Edición Impresa
Domingo 26 de Abril de 2015

Vinilos y CD's

Esos disquitos plateados importados que salimos a comprar como locos en el 1 a 1, en la falsa ilusión de que estábamos en el Primer Mundo.

Mi compactera Sony está en sus últimos días. Ya no responde a los mandos. Cuando apretás el botón de "disk skip" (sí, es de las que tienen bandeja para cinco CD's) te abre la bandeja, cuando apretás el play te pasa a otro compacto, y así. Los CDs que en el discman funcionan perfectamente acá pegan unos saltos que se comen los estribillos, o suenan a disco rayado tildados en la intro de una canción. La Sony fue un modelo de aparato durante 22 años. La compré en el 92, cuando el dueño de una disquería porteña me dijo: "Se viene el CD, el vinilo no va más, va a desaparecer". Recuerdo que miré de reojo las bateas todavía repletas de vinilos y pensé: "Me estás jodiendo. No puede ser". Pero así fue. Poco tiempo después las bateas se volvieron más petisas y se llenaron de compactos, esos disquitos plateados importados que salimos a comprar como locos en el 1 a 1, en la falsa ilusión de que estábamos en el Primer Mundo, compartiendo bateas con los de Nueva York y Londres, plenamente felices con joyas que jamás habían estado a nuestro alcance en los 80, cuando apenas podíamos comprar los cassettes y vinilos de edición nacional, algunos de pésima calidad.

Soy de la generación que empezó comprando cassettes, después se pasó al vinilo y terminó acumulando CD's en cantidades industriales, creyendo que eran el formato futurista y definitivo de la música grabada. Mi discoteca es un cocoliche en donde muchos discos se repiten en distintos formatos. Tuve mi primer Highway 61 Revisited de Dylan en un TDK que me grabaron en Utopía, ahí mismo compré el cassette original, a fines de los 80 conseguí el vinilo y a principios de este siglo compré una reedición especial en CD. Sin embargo, ¿dónde fue que lo escuché más en los últimos años? En el Ipod, como casi todo el mundo.

Hace meses que no entro a una disquería. Sólo compro algunos CDs de rock muy selectos, los pocos actuales que valen la pena, y algún disco de jazz, porque el jazz suena horrible en MP3. Con la compactera en terapia intensiva, ahora me detengo a mirar mis CDs, prolijitos y en fila. Algunos incluso conservan las bolsitas de Utopía, de Amadeus o de Music Shop. Más allá de la música, la sola presencia de las cajitas me causa ternura. Esos discos han sobrevivido a todo: las mudanzas, el corralito, los divorcios, la tristeza, la alegría, el estrés, los cambios de trabajo, la maternidad... Me recuerdo durante las mudanzas gritando como una loca: "¡Cuidado que ahí van los CDs! ¡Agarren las cajas por abajo que se pueden desfondar! ¡Cuidado!". Es más, cuando nació mi hija hice hacer un mueble especialmente para los compactos, para que estuvieran bajo llave, lejos de las manitas de los chicos a esa edad en que lo destrozan todo.

Ahora me pregunto qué hacer. ¿Comprar una compactera nueva, un equipo para reproducir CD y MP3, esos plastiquitos descartables que te venden como electrodomésticos vulgares? ¿Comprar una bandeja (asaltando un banco antes) y plegarse a la moda/lujo de los vinilos, resucitados desde hace un tiempo por una industria que olió el fetichismo? Volver a los vinilos me parece demasiado nostálgico. Más que una exquisitez de los puristas del sonido, los vinilos hoy en día sólo pueden encuadrarse en la ilusión de comprar tiempo: tiempo para escuchar como se hacía antes, tiempo para sentarse y leer las letras, tiempo para detenerse en el arte de tapa y los créditos de un disco, tiempo para recuperar el ritual de escuchar. Esto se puede disfrutar en otros formatos, pero claro, el vinilo es más lindo, y también más caro, y eso le da un valor agregado en esta era de consumismo.

Los vinilos que compré en los años 80 están en la casa de mis viejos. No quise someterlos a la violencia de las mudanzas. Ahí están mis primeros discos de los Stones y David Bowie, y algunas perlitas que extraño, sí, como la edición americana original de White Light/White Heat de Velvet Underground o el original también de Doolittle, de los Pixies. Cada vez que voy a la casa de mis padres mi mamá no puede evitar preguntarme: "¿Qué pensás hacer con esos discos? Es una pena. ¿Por qué no los vendés? ¿Por qué no se los das a alguien?". Es muy difícil desafiar el sentido práctico de las madres y contestarle: "Esos discos no sirven para nada. Muchos están rayados porque los escuché millones de veces. Hasta podría decir en qué surco salta la púa en cada uno. No los puedo vender, ni regalar y mucho menos tirar. Están acá ocupando su lugar. Son mi pequeño estandarte en esta casa en la que viví tanto tiempo. Es la marca que dejé. No la quiero borrar". Tal vez algún día vuelva a tener una bandeja, quién sabe, y vaya a rescatarlos. Entonces mi vieja recuperará ese preciado lugar en su mueble del comedor, que se llenará seguramente con juguetes de sus nietos, y yo me sentaré en mi sofá a escuchar los vinilos temiendo lo peor: que sean mejores que en mis recuerdos.

 

Comentarios