Edición Impresa
Domingo 19 de Abril de 2015

Una voz perdurable

Eduardo Galeano murió el lunes pasado, a los 74 años. La desaparición del escritor uruguayo caló hondo en la Argentina y en Rosario, donde era muy leído y también muy querido.

Eduardo Galeano murió el lunes pasado, a los 74 años. La desaparición del escritor uruguayo caló hondo en la Argentina y en Rosario, donde era muy leído y también muy querido. Con su palabra sencilla y cálida, dura o hasta implacable en ocasiones, marcó a varias generaciones de lectores que encontraron en sus libros una respuesta siempre cercana a una realidad incierta. Se lo podrá objetar, incluso combatir, pero nunca se podrá negar la proximidad que su obra logró con el público. Desde Las venas abiertas de América latina hasta Mujeres, que Siglo XXI publicará en mayo próximo y del cual en esta edición de Más se entrega un adelanto, Galeano supo tocar las fibras más íntimas de la gente. A principios de los años setenta, sus textos fueron bandera en la lucha revolucionaria. Más tarde, suavizadas sus aristas políticas, supo estar siempre del lado de los más humildes o débiles, instalarse invariablemente en el lugar de los que sufren. Lo que sigue es otro reflejo más del talento y la humanidad de un escritor que no será olvidado.

Diabluras

Venus apareció, una mañana,
en la ciudad de Siena.
La encontraron echada, desnuda, al sol.
La ciudad rindió honores a esta diosa de mármol, enterrada en tiempos del imperio romano, que había tenido la gentileza de surgir desde el fondo de la tierra.
Se le ofreció por residencia la cabecera de la fuente principal.
Nadie se cansaba de verla, todos querían tocarla.
Pero poco después llegaron la guerra y sus espantos, y Siena fue atacada y saqueada. Y en su sesión del 7 de noviembre de 1357, el Concejo Municipal decidió que Venus tenía la culpa. Por castigo del pecado de idolatría, Dios había enviado esa desgracia. Y el Concejo mandó destrozar a Venus, que invitaba a la lujuria, y dispuso que sus pedacitos fueran enterrados en la odiada ciudad de Florencia.
En Florencia, ciento treinta años después, otra Venus nació, de la mano de Sandro Botticelli. El artista la pintó mientras ella brotaba de la espuma, sin más ropa que la piel.
Y una década más tarde, cuando el monje Savonarola alzó su gran fogata de purificación, dicen que dicen que Botticelli, arrepentido de los pecados de sus pinceles, alimentó las llamas con algunas diabluras por él pintadas en sus años juveniles.
Con Venus, no pudo.

Desalmadas

 —La bicicleta ha hecho más que nada y más que nadie por la emancipación de las mujeres en el mundo –decía Susan Anthony.
Y decía su compañera de lucha, Elizabeth Stanton:
—Las mujeres viajamos, pedaleando, hacia el derecho de voto.
Algunos médicos, como Philippe Tisié, advertían que la bicicleta podía provocar aborto y esterilidad, y otros colegas aseguraban que este indecente instrumento inducía a la depravación, porque daba placer a las mujeres que frotaban sus partes
íntimas contra el asiento.
La verdad es que, por culpa de la bicicleta, las mujeres se movían por su cuenta, desertaban del hogar y disfrutaban el peligroso gustito de la libertad. Y por culpa de la bicicleta, el opresivo corsé, que impedía pedalear, salía del ropero y se iba al museo.

Celebración de la realidad

Aristóteles sabía lo que decía:
—La hembra es como un macho deforme. Le falta un elemento esencial: el alma.
Las artes plásticas eran reinos prohibidos a los seres sin alma.
En el siglo dieciséis, había en Bolonia quinientos veinticuatro pintores y una pintora.
En el siglo diecisiete, en la Academia de París había cuatrocientos treinta y cinco pintores y quince pintoras, todas esposas o hijas de los pintores.
En el siglo diecinueve, Suzanne Valadon fue verdulera, acróbata de circo y modelo de Toulouse-Lautrec. Usaba corsés hechos de zanahorias y compartía su estudio con una cabra. A nadie sorprendió que ella fuera la primera artista que se atrevió a pintar
hombres desnudos. Tenía que ser una chiflada.
Erasmo de Rotterdam sabía lo que decía:
—Una mujer es siempre mujer, es decir: loca.

Día de la lactancia materna

Si la tía de Dámaso Murúa hubiera contado su historia a García Márquez, quizá la Crónica de una muerte anunciada habría tenido otro final.
Susana Contreras, que así se llama la tía de Dámaso, tuvo en sus buenos tiempos el culo más incendiario
de cuantos se hayan visto llamear en el pueblo de Escuinapa y en todas las comarcas del golfo de California.
Hace muchos años, Susana se casó con uno de los numerosos galanes que sucumbieron a sus meneos. En la noche de bodas, el marido descubrió que ella no era virgen. Entonces se desprendió de la ardiente Susana como si contagiara la peste, dio un portazo y se marchó para siempre.
El despechado se metió a beber en las cantinas, donde los invitados de su fiesta estaban siguiendo la juerga. Abrazado a sus amigotes, él se puso
a mascullar rencores y a proferir amenazas, pero nadie se tomaba en serio su tormento cruel. Con benevolencia lo escuchaban, mientras él se tragaba
a lo macho las lágrimas que a borbotones pujaban por salir, pero después le decían que chocolate por la noticia, que claro que Susana no era virgen, que todo el pueblo lo sabía menos él, y que al fin y al cabo ése era un detalle que no tenía la menor importancia, y que no seas pendejo, mano, que nomás se vive una vez. Él insistía, y en lugar de gestos de solidaridad recibía bostezos.
Y así fue avanzando la noche, a los tumbos, en triste bebedera cada vez más solitaria, hacia el amanecer. Uno tras otro, los invitados se fueron yendo a dormir. El alba encontró al ofendido sentado en la calle, completamente solo y bastante fatigado de
tanto quejarse sin que nadie le llevara el apunte.
Ya el hombre estaba aburriéndose de su propia tragedia, y las primeras luces le desvanecieron las ganas de sufrir y de vengarse. A media mañana se dio un buen baño y se tomó un café bien caliente y al mediodía volvió, arrepentido, a los brazos de la repudiada.
Volvió desfilando, a paso de gran ceremonia, desde la otra punta de la calle principal. Iba cargando un enorme ramo de rosas, y encabezaba una larga procesión de amigos, parientes y público en general. La orquesta de serenatas cerraba la marcha. La orquesta sonaba a todo dar, tocando para Susana, a modo de desagravio, Negra consentida y Vereda tropical. Con esas musiquitas, tiempo atrás, él se le había declarado.

Espíame

Bajo el techo ondulado
de la estación de Chengdu, en Sichuan, centenares
de jóvenes chinas sonríen para la foto.
Todas lucen idénticos delantales nuevos.
Están todas recién peinadas, lavadas, planchadas.
Están todas recién paridas.
Esperan el tren que las llevará a Pekín.
En Pekín, todas darán de mamar a bebés ajenos.
Estas vacas lecheras serán bien pagadas y bien alimentadas.
Mientras tanto, muy lejos de Pekín, en las aldeas de Sichuan, sus bebés serán amamantados con leche en polvo.
Todas dicen que lo hacen por ellos, para pagarles una buena educación.

El festejo que no fue

En 1876, nació Mata Hari.
Suntuosos lechos fueron sus campos de batalla en la primera guerra mundial. Altos jefes militares y políticos de mucho poder sucumbieron al encanto de sus armas, y le confiaron secretos que ella vendía a Francia, Alemania o a quien mejor le pagara.
En 1917, fue condenada a muerte.
La espía más deseada del mundo lanzó besos de adiós al pelotón de fusilamiento.
Ocho de los doce soldados erraron el tiro.

Los peones de los campos de la Patagonia argentina se habían alzado en huelga, contra los salarios cortísimos y las jornadas larguísimas, y el ejército se ocupó de restablecer el orden.
Fusilar cansa. En esta noche del 17 de febrero de 1922, los soldados, exhaustos de tanto matar, fueron al prostíbulo del puerto San Julián, a recibir su
merecida recompensa.
Pero las cinco mujeres que allí trabajaban les cerraron la puerta en las narices y los corrieron al grito de asesinos, asesinos, fuera de aquí…
Osvaldo Bayer ha guardado sus nombres. Ellas se llamaban Consuelo García, Ángela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache y Maud Foster.
Las putas. Las dignas.

 

 

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