Edición Impresa
Domingo 24 de Enero de 2016

Vándalo

Desde la ventana dominaba el contenedor de residuos y la dinámica que lo animaba.

Desde la ventana dominaba el contenedor de residuos y la dinámica que lo animaba. No solo los vecinos que, sumisos frente al contrato social, arrojaban en aquel vientre metálico sus bolsas panzudas de residuos, sino todo el ciclo vital que comprendía desde el proceso de llenado hasta el paso ruidoso del bufante camión que devoraba su heterogéneo contenido.

Aquella ceremonia lo conmocionaba particularmente, porque se trataba de un ritual que le recordaba a las bestias que devoran a sus crías o a los feligreses que se comen a su cristo. Después, las pinzas metálicas despedían al contenedor verde, y un empleado con guantes y la agilidad de un púgil, volvía a estacionarlo entre las rayas amarillas que le parecían la jaula en que ese animal de chapa quedaba encerrado mientras se reactivaba el ciclo.

Salvo razones de fuerza mayor: la visita de los nietos, alguna entrevista a los ceñudos referentes de la oposición en el TN, o una película, jamás se perdía aquel espectáculo de destreza mecánica aplicada a la limpieza y al civismo.

¿Se puede saber qué mirás tanto ahí afuera?, lo interrogaba su mujer cuando lo sorprendía en éxtasis: el cuerpo desparramado en el sofá, la mano frunciendo el borde de la cortina, su perfil anguloso junto al vidrio, como la ñata en la letra del tango. Y él, para no mentirle, le confesaba que estaba mirando cómo se llevaban la basura.

Era de noche, ya habían cenado, el diálogo casero hacía tiempo que había sido omitido de la rutina: no la perjudicaba, en absoluto, así que qué importancia tenía. Ella, un par de veces, se había cerciorado de que no le mentía y hasta había opinado, con tono de censura, que no encontraba actividad más estúpida e improductiva que aquélla.

Opiniones, gustos, había juzgado el viejo que, en sus reflexiones, tampoco le veía el encanto a los bordados que entretenían a su esposa, ni a completar crucigramas, ni a leer sobre el nuevo embarazo de Kate Middleton.

Él, por su parte, consciente de sus deberes, trasladaba su bolsita hasta el gran tacho, todos los días, entre las 19 y las 19.25. No analizaba el contenido. La cerraba con un doble nudo, en la cocina, y arrastrando los zapatos, sacaba los cerrojos de la puerta, salía a la vereda, cruzaba la calle y accionaba el mecanismo que abría la tapa para luego lanzar, o dejar caer, su misterioso paquetito.

Hasta entonces, jamás había averiguado lo que ocultaba el envoltorio de nylon, ni había observado qué ocurría dentro del contenedor en sus cotidianas visitas. Evidentemente, había sido una distracción, una negligencia mayúscula, como pudo comprobar una noche de agosto, bastante fría, al ver salir del interior del contenedor a un hombre desarrapado y sucio que, después de caminar torpemente, se perdió en la esquina. No era la primera vez que pasaba, la primera vez que sucedía algo semejante, pero en las otras ocasiones no había tenido la sensación de hallarse ante un fenómeno tan extraño como peligroso.

Minutos después, pasó el camión, a eso de las 22:35. Él quedó anonadado, confundido. Llegó a pensar, incluso, que debía andar fallándole la vista. Un hombre, sin dudas, un hombre había emergido del contenedor de la basura. Otro, mejor dicho, otro más, pero ninguno de los precedentes lo había estremecido tanto, con la certidumbre de estar delante de algo inadmisible.

Buscó explicaciones, explicárselo a sí mismo; ensayó en su mente algunas teorías. Y, ya en la cama, somnoliento, escuchando a un candidato a presidente decir: "El inexplicable crecimiento de la pobreza es obra del clientelismo, los subsidios y de que no hay políticas que valoren el trabajo", sintió la música del Eureka tintinenado en sus oídos. No, no es esa la causa: se equivoca, protestó como habrá hecho Giordano Bruno frente a la tozudez de los inquisidores. Su mujer lo retó porque no le dejaba escuchar al entrevistado —ese rostro maquillado, en primer plano, no podía disimular su aire terrible, de Drácula rubio, de ambición sin límites— y quiso saber si había tomado sus pastillas.

Tenemos que detenerlos, insistió él antes de que ella, dueña del control remoto, alzara el volumen hasta el clímax.

El alba, el despertar después del sueño beatífico, lo sorprendió con la idea concluida. Están ahí, en el vientre de los contenedores, alimentándose con los desechos que arrojamos. Y cuando crecen, cuando se sienten fuertes y maduros, emergen a la superficie de la ciudad, del país, para ocuparlo, conquistarlo y vivir de nuestros tributos. Al razonamiento solo le faltaba el moño para redondear su perfección científica. Y pasó la mañana, y la tarde, mascullando un plan de acción, barajando alternativas, imaginando aliados en las cuadras aledañas, alzando al barrio en armas contra la pobreza que los invadía.

Toda su vida había sido equilibrado y correctísimo, justo, bien pensante, ecuánime. Toda su vida, sin una grieta. Toda su vida, un modelo pero, claro, la permanencia es un precio que hay que pagar. El ejemplo, pensó; lo que es infalible es el ejemplo, se repitió mientras en una bolsa de consorcio, negra, ancha, iba echando bollos de Clarines de domingo viejos. El ejemplo es más elocuente que las arengas y las consignas de barricada, dijo solo para él, en el cuartito de los trastos, en el fondo de la casa, mientras vaciaba la botella de kerosén sobre las bochas de diarios.

Cumplida la tarea, recién entonces, salió de la casa con esa bolsa distinta de todas las precedentes, tan grande como hedionda y liviana, tan peligrosa como inexplicable para los sensatos. Previamente, quitó los cerrojos de la puerta, volvió a cerrarla, arrastró los zapatos por el asfalto y alzó la tapa del contenedor de chapa, justo a las 19.25, cuando ya había muerto otra tarde.

Quebrando el protocolo, miró el interior mientras soltaba su ligera carga. Vio o creyó ver un montón de ojos brillando entre los residuos que otros habían lanzado antes. Ojos, quizás humanos, o de alimañas, o serían solo tapitas de botellas, pedazos de aluminio, trozos de plástico. El ejemplo, balbuceó mientras raspaba el fósforo y, encendido, lo llevaba a la basura inflamable que había preparado. Apenas se expandió el fuego, trabó la boca del contenedor con una madera y retrocedió unos pasos.

Satisfecho, feliz, exultante, vio cómo brotaban las llamas de aquel infierno escondido que engendraba tantos males. Ya no saldrán, ya no volverán a alimentarse con nuestras sobras y a crecer para invadir la ciudad y el país, el mundo incluso. Eso era actuar, que lo supieran los que hablan en televisión tantas pavadas y se pongan, de una buena vez, a imitarlo.

Comentarios