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Lunes 11 de Febrero de 2008

Verdades incómodas

El sábado pasado vi de casualidad por Canal 7 el programa “El refugio de la cultura”, donde su conductor, Osvaldo Quiroga, le realizó una extensa entrevista al premio Nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel. Allí el dirigente argentino explicó, detalló y documentó cómo la Nunciatura y la cúpula de la Iglesia Católica argentina callaron y respaldaron la matanza...

El sábado pasado vi de casualidad por Canal 7 el programa “El refugio de la cultura”, donde su conductor, Osvaldo Quiroga, le realizó una extensa entrevista al premio Nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel. Allí el dirigente argentino explicó, detalló y documentó cómo la Nunciatura y la cúpula de la Iglesia Católica argentina callaron y respaldaron la matanza que desató la última dictadura militar. Y hasta en algunos casos colaboraron directamente, como quedó al desnudo recientemente en el juicio al cura Von Wernich, que fue condenado a cadena perpetua por siete homicidios y 34 casos de tortura, pero que aún no fue sancionado por el Vaticano ni perdió su condición de sacerdote.
Cada palabra de Esquivel (siempre medida y justa pese a que fue víctima en carne y hueso de la represión ilegal, pero contundente, ya que no suele generalizar sino que denuncia con nombre y apellido) era un mazazo demoledor contra la cúpula eclesiástica durante el régimen militar. Como cuando contó los pormenores de entrevistas que mantuvo con el Papa Juan Pablo II, con diálogos muy ásperos que hablan por sí solos.
“Un reportaje como el que vimos hoy es difícil que se difunda en otro canal de televisión abierta”, deslizó al final el conductor. Y tiene razón. Justamente mientras escuchaba la nota pensaba en cómo el poder (en su más amplia expresión) margina, relega, trata de acallar -conciente o inconscientemente- las voces críticas y los discursos que lo incomodan. Pérez Esquivel suele aparecer en los medios masivos, pero muy pocas veces se le realizan entrevistas de fondo como la del sábado pasado.
Hay discursos incómodos para quienes ostentan poder, qué duda cabe, porque cuestionan realidades establecidas o instituciones, porque desnudan lo que todos saben o sospechan, pero nadie dice públicamente.
Y ejemplos hay muchos otros: ¿o no incomoda a la corporación médica que salta como ofendida cuando se denuncia que profesionales de la salud cobran comisiones y beneficios varios por recetar determinados remedios o práctica médicas? ¿O no incomoda a la corporación judicial cuando alguien lanza una denuncia de cómo se digita el ingreso a Tribunales privilegiando a familiares y amigos? ¿O no incomoda al negocio del fútbol cuando se habla de los negociados que hay detrás, de cómo a veces se puede arreglar a un árbitro para que incline la cancha o intentar mejorar la performance deportiva de un club en los despachos de la AFA? ¿O no incomoda a la clase alta cuando se revela cómo evade impuestos, qué nivel de vida lleva, cuánto gasta en una cena, un traje o un par de zapatos, y se compara esa cifra con lo que cobra un jubilado o un empleado?
Son todas verdades incómodas, vergonzosas, que cada tanto salen a la luz pública y se ocultan rápidamente. Pero cuando aparecen son como una ráfaga de aire puro en medio de un ambiente viciado.

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