Opinión
Viernes 13 de Mayo de 2016

Vivo en la calle Amar

Por Rubén Echagüe. Un mensaje vagamente imperativo en una pared es el disparador de muchos interrogantes.

Vivo en la calle Amar, y no lo digo porque esté intentando sacar de la galera ninguna infortunada metáfora, o esté copiando una de esas "frases célebres" (en realidad burdas y elementales) que cada dos por tres aparecen en Facebook, como si las hubiesen pronunciado en un estado de estupidez inimaginable, Gandhi o Federico García Lorca.

Es que en la esquina de Catamarca y bulevar Oroño algún noctámbulo gracioso o algún artista callejero —o bien un artista callejero noctámbulo y gracioso—, se tomó el trabajo de cubrir con pintura azul las tres primeras letras y las dos últimas del cartel que reza "Catamarca", con lo cual el nombre de la provincia andina se convirtió, por obra y gracia de la anónima artisticidad, en el infinitivo del verbo "amar".

De la singular ocurrencia, lo primero que me veo obligado a celebrar es su laconismo. Si en la década de los 70 Snoopy se enzarzó en la lectura de "La guerra y la paz" leyendo una palabra por día, a este texto lo hubiese podido despachar en una sola jornada.

Pero lo más interesante de todo es que, pese al modo verbal genérico e indeterminado, este "amar" que a alguien se le antojó plantar intempestivamente en medio de la vía pública, no deja de traslucir una intencionalidad vagamente imperativa, o de sugerir "entre líneas" (si es que cabe emplear aquí la expresión), que "amar es algo muy importante, o incluso lo único que vale la pena hacer en la vida".

Sobre el tema en cuestión, el hombre —me refiero al género humano—, ya lleva escritas varias bibliotecas y muy nutridas. Desde Ovidio, que en su "Ars Amatoria" resalta la ventaja que tiene el rico en el momento de seducir porque, regalos mediante, "lleva en sí mismo la simpatía" —y si no que lo diga Berlusconi—, hasta el monje vietnamita que, con toda su milenaria sabiduría oriental a cuestas, cataloga al amor como un apego neurótico, ríos de tinta y cataratas de palabras se han volcado generosamente en la búsqueda infructuosa de definir, analizar y explicar qué es amar.

Y a propósito: ¿qué es amar? ¿Existirán distintas formas del amor y, consecuentemente, distintas formas de amar también?

"Gocémonos, Amado" y "entremos más adentro en la espesura", "y luego me darías allí tú, vida mía, aquello que me diste el otro día", no se lo dice Oscar Wilde a su aristocrático novio Lord Alfred Douglas, ni la vehemente Alfonsina Storni al suyo: se lo dice el alma a Cristo, su esposo, por boca (o por pluma) de San Juan de la Cruz, místico carmelita que es una de las glorias más excelsas de la poesía lírica en lengua castellana.

¿Discriminaremos, pues, entre un amor divino y un amor profano que, a tuerto o a derecho, terminan por converger en un mismo punto?

El amor puro y desinteresado —si olvidamos por un momento los castigos brutales y los filicidios—, que teóricamente le tributaría una madre a su hijo, ¿tendrá algo que ver con el que intercambian espasmódicamente los personajes de la farándula, ventilándolo en las redes sociales, y para dar de comer a los bovinos que después se lo pasarán rumiando hasta el hartazgo el beso, la infidelidad o el cachetazo, en los programas televisivos que se nutren de esas lamentables pavadas?

¿Cómo clasificaríamos al amor? ¿Como un fenómeno a-histórico inherente a la condición humana, o como un producto cultural mediatizado históricamente, que cada civilización modela según las pautas que rigen su vida social y su particular inserción imaginaria en el universo?

Aunque, en resumidas cuentas, "amar" quizá sea un inexplicable estado de gracia que, muy pero muy de vez en cuando se enciende mágicamente, haciéndonos creer que el mundo nos pertenece, ya que como anota con infinita penetración Neruda en el vigésimo poema —popularísimo— de sus "20 Poemas de amor y una canción desesperada": "Yo la quise, y a veces ella también me quiso".

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