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Sábado 05 de Julio de 2014

Volver al medioevo

Mujeres encerradas en sus casas que sólo pueden salir a la calle con el velo islámico total (burka) y en compañía de su esposo. Supresión de los jueces civiles por tribunales religiosos.

Mujeres encerradas en sus casas que sólo pueden salir a la calle con el velo islámico total (burka) y en compañía de su esposo. Supresión de los jueces civiles por tribunales religiosos. Lapidación por adulterio. Amputación de manos o azotes en caso de robos. Estas son solamente algunas de las reglas impuestas por grupos radicalizados que hacen una interpretación fundamentalista del islam y que van ganando influencia y territorio en distintas partes del mundo.

Hace unos días una facción sunita (una de los dos ramas principales en que se dividen los musulmanes) que se escindió de Al Qaeda declaró la constitución de un califato en partes de Irak y Siria. Son varios miles de combatientes que participan en la guerra civil de Siria pero que han avanzado sobre territorio iraquí y peligrosamente acechan Bagdad. A su paso, tratan con extremo rigor a sus opositores y enemigos y cometen ejecuciones sumarias con crucifixiones de las víctimas en plazas públicas, a las que dejan colgadas por tres días para amedrentar a la población. El grupo se denomina Estado Islámico en Irak y Siria (ISIS, por su nombre en inglés) y es liderado por Abu Bakr Al-Baghdadi, autoproclamado califa y considerado el sucesor de Osama Bin Laden.

Los califatos fueron una particular forma de gobierno de las naciones musulmanas a partir del siglo VII y se extinguieron en 1924 con la desaparición del último califato en Turquía. Todos los musulmanes del mundo, en teoría, deberían estar sujetos ahora a la autoridad del actual califa que podría disponer sobre la vida y destino de todos los fieles del islam, sobre quienes aplicaría una especial interpretación de la "sharia" o ley islámica, con prácticas medievales.

Pero ahora, en el siglo XXI, lejos de unificar al mundo musulmán el nuevo califato, que no reconoce límites ni fronteras de los países y no ha sido aceptado internacionalmente, seguramente profundizará la división de las naciones que profesan ese credo.

Cambio de bando. En un giro increíble de la política internacional, enemigos desde hace décadas, como Irán (musulmanes chiítas que apoyan al presidente sirio Bashar al Asad) y Estados Unidos ahora parecen ser aliados en la lucha contra los combatientes del nuevo califato, que se muestran más temibles incluso que el ex dictador y genocida Saddam Hussein.

Una de las peores acciones militares de las últimas décadas fue la que ejecutaron Estados Unidos y la coalición occidental para desalojar a Saddam del poder con la excusa de que almacenaba armamento nuclear. Invadieron el país, no encontraron nada, causaron miles y miles de muertos civiles y una década después la situación política de Irak está aún peor, con un país dividido en facciones religiosas y parte de su territorio ocupado por el flamante califato.

La intervención militar de los países occidentales en Irak en 2003 desnudó el interés político y económico de las fuerzas invasoras más que la alegada lucha por la democracia y pacificación global. Porque si se tratara de combatir las dictaduras del mundo, algunas aún son aliadas de los Estados Unidos y otros países. Sin embargo, mientras no compliquen sus intereses estratégicos, son toleradas sin problemas. Esto ha sido un clásico en la política exterior norteamericana y no sólo en el mundo árabe. No está muy lejano el recuerdo del apoyo de Estados Unidos a los militares golpistas chilenos que desalojaron a Salvador Allende de La Moneda y el posterior aval al sanguinario gobierno de Pinochet.

Lejos de la esperanza de la "Primavera Arabe", que venía a darle aire puro a siglos de oscurantismo religioso y político, el avance del fundamentalismo islámico complica a países del Medio Oriente, África y Asia. Naciones moderadas como Jordania, por ejemplo, temen un avance militar de los grupos radicalizados sobre su territorio y han advertido que podrían pedir ayuda defensiva a Israel, antiguo enemigo pero con quien hoy mantiene relaciones diplomáticas tras un respetado acuerdo de paz. Precisamente esta semana en Israel, tres adolescentes secuestrados hace varios días aparecieron asesinados y si bien nadie se adjudicó hasta ahora los crímenes, tienen el sello de los grupos radicalizados que aspiran a la destrucción del Estado hebreo. A las pocas horas, en otra muestra de brutalidad, un joven palestino murió en las mismas circunstancias. Se sospecha que fue una revancha.

Otros países como Nigeria, dividido entre cristianos y musulmanes, tiene parte de su territorio ocupado por otro grupo musulmán en armas llamado Boko Haram, autor del secuestro masivo de unas doscientas niñas cristianas de una escuela secundaria. Las chicas no aparecen desde abril y ha habido denuncias de que muchas han sido vendidas previa conversión forzada al islam. El tema ha desaparecido misteriosamente de la escena mundial en las últimas semanas aunque sólo ha retornado por otras acciones criminales de la banda, como ataques a iglesias cristianas y más secuestros. Su líder, Abubakar Sheka, ha aparecido por toda la TV mundial con una sonrisa delirante explicando el porqué de la acción contra las niñas. Hace un par de años, se conoció un video donde declaró: "Disfruto matando a todo aquel que Dios me ordena matar, de la misma manera que disfruto matando pollos y carneros". Todavía no ha aclarado si acepta o repudia la constitución del flamante califato.

 

Mirada occidental. En una película de producción germano-saudita, "Bicicleta Verde", que pasó desapercibida hace unas semanas por los cines de la ciudad, se retrata magistralmente el sometimiento de la mujer árabe musulmana a los dictados del hombre. Puertas adentro, con escasa participación en la vida pública, son casi objetos destinados a cumplir un rol absolutamente inferior en la sociedad. El filme lo dirigió una mujer, la primera en la historia en hacerlo en Arabia Saudita, monarquía teocrática ultraconservadora, que sin embargo no llega al extremo de los talibanes afganos o del nuevo autoproclamado califato.

El tema saudita y otros similares son cuestiones inherentes a una cultura distinta que no debería ser juzgada por ojos occidentales. En Francia, desde el 2010, se prohibió por ley a las mujeres vestir el burka en lugares públicos, lo que generó rechazo en la comunidad musulmana porque se le impidió continuar con una arraigada tradición. Pero una cosa muy distinta es que a través de una forzada interpretación religiosa se cometan asesinatos en nombre de Dios y se implante un sistema de vida medieval. Es un regreso a épocas que también transitó la cultura occidental hace siglos.

¿La aviesa interpretación de la tercera religión monoteísta (de acuerdo a su aparición en la historia) que hacen los grupos fundamentalistas merece intervención desde nuestra concepción de la moral y la ética? Secuestrar niñas inocentes, ejecutar a opositores, reducir a la mujer a estratos subhumanos no merece mucho análisis. Son conductas execrables que no pueden permitirse. Pero cuando los países occidentales intervienen militarmente en naciones musulmanes siempre se sospecha que lo hacen más para proteger sus intereses económicos y geopolíticos que por la libertad de los pueblos oprimidos. El caso de Irak, hoy un infierno, es el más claro.

Desde el mundo musulmán también se podría condenar a Occidente por las barbaridades que en nombre de la religión se han cometido a lo largo de la historia de la civilización. Sólo con tomar el registro de lo ocurrido en los últimos pocos más de 500 años, desde el descubrimiento de América, se advertirá su dimensión. ¿Es válida esa comparación? Parecería que no por la diferencia en los tiempos históricos.

¿Cómo es posible, entonces, compatibilizar la mirada de dos mundos absolutamente diferentes? ¿Cómo terminar con el pensamiento único y fanático que aturde a la humanidad y que lejos de disiparse se acrecienta? Una tarea, por ahora, casi perdida.

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