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Domingo 19 de Septiembre de 2010

Uso y abuso de las palabras

Por estos tiempos de virulentos enfrentamientos políticos en la Argentina se percibe casi diariamente un abuso de las palabras por parte de la dirigencia y de muchos periodistas. Catalogar a funcionarios o políticos, oficialistas u opositores, de “fascista”, “nazi” o “dictador” con el sólo objetivo de descalificarlo es posible sólo tergiversando términos, ya que están muy lejos de describir con certeza la realidad política del país...  

Por estos tiempos de virulentos enfrentamientos políticos en la Argentina se percibe casi diariamente un abuso de las palabras por parte de la dirigencia y de muchos periodistas. Catalogar a funcionarios o políticos, oficialistas u opositores, de “fascista”, “nazi” o “dictador” con el sólo objetivo de descalificarlo es posible sólo tergiversando términos, ya que están muy lejos de describir con certeza la realidad política del país.

Sólo violando las palabras y la historia pueden llevar a alguien a decir que la presidenta Cristina Kirchner es “fascista”, que el ex mandatario Néstor Kirchner “se parece a Franco” o que Mauricio Macri es “nazi”. ¿Acaso los dirigentes y periodistas que utilizan estos términos no saben lo que fue el nazismo en Europa, no saben del exterminio de 6 millones de personas? ¿Qué similitud encuentran entre esa etapa de la historia y la actual realidad argentina? ¿Acaso no saben lo que significó el fascismo y el franquismo en Italia y España, respectivamente? ¿No saben del derramamiento de sangre, opresión, discriminación y exilios que significaron eso regímenes?

Si utilizan estas calificaciones para atacar a cualquiera de los principales dirigentes políticos del país, ¿qué palabra les queda en el léxico cuando tienen que referirse a los Videla, Astiz, Feced o Von Wernich?

Argentina vive desde el 10 de diciembre de 1983 en libertad, con aciertos y errores, marchas y contramarchas, presidentes buenos, regulares y pésimos, con políticas algo más respetuosas de las mayorías o que responden abiertamente a una minoría. Afortunadamente a los gobiernos y legisladores los eligen los ciudadanos, y hay reglas de juego democráticas para dirimir las disputas políticas.

Un gobierno o una oposición me pueden gustar más o menos, pero a la hora de criticar tengo que ser respetuoso de los términos. No porque grite más fuerte o porque acuse a mi adversario político infundadamente de lo peor la razón va a estar de mi lado.

 

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