La ciudad
Martes 29 de Noviembre de 2016

Villa Corrientes se pinta de colores para recuperar su orgullo

Vecinos y artistas plásticos proyectan un paseo similar al Caminito de la Boca, con una feria de cachivaches y un gran árbol de Navidad.

Hasta ayer, cada una de las esquinas de Paraguay al 3100 pertenecían a los clubes de fútbol. Sobre Garay, las paredes eran azul y amarillas; sobre Gaboto, rojas y negras. Muchas horas de trabajo después, las fachadas de esa cuadra de Villa Corrientes —o La Lata, según quien la nombre— exhiben los siete colores del arco iris. La nueva estampa no habla sólo de un cambio de escala cromática, sino de un proyecto para promover vínculos entre vecinos, mejorar el espacio público y un intento por torcer la historia de uno de los barrios más estigmatizados de la ciudad.

La idea de transformar los márgenes del antiguo asentamiento de zona sur en una suerte de Caminito local, con casas humildes pintadas de colores, una feria de cachivaches, prima hermana del Mercado Retro, y mesas en la calle para disfrutar de comida casera (ver aparte), tiene su tiempo. Y empezó a hacerse palpable entre marzo y abril, cuando el municipio entregó a los vecinos las escrituras de los lotes donde hace décadas habían construido sus casas.

Convertirse en propietarios de sus viviendas fue el punto final de un proceso iniciado hace 15 años, cuando el Servicio Público de la Vivienda comenzó a intervenir para abrir calles, ordenar pasillos, construir veredas y regularizar los servicios en las nueve manzanas que se extienden de Rueda a Deán Funes y de Corrientes a Paraguay; a 20 cuadras del centro de la ciudad.

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Los vecinos pintan La Lata como Caminito.
Los vecinos pintan La Lata como Caminito.

Las obras permitieron integrar uno de los asentamientos irregulares más antiguos y densamente poblados a la trama urbana, pero no alcanzó para lavar su "mala fama". Ahora, señalan los vecinos, eso es tarea de ellos.

"Vamos a cambiarle la cara al barrio", dice entusiasmada Valeria Ansaldi, con un plano dibujado a mano alzada de la cuadra de Paraguay al 3100, una suerte de anteproyecto de lo que ayer fue la jornada de "Intervención pictórica por la identidad de barrio Corrientes".

Sobre el croquis se adivinan las siluetas de las casas de Esther, de Angel o de Adriana, coloreadas con el tono que cada uno había elegido, en una paleta de rojo, naranja, verde, azul, amarillo y celeste.

El modesto mapa surgió de muchas reuniones en las que los vecinos concluyeron que recuperar el sentido de pertenencia y la seguridad de caminar por las calles del barrio conducía a un cambio cultural.

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Los vecinos pintan La Lata como Caminito.
Los vecinos pintan La Lata como Caminito.

Así, con la colaboración del artista Dante Taparelli, director de Imagen Urbana del municipio, fueron amasando la idea de transformar La Lata en una suerte de La Boca, el histórico vecindario de la ciudad de Buenos Aires.

La idea no fue disimular la historia del barrio, sino ponerla en valor. "Integrarla a la ciudad a partir de destacar su particularidad, su diferencia. No hace que no se vea, sino que se vea mucho. Integrarla a la ciudad a partir de su singularidad, con sus muchos colores, como los de la bandera de la diversidad, de los pueblos originarios o de la cooperación", explica Taparelli. Los vecinos escuchan callados.

El asentamiento empezó a formarse en la década del 50 sobre terrenos reservados por el ferrocarril para la construcción del ramal Rosario-Mendoza, terrenos bajos, llenos de zanjones que las lluvias convertían en lagunas. Oficialmente y en toda la cartografía oficial el barrio lleva el nombre de Villa Corrientes, sin embargo en algún impreciso momento, las crónicas policiales lo rebautizaron como villa La Lata.

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Los vecinos pintan La Lata como Caminito.
Los vecinos pintan La Lata como Caminito.

Vergüenza. Mirta Herrera lleva más de 40 años viviendo en el barrio. Llegó en el 72, recuerda, cuando era una jovencita y los dueños decidieron demoler la antigua casona de Pellegrini al 1100 donde vivía su familia. A Mirta el nombre de La Lata no le gusta nada, lo detesta. "De un día para el otro yo amanecí durmiendo en una casilla de 2 por 4 con techo de chapa. Durante mucho tiempo no podía ni decir donde vivía, me daba vergüenza. Hasta que en algún momento acepté mi condición y empecé a luchar para que no nos sacaran del barrio", recuerda la mujer.

Después habla de lo que significó la expropiación de los terrenos, la regularización del barrio y, finalmente, recibir las escrituras de los lotes. "Ese día les dije a los más jóvenes que era ni más ni menos que la diferencia entre tener una casa y no tener nada".

Valeria y Mirta toman mate en una mesa de la seccional 15ª del Partido Socialista. El local sirve de base de operaciones para las reuniones de vecinos que permitieron organizar la pintada del barrio. Mientras las mujeres hablan, Alejandro López descarga de un camión los tarros de látex y los rodillos donados por una empresa de pinturas. "En esto estamos todos. Militantes, vecinos, vecinos-militantes y, sobre todo, gente con ganas de hacer algo por el barrio", dice el hombre mientras requisa que los colores de la pintura sean los correctos.

Ayer por la mañana cada familia pintó el frente de su casa con el tono que había elegido. La cuadra de Paraguay al 3100 tiene en total trece viviendas y varios galpones que serán la punta de lanza de un proyecto más ambicioso: sumar un atractivo a la zona sur y un lugar de encuentro para vecinos y visitantes. Y una nueva postal para un barrio dispuesto a escribir otra historia.

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Los vecinos pintan La Lata como Caminito.
Los vecinos pintan La Lata como Caminito.

De todo por hacer

La cuadra de Corrientes al 3100 tiene dos atractivos que la hacen particular y la distinguen de otras tantas de Villa Corrientes. Caprichos de la regularización del asentamiento, la vereda par es el doble de ancha que el resto, y en una de las esquinas persiste el tronco de un enorme gomero, seco hace tiempo.

Allí, donde muchos ven nada, Dante Taparelli imagina todo por hacer. Para la vereda proyecta una feria "de cachivaches", donde los vecinos puedan llevar las cosas antiguas que se guardan en toda casa de familia.

A los puestos del futuro mercado de zona sur, los vecinos proponen sumarles venta de platos típicos del Paraguay, aprendidos a hacer de primera mano de los últimos vecinos que llegaron al barrio: inmigrantes paraguayos atraídos por el llamado boom de la construcción. Y también artesanías y puestos de servicios, para que se luzcan las costureras, las manicuras o los electricistas.

El esqueleto del árbol revivirá el 24 de diciembre. Ese día se transformará en un "inmenso" árbol de Navidad comunitario, lleno de regalos para los más chicos del barrio. "Pero tiene que desbordar de obsequios, de chucherías, advierte Taparelli y explica el sentido simbólico: "A los que antes no tenían, hoy le sobra. Les sobra voluntad, sentido común, ganas de trabajar, solidaridad y belleza".

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