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Domingo 03 de Noviembre de 2013

Vaca Muerta y el "presal": dos países y dos historias opuestas

Argentina y Brasil negociaron sus tesoros petroleros en condiciones muy diferentes; una desde la debilidad, el otro desde la fortaleza.

Argentina y Brasil negociaron recientemente grandes contratos en el área energética: Vaca Muerta y el campo Libra, el mayor del yacimiento "presal" brasileño. Los dos países son vecinos, miembros del G-20 y del Mercosur y tienen desde hace 10 años gobiernos de centroizquierda. Pero los parecidos terminan ahí, y los resultados son opuestos, sea en esos contratos como en sus políticas económicas. Lo que a su vez delinea futuros disímiles para sus líderes políticos y sus respectivos partidos.

El caso argentino es bastante conocido: después de sobreestimular durante años el consumo subsidiado de energía, lo que creó un fuerte déficit, Argentina expropió la YPF de Repsol. Ahora el jefe de la reestatizada petrolera firmó un contrato —en gran parte secreto— con la estadounidense Chevron para la explotación de Vaca Muerta. La operación es muy limitada: algo más de 1.200 millones de dólares en año y medio con opción a retirarse. Las cláusulas secretas, por ser tales, dan margen para suponer que deben ser agraviantes para el orgullo nacional. La condición desesperada de Argentina, no sólo en el plano energético sino también financiero y de divisas, parece tener mucho que ver con esta "entrega", para usar el vocabulario de la izquierda nacional. El país está "afuera de los mercados" (esto quiere decir que si quisiera financiarse como hacen sus vecinos debería pagar mucho más, lo que se refleja en su "riesgo país"), sufre la inflación más alta de la región, superada solamente por la Venezuela poschavista, y sus reservas caen sin cesar.

En Brasil, la licitación del campo Libra fue transparente y con competencia internacional. Las condiciones tan exigentes del nuevo régimen petrolero creado por Dilma Rousseff hicieron que sólo se presentara un consorcio. Además de la estatal Petrobras, que tendrá 40 por ciento de participación, están Shell y Total, con 20 por ciento cada una, y dos estatales chinas, CNPC y CNOOC, con 10 por ciento cada una. El nuevo régimen, llamado de reparto, ha recibido críticas por sus exigencias, pero el gobierno alega que así logró condiciones extraordinarias para Brasil. Además de la obligatoria participación mayoritaria de Petrobras se impuso un régimen de ganancias excepcional. Por encima del nivel de recuperación de la inversión el Estado se queda con casi 42 por ciento de la ganancia restante. Bajo el clima creado por las protestas de mediados de año, el gobierno anunció que el 75 por ciento de las regalías petroleras irán a educación y el 25 por ciento restante a salud.

Es claro que un país negoció su mayor yacimiento en condición de gran debilidad, y el otro desde una posición de fuerza y confianza interna y reconocimiento externo de esa fortaleza. Brasil siempre mantuvo una actitud firme pero amigable hacia la inversión privada extranjera. Junto a políticas económicas equilibradas, logró esta fortaleza que hoy le permite el "lujo" de ponerse muy exigente a la hora del licitar su mayor tesoro. Tiene espaldas: bastan ver sus reservas y el nivel de inversión extranjera directa que recibe, así como su fluido acceso a bajo interés a los mercados de deuda. Argentina, que ejerció en estos 10 años "K" una retórica nacionalista cada vez más encendida, debió aceptar ahora condiciones mucho más ventajosas para la multinacional petrolera, según parece indicar lo poco que se conoce del contrato y el hecho mismo de que no se conozca el resto. Brasil exige invertir 15.000 millones de entrada en campo Libra, antes de cualquier ganancia, y Argentina se debe conformar con una cifra mucho modesta y ofrecer una puerta de salida a los 18 meses. Contrastes tan agudos tienen como trasfondo una década de políticas con parecidos superficiales y diferencias sustanciales. Argentina, en la era K, fue acentuando su mala relación con los factores vitales de la economía capitalista global, al tiempo que ahondaba sus malas políticas económicas. A partir de fines de octubre de 2011, cuando se impuso el cepo cambiario y se fueron sumando limitaciones de todo tipo al movimiento de divisas, la mala relación con los mercados y los empresarios se extendió a las clases medias, como pudo comprobarse ahora en las urnas. El resultado es un gobierno debilitado, visto en el ámbito internacional como poco fiable o, aún peor, como presa fácil. Lula y Dilma hicieron todo lo contrario en términos políticos y económicos. Los resultados están a la vista en los contratos petroleros, pero también en el futuro político de cada uno: el kirchnerismo parece sentenciado, ahora sí, al fin de ciclo; Dilma se prepara para un "paseo" electoral en 2014 que dará al PT su cuarto período presidencial consecutivo. Ambos, kirchnerismo y PT, llegaron al poder casi al mismo tiempo. Lula asumió por primera vez el 1º de enero de 2003; apenas cinco meses después lo hacía Néstor Kirchner en Argentina.

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