escuela de sus sueños.
  En 1990 cuando la secundaria comenzó en el edificio de Salta e Iriondo, éste se caía a pedazos y no teníamos ni bancos. Igual nada nos detenía: dábamos clases sentados sobre almohadones en el piso. Donde hoy es el patio y se despliegan las aulas, había escombros, restos de talleres del ferrocarril, con fosas y herramientas que luego se convirtieron en escenario ideal para trabajos de producción de imagen. Es que la fotografía en La Gurru era materia obligatoria. También periodismo aunque lo mejor desde el primer día fue teatro, el espacio para que el cuerpo sea libre. En esas clases aprendimos ejercicios de confianza, a superar miedos, respetar al otro cuando actuaba, a evaluar y criticar con argumentos. Justamente en teatro ganamos nuestro primer dinero ¡como actores! Fue durante un mes que la Municipalidad contrató al elenco estable para funciones de la obra “¡Que porquería es el glóbulo!” en el entonces Centro Cultural Bernardino Rivadavia.
  En huerta aprendimos a cultivar y a producir todo tipo de alimentos. En la puerta del terreno de Salta y Vera Mujica vendíamos las verduras y kilos de dulce de frutilla, aunque el éxito rotundo fue la elaboración industrial de pickles que repetimos varias veces. Ya no era sorpresa un trabajo práctico sobre los rabanitos. Pronto se iniciaron las polladas, cuando los pollos los criábamos y cocinábamos nosotros mismos. Con lo recaudado se solventaron los exóticos campamentos que cada año se propusieron nuestros profes de gimnasia.

el proyecto.  Nunca tuvimos compañeros más grandes, no se sabía lo que venía. Nuestros padres igual nos mandaron, todos creyeron en el proyecto y se lo pusieron al hombro. Y eso que el inicio del siguiente año era siempre una incertidumbre, había que construir al menos dos salones para los ingresantes y la currícula se iba moldeando al andar. En La Gurru había materias que se daban completas fuera del salón, dibujando sueños en el aire, imaginando animales, escribiendo títulos sin describir, rescatando miradas ocultas, inventando juegos. Amábamos estar en la escuela, al igual que nuestros profesores, directores, preceptores.
  Aprendimos a abrir la cabeza, a considerar cada experiencia un aprendizaje, a pensar en el mundo de trabajo como un espacio cambiante, en el que ya no íbamos a trabajar en una empresa para siempre. A tomar eso como una potencialidad, sin angustias, como una posibilidad de crecer y descubrir lo nuevo. Aprendimos a disfrutar de lo que teníamos y siempre a reclamar más. A hacer valer nuestros derechos, a sobreponernos a las crisis del país. A saber que no importaban las paredes, que lo fundamental era el contenido.
    
Más recuerdos. En el recuerdo está aquella sentada que organizamos con los profesores porque justo la dirección de La Gurru no nos dejaba hacer una obra de teatro. O el viaje a Santa Fe a pedir a Reutemann que “legalice” el complejo. Aprendimos con nuestro propio ejemplo que juntos se puede edificar lo nuevo, no hay más que proponérselo y hacerlo con responsabilidad, con compromiso, con la certeza de que en la escuela todos están incluidos y no es sólo un eslogan eso de que es donde se tejen los lazos solidarios de la comunidad.
  La Gurru nos enseñó a ser libres, a superar temores, a rebuscárnosla, a construir siempre con otros, a vivir la vida como una aventura. El desafío es sostenerla, mejorarla e incentivar a más mentes inquietas que puedan imaginar otras escuelas distintas.

Programa de festejo

La Escuela de Educación Técnica Nº 394 del Complejo Educativo “Doctor Francisco de Gurruchaga” festeja sus 25 años con múltiples actividades. Fue creada en 1990 sobre la base de la Escuela Primaria Nº 71 y el Jardín de Infantes Nº 67, para completar los tres niveles de lo que desde el inicio se definió como una “experiencia innovadora” de escuela pública. Hoy ofrece tres orientaciones: informática profesional personal, tecnología de los alimentos y comunicación multimedial.
  El acto protocolar del aniversario será el martes 6, a las 15, con la inauguración de obras para el nivel secundario. Y desde mañana y hasta el 25 de octubre, se realizará el “Festival de teatro del Semillero”. El 15 habrá una clase abierta de plástica y música llamada “Sonidos y colores en la Plaza de las Américas”. El viernes 16, a las 20, en el cine Lumière, se proyectará “Para entibiar el corazón”, el estreno de un documental que recorre la historia del Complejo. El viernes 23, a las 18, será el turno del “Recorrido aeróbico Integrativo tres niveles”, que partirá desde el Bosque de la Memoria hasta la plaza Latinoamérica. Y el 11 de noviembre, a las 19,  será inaugurado el Museo de la Imagen, un proyecto museográfico escolar, con el aporte de empresarios cinematográficos rosarinos y la colaboración del Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe. Más datos, llamar al 4724502 o en  www.complejogurruchaga.com.ar

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