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Martes 06 de Enero de 2009

Verano del 42

Empezó un nuevo año y se nos va otro verano. Otro. Miro hacia atrás con inocultable melancolía. Para qué ocultarla. El paso del tiempo es el paso de mi alma. El paso de mi cuerpo sin tu cuerpo bajo los árboles amados de la ciudad donde vivimos. El paso del tiempo pasa sobre mí.

Empezó un nuevo año y se nos va otro verano. Otro.

Miro hacia atrás con inocultable melancolía. Para qué ocultarla. El paso del tiempo es el paso de mi alma. El paso de mi cuerpo sin tu cuerpo bajo los árboles amados de la ciudad donde vivimos. El paso del tiempo pasa sobre mí.

Hay un dato que refuerza la tristeza: hace poco murió Robert Mulligan. Usted, claro, tiene todo el derecho del mundo a decir: quién es Robert Mulligan.
Es (era) un director de cine. El de “Matar a un ruiseñor”, el de “Verano del 42”.

(Si usted dice “qué es Verano del 42” tiene a partir de ahora dos alternativas: o seguir leyendo o dejar de leer. Ojalá haga lo primero. Y si hace lo segundo, bueno, ya vendrá otro verano).

Ella era tan hermosa como el mejor de los sueños.

Ella era Jennifer O’Neill.

Sus ojos verdes y su silueta de junco en la brisa del crepúsculo eran capaces de enamorar hasta a una piedra. Lejos de ser una piedra, yo me enamoré de ella en alguna noche de 1980 en el Arteón. Han pasado 29 años.

Hace poco volví a ver la película. Y me volví a enamorar, claro.

No le quiero contar nada de la historia. La película es un clásico, o sea, esas películas que ya casi nadie ve. Si aparece en el cable, no se la pierda.

Lo mejor de la adolescencia está allí. La sensibilidad inmensa y delicada de un gran director que los imbéciles olvidan. Casi todos son imbéciles.

No se agregue a la lista. Hoy, sesenta y siete años más tarde, sumérjase en el lejano verano del 42.

Estamos en 2009.

Y no hemos aprendido nada.

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