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Sábado 06 de Septiembre de 2014

Vivir con miedo

Más allá de las explicaciones técnicas, la desigualdad y marginalidad en que viven miles de personas se torna irremediablemente en violencia urbana. ¿Cómo desactivarla?

A pocos meses de iniciarse formalmente la campaña electoral para competir en 2015 por todos los cargos ejecutivos a nivel nacional, provincial y municipal, quienes prometan que durante sus mandatos podrán contener la creciente inseguridad producto de la violencia urbana seguramente defraudarán a sus votantes.

El actual auge delictivo en todo el país, pero que golpea particularmente a los grandes centros urbanos como Rosario, son "construcciones" de varias décadas que atraviesan a distintos gobiernos de disímil concepción ideológica.

Los vastos sectores de la población que viven en la marginalidad son la verdadera "fábrica" de donde mayormente provienen los autores de cada vez más violentos asaltos y robos con armas que llegan a niveles intolerables. Varias generaciones de jóvenes privados de todo acceso al mundo del trabajo digno, educación y una efectiva contención estatal parecían invisibles mientras no causaban dificultades mayores al resto de la sociedad. Hoy la situación cambió y quienes crecieron en la mayor absoluta orfandad, en el sentido amplio de la palabra, se toman revancha de una sociedad que no los supo incluir.

En Rosario viven, según datos de la ONG Techo, unas 168 mil personas en asentamientos informales, es decir, alrededor de un 15 por ciento de la población de la ciudad. Si sólo un minúsculo porcentaje de esa enorme cifra (no se trata de condenar a nadie sólo por su condición social) se mantiene inmune a las políticas del Estado que con esfuerzo y presupuesto intentan mejorar la calidad de vida de esa gente, es suficiente para que un "ejército" marginal opere en las calles con violencia. Si a eso se le asocia otro gran problema social como la droga, el cuadro no podría ser peor.

En relación a las bandas de narcotraficantes, cuyos líderes no parecen integrar el sector social de marginalidad extrema, quedó demostrado con la llegada de Gendarmería a la ciudad que ni eran tan poderosas ni tan combativas como se suponía. Sin dispararse un solo tiro fueron acotadas, sus puestos de venta fijos (algo inédito en el mundo) destruidos y algunos de sus jefes detenidos, aunque eso no quiere decir que no se venda más droga en la ciudad. Los adictos, en sus distintos niveles de dependencia, han encontrado otra forma de adquirirla porque la necesitan para seguir viviendo. De otra manera aparecería otro fenómeno aún más violento: el síndrome de abstinencia, que no distingue clases sociales, salvo en lo referente a la calidad de droga que se consume.

En el caso de la narcocriminalidad la acción represiva del Estado dio sus frutos, pese a que se sospecha que parte de la mano de obra desocupada pasó a la delincuencia común que ahora se dedica a "entraderas" y otros delitos que han hecho que la gente cambie sus hábitos de vida por el temor a convertirse en la siguiente víctima.

La violencia ligada a la droga creó en todo el país, incluso internacionalmente, el estigma de Rosario como ciudad narco, cuando en realidad esa actividad no era mayor ni más violenta que en otras zonas de la Argentina. A tal punto llegó esa distorsionada imagen que un portal de noticias a nivel mundial llamado Vicenews, que se encarga de documentar la guerra civil en Siria o las matanzas del Estado Islámico en Irak, por ejemplo, envió a un periodista mexicano a averiguar qué ocurre en Rosario. El resultado fue un informe, en tres capítulos, con no mucho más de lo sabido sobre el tema. Sin embargo, al autor de esos videos le llamó la atención la desigualdad social de la ciudad y el desarrollo de las villas miseria.

Para consuelo, si eso es posible, de cómo viven miles de rosarinos en condiciones oprobiosas, el fin de semana pasado la Deutsche Welle, la televisión alemana, produjo un informe sobre las mujeres embarazadas de Daca, la capital de Bangladesh, donde viven casi 15 millones de personas. Tres de cada cuatro mujeres dan a luz en precarias viviendas similares a las nuestras en las villas, pero sin atención médica con lo que la tasa de mortalidad de madres y bebés es altísima. Recién ahora con un programa especial de Naciones Unidas se está capacitando a cientos de parteras para que asistan a las embarazadas antes y durante el parto.

Rosario y su sistema de salud pública le sacan una enorme ventaja a Bangladesh en cuanto a la atención sanitaria de la población, pero aún no se han encontrado los caminos para evitar que la marginalidad crezca año a año pese a la apertura de calles de los asentamientos irregulares, a la implementación de cooperativas de trabajo y a los programas de ayuda nacional, provincial y municipal.

Hace un tiempo largo, una actual legisladora nacional por Santa Fe dijo que algunas zonas pobres del oeste de la ciudad se parecían a Bangladesh. Pese a que su partido gobernó años a nivel nacional y provincial la situación no mejoró. También esa cuenta corre para la actual administración nacional, que va llegando a doce años de gobierno, y a la provincial con casi siete años el mismo partido en el poder.

La mirada desde lo social es imprescindible para intentar obtener alguna explicación de cómo la violencia va girando desde la narcocriminalidad hacia el delito común violento y con muertes. Y en este caso en particular, si bien es necesario evitar la creación de otro ícono de desprestigio para la ciudad, las cifras de muertes violentas en Rosario dan pautas suficientes para comprender la necesidad de comenzar un trabajo a largo plazo, pero con respuestas urgentes.

Córdoba y Santa Fe. Si se comparan los conglomerados urbanos departamentales de Córdoba y Rosario, con poblaciones similares en torno al millón doscientas mil personas, la tasa de homicidio en Rosario es notablemente superior. En lo que va del año en la ciudad hubo 178 asesinatos mientras que en Córdoba 53. Si se va más para atrás en el tiempo, Rosario tuvo 264 muertes violentas en 2013 y 184 en 2012, contra 90 y 76, respectivamente, de la capital de la provincia mediterránea.

En cuanto al número de policías, la provincia de Santa Fe cuenta con un total de 20 mil agentes, de los cuales 5.300 trabajan en Rosario. La provincia de Córdoba tiene 22 mil policías y la ciudad capital no menos de 10 mil en forma permanente, aunque pueden ser más en épocas no turísticas. Los cordobeses tienen una policía bastante móvil que se va trasladando temporalmente por la provincia de acuerdo a la aparición de focos de inseguridad.

Como se advierte, la ciudad de Córdoba duplica a Rosario en el número de agentes, aunque es sabido que sólo con más efectivos en la calle y con una policía que se admite oficialmente que es parte del problema, no hay garantía de que los niveles de inseguridad mejoren dramáticamente en el corto plazo. ¿Entonces, qué hacer? ¿Resignarse a vivir con miedo de convertirse en la próxima víctima? Se escucha con frecuencia el reclamo del establecimiento de la pena de muerte para los delincuentes como una solución mágica a la inseguridad. También la cancelación de los programas sociales que ayudan a miles de personas al menos a subsistir. Son pedidos absurdos que no se encaminan a una solución integral del problema, que tiene como principal factor la desigualdad, la exclusión social, la miseria estructural y la desintegración familiar (no en todos los casos) como generadores de la violencia urbana.

D. W. Winnicott (1896-1971), un pediatra y psicoanalista británico sostenía en la compilación de algunos de sus numerosos trabajos reunidos en "Deprivación y delincuencia", que el impulso agresivo es un elemento constitutivo del impulso vital con que nace todo ser humano. Destaca que las conductas antisociales tienen en sí una esperanza inconsciente de recibir lo que a un ser humano le faltó afectivamente. Si la familia no logró suministrarle las funciones mentales y afectivas adecuadas, como contención o límites razonables, el niño o el adolescente lo va a buscar en el entorno social, la escuela, o en su defecto en la comisaría o en la ley. Winnicott enfatiza en que la deprivación (se refiere a la afectiva) está en la base de la tendencia antisocial.

Tal vez, los especialistas en seguridad puedan asesorar a los gobiernos para reducir los niveles actuales de violencia mientras se va gestando un cambio de paradigma en la estructura social argentina, mucho menos violenta en décadas pasadas donde una mejor distribución de la renta tenía efectos más inclusivos.

Un profundo cambio en las condiciones sociales, culturales y educativas de miles de argentinos que viven en la miseria más absoluta son sin duda buena parte de los parámetros necesarios para erradicar la desigualdad que ocasiona marginalidad y su consiguiente correlato en violencia urbana.

Alguna vez se podría empezar a reponer esa injusta fractura social para no resignarse a vivir siempre con miedo.

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