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Viernes 01 de Febrero de 2008

Víctimas de las víctimas

Montevideo y Necochea, tarde serena y calurosa de mediados de enero. Bajo de un taxi cuando escucho el grito. Agudo, angustiante. De mujer...

Montevideo y Necochea, tarde serena y calurosa de mediados de enero.
Bajo de un taxi cuando escucho el grito. Agudo, angustiante. De mujer.
Me doy vuelta en un segundo y veo que el 145 sale a toda velocidad de la esquina. El pensamiento es instantáneo: “la atropelló”. Los gritos siguen, cada vez más fuertes. Por la vereda, dos pibes pasan caminando. Y todo adquiere sentido de pronto. El tachero se da cuenta primero: nadie fue atropellado. Entonces los pibes empiezan a correr.
Son rápidos, pese a que usan ojotas. Pero no más rápidos que el rubio musculoso que aparece como salido de la nada y sin dudar un instante sale tras ellos, decidido. La chica, todavía en el piso, no deja de gritar. Y agarra la cartera con fuerza.
Los chicos se dispersan: uno sigue por el parque Urquiza rumbo al puente salvador, el otro gira a la izquierda por Chacabuco. Ese es al que el rubio elige. La secuencia tarda poco: lo alcanza en segundos y lo domina sin problemas. Son ochenta y cinco kilos de músculo macizo contra la frágil humanidad de un adolescente.
Lo tira al suelo, le dobla las manos contra la espalda, le tira del pelo teñido. El ladrón frustrado empieza a llorar.
No hay mucho más: llegará la policía, lo detendrán, horas más tarde un familiar irá a buscar al arrebatador, que no tiene más de 16 años, y lo llevará a la casa. Allí, tirado en la vereda, diciendo que él no quería hacerlo pero el amigo lo obligó, moqueando, pidiendo perdón, da mucha lástima. Más que dar lástima, duele.
No es tan sencillo, claro. Porque esa pobre víctima aplastada contra las baldosas sucias por el ocasional justiciero, aplaudido por los vecinos, pudo haberle hecho grave daño a la chica a quien intentó robarle la cartera. Inclusive, poniéndonos melodramáticos, la caída que provocó pudo acabar en un golpe fatal contra el cordón de la vereda.
No es tan sencillo. Uno se siente en el medio de los dos dolores, desesperado porque no encuentra solución a ninguno.
¿Tiene oportunidades ese chico? Es muy dudoso que así sea. Pero acaso tampoco las tenga su próxima víctima.
La víctima de la víctima.










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