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Domingo 07 de Agosto de 2016

Viaje a las pasiones de un escritor

Tiene 81 años y sigue produciendo a un ritmo de actividad envidiable. El autor de recordados éxitos de la literatura nacional como La cruz invertida y La gesta del marrano estuvo en Rosario para presentar su autobiografía recientemente publicada, La novela de mi vida. Y mantuvo una charla a fondo con Más.

Si bien pasión es, etimológicamente, algo que se padece, nada de eso parece percibirse en La novela de mi vida (Sudamericana, 2016). En este libro, Marcos Aguinis (1935) propone un diálogo entre los diferentes objetos de deseo a los que ha dedicado largas horas de su tiempo. Antes de desarrollar su carrera literaria, Aguinis fue concertista de piano y neurocirujano. Cultivó también la teología, la historia, el psicoanálisis y la política. A medida que el libro avanza, el lector advertirá cómo el autor disfruta de estas profesiones-pasiones, pero a la vez debe ir optando entre ellas, para finalmente dar lugar pleno a la que le ha guiado su camino desde niño. Y que termina primando sobre las demás.

La idea de editar un libro sobre su vida surge en España. Aguinis se encontraba con la encargada de prensa de la Editorial Sudamericana cuando surgió una charla sobre sus diferentes profesiones. Fue ella quien inicialmente le propuso escribir un libro sobre estos recorridos, tan dispares a simple vista, como la música y la neurocirugía. "A mí la idea no me atrajo mucho en ese momento —recuerda Aguinis—. La cuestión es que luego esto fue trascendiendo a los demás miembros de la editorial y hubo una suerte de presión colectiva". Tiempo más tarde Jorge Fernández Díaz le realizó un reportaje que tituló "Un hombre del Renacimiento". Esto motivó a la editorial para insistir aún más en la idea.

"Les dije que iba a intentarlo, pero tenía tanta resistencia a escribir un libro autorreferencial, que primero lo redacté en segunda persona: alguien me hacía preguntas y yo contestaba. Luego me di cuenta de que sonaba muy artificial y volví a comenzar desde cero. Esta vez lo enfoqué cronológicamente, aunque luego esto también se fue alterando un poco. Comencé con una referencia personal sobre la primera vez que vi llorar a mi padre y a partir de ahí fui describiendo mi infancia, vinculada fundamentalmente a la lectura y a la música".

"A los nueve años, vi llorar a mi padre por primera vez" puede leerse en la primera línea de La novela de mi vida. Aguinis relata cómo ve a su progenitor enormemente angustiado luego de recibir una carta. Los nazis habían invadido el poblado en el que vivían su abuelo y sus dos hermanas, en la actual Moldavia. Habían ejecutado a sangre fría al varón y a las mujeres las habían llevado a un campo de concentración del que no salieron con vida. A raíz de este episodio el niño comienza a plantearse la existencia de Dios.

"¿Dónde estaba el Dios del que me hablaba? (...) Comencé a formularle preguntas agresivas a papá. Entonces, con sus temblorosas respuestas, me hizo brotar dos pimpollos: la teología y el sionismo".

El libro se abre y se cierra con dos escenas que funcionan en espejo. La escena final guarda una estrecha relación con este padre que llora, y que de alguna manera hace dialogar al niño Aguinis con el hombre escritor de largo camino recorrido.

En otro de los recuerdos de infancia, Aguinis relata la pobreza en la que vivían cuando él era muy chico y describe su cuna, hecha con un cajón de frutas.


—Define a este recuerdo como "una experiencia primitiva". ¿Qué hay de ese niño en el escritor de hoy?

—A mí me relataron esta anécdota siendo más grande, y no pude dejar de asociarla con dos figuras que pasaron por lo mismo: Moisés y Jesús. Fue en una etapa en la que me interesaba mucho la teología, y me dio una suerte de orgullo haber pasado por lo mismo. El recuerdo me ha desplegado una arborescencia de ideas, de derivaciones, de aventuras. No nos olvidemos de que los libros de aventuras son producto del deseo de vivir esas aventuras. Es una asociación, diría, muy pueril, pero al mismo tiempo muy potente. Y eso aún hoy queda en mí.


—Usted conoció a grandes personalidades, trascendentales en la historia. El presidente Arturo Illia, por ejemplo, fue su pediatra...

—En ese sentido tengo que estar muy agradecido a las casualidades de la vida. A Illia lo conocí muy bien, venía a mi casa a atenderme, y cuando yo era más grande, íbamos a la estación de ferrocarril de Cruz del Eje a recibir familiares de Córdoba y a veces nos encontrábamos con su esposa, quien iba a esperarlo siempre muy preocupada. Él viajaba solo para el Congreso, era diputado nacional, y era una época en que la pasaban muy mal, una oposición muy corajuda, y él no aceptaba custodios. Recuerdo escuchar a su esposa decirle a mi mamá que tenía miedo de que él no volviera.

También haber visto al Papa Juan XXIII, en una época en la que nadie veía al Papa, o a De Gaulle hablándole por televisión al pueblo de Francia. Todos momentos fundantes. Además ya en esa época yo tenía una muy buena formación histórica y política, y valoraba esas situaciones. No sé si vivir esos hechos para la gente que me rodeaba en ese momento ha impactado tanto como en mí.


—Cuenta en el libro el origen de su pasión por la historia y la política, cuando escuchó al director de su escuela mencionar despectivamente al pueblo judío.

—Ese momento me impactó mucho. Se estaba librando la guerra de la independencia de Israel y ya se había producido el Holocausto, del cual recién se empezaba a tomar noticia. Y los ingleses estaban actuando de una manera muy cruel porque hundían barcos en el mar para impedir que los refugiados judíos fueran hacia Tierra Santa. Es decir que luchaban en contra del esfuerzo desesperado de esos judíos por sobrevivir y crear un estado propio donde refugiarse. Esto yo lo seguía diariamente en las noticias. Y un día, en el último grado de la escuela primaria, el director habló en una clase de los dos pueblos apátridas que existen en el mundo. Y dijo que ellos eran los gitanos y los israelistas, los nombró en cierta forma despectiva, y hasta escribió mal la palabra. Quedé muy impresionado. Era un hombre a quien yo admiraba, escribano y director de la biblioteca pública, un hombre cariñoso y muy instruido. Ese día sentí un puñal contra una de mis identidades.


—Y en cuanto a su recorrido por las diferentes profesiones que tuvo, ¿cómo fue renunciar a una de sus primeras pasiones, la música, luego de dedicarle tantos años?

—Yo había llegado, si se quiere, al punto culminante de mi carrera musical. Daba conciertos exitosos; había ido a París, cuando esa ciudad se consideraba el centro de la civilización, el lugar más culto del planeta. Fui allá con la idea de desarrollar dos profesiones simultáneamente: la neurocirugía, para la cual había conseguido una beca, y la música. Estaba en pleno despliegue de mis aptitudes musicales. El padre de Bruno Gelber, quien también había llegado recientemente a París, se había enterado de que yo era pianista y me ofreció alquilar juntos un piano para colocarlo en el sótano del pabellón argentino de la ciudad universitaria, donde nos alojábamos. Acepté, me pareció una gran oportunidad. Bruno estudiaba ocho horas por día; yo me iba al hospital a las siete de la mañana y volvía a las siete de la tarde, cansado y muerto de hambre. Recuerdo que había una panadería al otro lado del parque, yo bajaba del subte y me compraba ahí una baguette y un queso. Tenía tanta hambre que hasta llegar a mi habitación ya había comido la baguette en el camino. Estaba agotado, tenía ganas de ir a tocar el piano pero no podía más. Entonces me iba a dormir. Fue así que comprendí que la música y la medicina eran dos carreras incompatibles. El esfuerzo que demandaba cada una era extremo.


—En cuanto a la medicina, hay un recuerdo que relata sobre una nena integrante de los Testigos de Jehová que necesitaba una transfusión. ¿Tomaría la misma decisión hoy en día?

—Yo soy de aquellos que creen que es esencial defender la vida. Me refiero a las personas que integramos una sociedad, sin entrar en el debate del aborto. Soy de los que más detestan a esos suicidas psicóticos, productos de una enseñanza patológica, que le hacen un gran daño a la humanidad. Por lo tanto defender la vida para mí es esencial.

La nena había tenido un accidente junto con su abuela y necesitaban urgente una transfusión de sangre. Yo me daba cuenta de que era imposible, estaba toda la familia Testigo de Jehová firmemente adherida de una forma absurda y fanática a un versículo de la Biblia que dice: "No beberás la sangre de tu hermano". Ese versículo, en lugar de convertirse en un elemento que orienta, de interpretarse como "no derramarás la sangre de tu hermano" o "no matarás", ellos lo toman al pie de la letra. Pero en la Biblia no se habla de transfusión, no existía la transfusión en aquella época. Y se pusieron a vigilarlas a ambas al pie de la cama para que yo no pudiera hacer nada. Entonces les pedí que fueran a comprar Rifosina, unas ampollas muy rojas que se inyectan al suero fisiológico y el suero parece sangre. Delante de ellos le pedí a la enfermera que llevara el frasco de sangre al laboratorio, pero en realidad le entregué la Rifosina. Me convertí en un artista de circo que hace un truco moviendo frascos. Gracias a eso la nena se salvó, pero con la abuela no pude. Luego, hablando con los familiares, escucho que dicen que Dios había decidido que la nena se salvara.

—Sin embargo fue la escritura la que ganó poco a poco terreno sobre la medicina y la música. ¿Cómo fueron esos primeros momentos de ir descubriéndose escritor?

—Fueron sorpresas que estaban muy lejos de la idea de que la literatura iba a ser una profesión excluyente. Tanto leer como escribir eran actividades que amaba y que me daban enorme placer. La primera vez que vi que era posible transformar mi letra manuscrita en imprenta fue cuando un amigo se ofreció a pasar a máquina uno de mis cuentos. Eso me produjo una sensación de triunfo, de enorme realización. Fue como ver mi letra en un libro. Lo mismo me sucedía cuando componía música, y escribía sobre el pentagrama mis primeras composiciones.


—En cuanto a sus primeros libros como Maimónides, un sabio de avanzada o Refugiados: crónica de un palestino hay cierta tendencia hacia lo biográfico, e incluso hacia referencias personales, que en obras posteriores. ¿Hubo una decisión deliberada de recurrir a esto para nutrir la obra o cree que se deba a la dificultad de un escritor joven de animarse un poco más a la imaginación?

—Es probable que en la mayoría de los autores las primeras obras estén muy nutridas de sus experiencias personales. Suelen ser bastante más explícitas al comienzo y después se van borrando, pero no dejan de estar presentes. No hay duda de que ahí funciona lo consciente y lo inconsciente, y también el arte de la literatura. Es decir, uno va pintando escenas o situaciones que quizás son productos de la fantasía, pero de la fantasía que elabora cada uno en base a su propia experiencia, sus propios deseos, sus propias aversiones... y eso está en todos mis libros. Por ejemplo en La gesta del marrano, la parte donde el protagonista llega a la ciudad de Córdoba, allí hay por supuesto cosas de Córdoba vinculadas a lo que yo había visto, más allá de que la obra transcurra cuatro o cinco siglos antes. Pero esta ahí aprovechándose. De modo que eso no deja de estar. Cuando uno apela a un genio como Kafka, no hay dudas de que Kafka vivió gran parte de lo que cuenta en sus libros, el tema es que está todo tan elaborado por su genialidad, por su talento, que es difícil poder asociar una cosa con otra, pero está presente.


—Luego de La gesta del marrano usted cuenta que sufrió un período de infertilidad creativa...

—La gesta del marrano fue la obra más robusta que me atreví a encarar. Es un libro histórico sobre el que tuve que documentarme e informarme históricamente de un montón de características de esa época. Viajé a Perú para eso. El libro está lleno de detalles sobre la ropa, la comida, los medios de transporte, y eso le genera al lector una proximidad muy intensa. Cuando lo terminé no sabía bien para dónde ir, qué escribir. Siempre existe en el escritor una ambición desmesurada de querer superar con la nueva obra la anterior. Y eso es absurdo, puede darse o no. Hoy mismo cuando lo releo veo que están bien la tensión, las imágenes o los adjetivos elegidos, que quizás antes no me convencían. Y tiempo después me surgió la idea de escribir La matriz del infierno, y ahí seguí investigando, como para Los iluminados, que también investigué mucho. Para ese libro fui a visitar la frontera norte y vi en forma directa el tema del narcotráfico, algo que ahora es noticia cotidiana, pero en esa época parecía que no existía en Argentina.


—¿Cómo es el proceso de investigación? ¿Escribe o toma notas a medida que reportea, o primero investiga y luego pasa a la etapa de escritura?

—Depende. Hay obras para las que no tengo que investigar tanto. En cambio en otras la investigación me ayuda a ajustar el argumento. Al principio tengo una idea general, no muy detallada, y luego voy ajustando. No suelo tomar notas, sé que muchos escritores, por ejemplo Vargas Llosa, lo hacen. Yo en una época también lo hacía pero lo fui dejando porque me daba cuenta de que finalmente no las consultaba. Así que solo observo y voy armando todo dentro de mi cabeza, la historia se va estructurando allí. Algunos libros fueron más cortos, La cruz invertida por ejemplo fue un libro que escribí muy rápido, una excepción, y sin embargo tuvo un éxito brutal. Eso me demuestra que el éxito de un libro no siempre depende de la intensidad del esfuerzo.


—¿Hay algún libro del que se haya arrepentido de haberlo escrito?

—Cada libro que escribí lo hice con pasión y con ganas, de modo que no podría responder. Cuando hay un libro que no me gusta, que veo que no va, lo dejo. Intenté una vez escribir un libro sobre la colonización de los inmigrantes en Argentina, llegué a hacer alrededor de 200 páginas y luego rompí todo. No me gustó. Pero los que publiqué han sido todos producto de haberlos escrito con muchas ganas, y con esperanza de que eran buenas obras. Incluso los que hice en colaboración, por ejemplo con monseñor Laguna, libros que no dependían sólo de mí, pero que fueron conversados con sinceridad y espontaneidad y hasta nos divertíamos mientras discutíamos, estoy contento de haberlos escrito.


—Abre el libro con el recuerdo del llanto de su padre, y lo cierra con su propia emoción...

—Tanto a mis lectores como a mis amigos les causa sorpresa la cantidad de profesiones que tuve. Por eso me pareció necesario señalar algo, y es que hay otras profesiones que tenemos, que son muchas, y que quizás no las jerarquizamos como se deben: la profesión de padre, de hijo, de hermano, de tío. Son profesiones que hay que desarrollarlas bien, entonces destaco esto, que tenemos que aprender a valorarlas.


—¿Cómo fue equilibrar el cuidado de la familia con el recorrido de tantas profesiones y pasiones?

—Tuve el privilegio de que la madre de mis hijos fuera una madre ejemplar y una esposa maravillosa, que me apoyó todo el tiempo. Ella era una mujer muy lúdica: una bailarina extraordinaria, le gustaba la música, incluso tenía mejor oído que yo, me sorprendía cómo rápidamente tocaba cualquier pieza en el piano...Y al mismo tiempo nos dividíamos las tareas. Ella contribuía a que mi rol de padre funcionara, y eso fue creando una estructura familiar que tenía que seguirse. A mis cuatro hijos les va muy bien, es una relación que se ha cultivado. Hoy me doy cuenta de que desempeñé bien el rol de padre, sin necesidad de estar todo el tiempo con ellos, porque la cuestión fue haber podido brindarles horas de calidad.

Rosario Spina / Especial para Más

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