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Domingo 04 de Septiembre de 2016

Wild wild Wilder

Fue en una de aquellas tardenoches de fines de los setenta o principios de los ochenta cuando con poca plata en los bolsillos y los cigarrillos justos entré en el viejo Arteón para alejarme del mundo.

Fue en una de aquellas tardenoches de fines de los setenta o principios de los ochenta cuando con poca plata en los bolsillos y los cigarrillos justos entré en el viejo Arteón para alejarme del mundo. Afuera estaba la dictadura. Adentro, Bergman, Fellini, Truffaut, Kurosawa, Herzog, Robert Enrico, Polanski, Wajda, Chabrol, Nicholas Roeg, Peter Weir, Schlesinger, Antonioni, Lina Wertmuller. Y en una de aquellas tardenoches, más noche que tarde y por supuesto lluviosa, fue que lo conocí sin ninguna intención de conocerlo. A él, a Gene Wilder.

Era un contrastado blanco y negro el que habitaba la pantalla. Y de pronto, casi sin darnos cuenta, nos empezamos a reír. Al principio, con rosarina reticencia. Después, abandonado cualquier rasgo de timidez local, a carcajada limpia. Todos los que estábamos en el microcine simplemente no podíamos parar de reírnos como dementes. Claro, enfrente estaban no sólo el delirante Wilder, impagable en su rol del doctor "Fronkonstin" ("it's not Frankenstein", remarcaba sin cesar, y sin pestañear), sino el sensacional Marty Feldman (que siempre negaba ser portador de la voluminosa joroba que portaba), la inefable Cloris Leachman ("missis Blucher": cada vez que alguien pronunciaba su nombre los caballos relinchaban en alguna parte —genial gag acústico—) y hasta Gene Hackman en un breve pero inolvidable papelito, como el ciego que intenta ayudar al monstruo y sólo logra quemarlo, primero con la sopa y más tarde al intentar encenderle el cigarro que le acaba de convidar. Aún ahora, mientras escribo esto, no puedo parar de reírme.

La película que descubrí sin querer era nada menos que El joven Frankenstein (Young Frankenstein, 1974, de un tal Mel Brooks).

Poco después me topé (en el mismo lugar o allí cerquita, en la sala Pau Casals, donde un murciélago cinéfilo solía descender de las lóbregas alturas cual un Stuka sobre los desprevenidos espectadores) con Locura en el Oeste (Blazing Saddles, 1974), otra joya de la parodia cinematográfica. Y allí, otra vez con Wilder. Esta vez sin su ladero Marty Feldman, pero igualmente desopilante en su rol del gran tirador que se ha convertido en borrachín porque no puede soportar que constantemente lo reten a duelo.

El buen Gene forma parte de ese selecto grupo de cracks del humor que tiene la virtud de limpiarnos de la melancolía (un mal en auge en la Argentina contemporánea). Junto a él, formando un equipo invencible, se agrupan Buster Keaton, Stan Laurel, Oliver Hardy, Charles Chaplin, Curly, Larry & Moe (agreguemos a Shemp), Peter Clouseau-Sellers, Jerry Lewis, la dupla Bud Abbott-Lou Costello (muchos se siguen desternillando con el famoso sketch de la casa de sombreros Susquehanna), el ya archinombrado Marty, y otros más que los lectores querrán agregar por su cuenta. Yo tengo muchas de sus películas almacenadas en DVD's. Y cuando el país ataca, suelo refugiarme en ellas.

Gene Wilder murió el lunes pasado, a los 83 años.

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