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Domingo 23 de Junio de 2013

Unidos y desconcertados

Los políticos argentinos, en estas horas, no se unen ni por amor ni por espanto. En todo caso, parece haber imperado el miedo y el desconcierto.

Los políticos argentinos, en estas horas, no se unen ni por amor ni por espanto. En todo caso, parece haber imperado el miedo y el desconcierto. Cristina Fernández de Kirchner decidió desde hace tiempo,  y en especial con el innecesario discurso del día de la Bandera en el Monumento,  que su modo de gobernar esta coyuntura  es redoblar su intransigencia y profundizar las divisiones entre adeptos y destituyentes. Mónica Fein tampoco tenía necesidad de hacer en ese acto patrio una rendición de cuentas municipal socialista, más propia de la apertura de sesiones del Concejo. En la primera mandataria, fue innecesario omitir el jueves toda reseña histórica que propiciase un punto en común ciudadano y fue virulento escucharla atropellar verbalmente la división de poderes, la más elemental noción de control de constitucionalidad, so pretexto de que la enojaba un fallo que “osó” desconocer un puñado de artículos sobre 6 leyes aprobadas por el Congreso.

El argumento de la legitimidad popular de ella y de diputados y senadores nacionales para que una Corte no pueda controlar si lo sancionado se adecua o no a la Constitución, linda con un discurso de concepción  autoritaria. Raro en una mujer de derecho que junto con su esposo presidente propiciaron el enorme acierto democrático de renovar la Suprema Corte de la mayoría automática de los 90 con jueces íntegros. Paradójico en una funcionaria que supo vetar (amparada por la Constitución, también es cierto) la decisión de legisladores votados en las urnas que pensaron en el justísimo 82 por ciento móvil para los jubilados. ¿Vetar es desconocer la voluntad popular de los representantes del pueblo? Será anacrónico ese recurso pero está en la Carta Magna y merece respeto. ¿Que una jueza y casi el pleno de la Corte achaque de inconstitucionalidad el modo de elegir a los selectores de magistrados es ilegítimo, aristocrático y corporativo? Tampoco, aunque nazca de un poder del estado (que gobierna, ya se dijo en esta misma columna, le guste a quien le guste) que merece ser revisado en muchos de sus aspectos de transparencia, publicidad de sus actos de gobierno y tantos otros tópicos.  Aristocrático –si no autocrático- es reclamar que sólo se haga desde el poder público lo que un sector desea sin control.

La democracia para la presidente es una reducida dialéctica hegeliana en donde su idea se contrapone sin margen de diálogo a la opuesta. Pero a diferencia del filósofo alemán que pensó la historia de la humanidad unos años antes del período más oscuro de su país, la síntesis de ese choque no admite ninguna concesión al contrario. La guerra de ideas sólo admite vencedores de un lado, vencidos humillados del otro. Y eso genera miedo. No físico pero sí por la calidad de la convivencia que se desprende de ese pensar. Valdría la pena recordar que tampoco las urnas conceden el monopolio de la interpretación de lo que es el miedo. Contraponer (otra vez la dialéctica que no respeta la más elemental norma del silogismo) el miedo de las desapariciones de la dictadura con el temor por las palabras que se pronuncian en democracia es obtuso e interesado.  Que un presidente, el de la “re re” que creía que el Estado era él o el que sea, desprecie  a sus legales y necesarios controladores de cualquier república, genera angustia por la calidad institucional.

Desconcertados. Las listas del oficialismo para candidatos que competirán en las primarias de agosto se decidieron por el dedo presidencial. En todos y cada uno de los distritos. Ya se sabe que el peronismo ejerce su autoridad con verticalismo parido por su creador. Pero no deja de sorprender que el lema hecho público por el super ministro real de la seguridad argentina Sergio Berni -“la presidente decide, nosotros acatamos”-  tenga tanta obediencia en hombres que declaman peso propio en la política. La “corporación FPV” no luce muy abierta y transparente, por cierto. Jorge Obeid es sólo un ejemplo que espeja la realidad nacional. De crítico furibundo al modo de ejercer el poder del propio Néstor Kirchner cuando él era gobernador de Santa Fe, pasó a manso representante de Cristina ungido en las alturas de un helicóptero que testimonia edificios altos de la década ganada. El resto de la lista se compone de dirigentes con verdadero y sincero convencimiento kirchnerista y dirigentes que provienen de los derechos humanos, reivindicados por este gobierno. La pregunta es si con eso se traccionarán votos. Hay dudas. Otros gobernadores con deseo presidencial, se inclinaron ante la lapicera de Olivos. Capitanich, Gioja, Urtubey y siguen las firmas.

El desconcierto, ahora sí,  habita en la vereda de enfrente al kirchnerismo. Al menos, a nivel nacional. Sergio Massa (“se cree un peroncito”, lanzó con originalidad Hugo Moyano) coqueteó de forma demasiado exagerada su independencia sin sacar los dos pies del plato. Habrá que ver si le rinde frutos su decisión. Francisco de Narváez no ocultó su desprecio por Mauricio Macri que, a su vez, hizo todo lo posible para desprestigiar al “colorado”. El radicalismo no apoya la fórmula bonaerense Stolbitzer-Alfonsín y las fuerzas de Pino Solanas y Elisa Carrió ni se hablan con sus líderes. Lavagna sobreactuó el deseo de un respeto casi reverencial y chocó con todos. ¿Y el peronismo federal? ¿Cuál era? Otra vez resulta ganancioso Hermes Binner que contó con el acompañamiento (¿obediencia?) de sus socios santafesinos en el Frente  y presentó su lista sin recurrir al corrector o a los tachones.

En realidad la pregunta ante estas elecciones decisivas debería ser por un verdadero programa de los que no son K ante una eventual alternancia. El lúcido  analista Jorge Giacobe fue terminante cuando dijo que mucha oposición está más cómoda en el papel de la crítica que en los zapatos de las decisiones concretas. Mientras ellos juegan a sus mezquinas internas, Cristina saca cuentas para el 2015. Porque la reelección, para ella, es un sueño eterno.

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