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Domingo 27 de Septiembre de 2015

Una tarde fría de varios años

En Las aguas cárdenas, el último título de la colección Ciudad y Orilla de la editorial Homo Sapiens, Roberto Retamoso relata la trágica muerte de un militante como excusa para volver sobre los oscuros años de la última dictadura cívico-militar, e invitando también a discutir los matices del presente.

En los Cuentos del ártico, Jack London alcanza con Encender una hoguera uno de los episodios más deslumbrantes de la literatura. La fortaleza de ese cuento está en la forma en que London logra empujar al lector hacia adentro del texto, a esa región inhóspita, y le hace sentir en la piel el frío que jamás antes había conocido y la desesperación por evitarlo. La sensación es la de estar sentados en el sofá con el libro en la mano, pero en medio del bosque ártico, con las manos y los pies congelados, avistando la muerte. La mortalidad y el frío como metáfora de aquélla transitan el relato y nos llevan en sus brazos, sin chance de resistencia. Algo parecido sucede con aquel hombre que sufre el invierno londinense, entre vidrieras y bares de una ciudad gris y pesarosa, en Muchacha punk. Un clima frío que sugerirá al lector el regreso a los años de la dictadura, y que luego se confirmará: “Yo jamás me acosté con una muchacha punk. Peor: yo jamás vi muchachas punk, ni estuve en Londres, ni me fueron franqueadas las puertas de residencias tan distinguidas. Puedo probarlo: desde marzo de 1976 no he vuelto a hacer el amor con otras personas. (Ella se fue, se fue a la quinta, nunca volvió, jamás volvió a llamarme. La franquean otros hombres, otros. Nos ha olvidado; creo que me ha olvidado)”.
Las aguas cárdenas, la novela de Roberto Retamoso (Rosario, 1947), tiene otras virtudes, pero no serían precisas sino fuera por esa extensa tarde de otoño que no cesa hasta la última página, como si en aquel día de mayo —la fecha fatídica— se hubiera detenido el tiempo, o al menos frenado el devenir de las estaciones: “Se siente frío ese atardecer de mayo en Rosario. Algunas personas cruzan la esquina, otras caminan hacia el centro, y unas pocas en dirección al río. La mayoría camina silenciosamente, sin mirar los costados, como si tuviese la vista clavada sobre el piso o sobre algún lugar recóndito de la memoria donde yace un recuerdo”.
Quizá sea la traición de la memoria sobre los restos de la ficción, y viceversa, pero ocurre lo mismo con el 24 de marzo, noches frías que se extendieron durante seis años, como si la metáfora trillada de la noche eterna deviniera real por insistencia, como los deseos y las pesadillas que, también por insistentes, se vuelven recuerdos. En la novela de Retamoso pareciera no haber sol ni calor, aunque a veces se los nombre. Esa misma referencia sensorial del frío es la que prefigura la muerte, insensata e injusta, de un militante trotskista alrededor del cual gira una historia común a varias mujeres y hombres de aquellos años. Esa historia recordada por Fernando también evocará los años de la represión en la que vivía con el compromiso militante que caracterizó a los jóvenes de entonces (esa elección de vida que paradójicamente los ponía al borde de la muerte), y el miedo y angustia por la marea de dolor que se cernía sobre ellos. Esos pasajes servirán también para hacer un recorrido por la historia más fina de la política rosarina de los 70, recobrando viejas voces que sonaban en los claustros, Cooke, Fanon, Ho Chi Minh, la génesis de organizaciones que fueron mucho más que una sigla, como el Frente Estudiantil Nacional o el PRT.
En otra dimensión, acaso el presente del lector, Fernando adulto trata de recuperar la historia de aquel militante asesinado —el Mono Pepe—, incómodo por la culpa de haber sobrevivido e interpelando los resabios de un nuevo siglo argentino que por supuesto no fue ajeno a la caída del muro, ni al triste vaticinio del fin de la historia, ni al neoliberalismo, ni a las consecuencias de todo esto en la carne de su oficio: la literatura; cosas que todo militante detesta por naturaleza.
Porque justamente el autor elige ese pasado para poder discutir el presente. Si algo ha traído la posmodernidad a la literatura es ese cinismo cómodo que esconde el despojo, la falta de compromiso con el propio tiempo y lo que se debe hacer con los nubarrones que siempre parece traer el futuro. Quizá sean otras motivaciones las que llevaron al autor a contar esta historia, la de Fernando y el Mono Pepe, pero eso ya no importa, ya no le pertenece. Las aguas cárdenas, con sus frías olas marrones, traen a estos personajes desde los setenta para que el contraste con este milenio sea más fuerte.  
Es fácil escribir hoy sobre la dictadura, lo difícil es escribir algo nuevo. Si vamos a nuestra ficción, pareciera que escritores y cineastas insisten en reproducir una mirada demasiado correcta, sin deseo de incomodar ni interpelar. Ni siquiera las recientes y sobrevaluadas La casa de los conejos de Laura Alcoba, e Infancia clandestina de Benjamín Ávila, torcieron el rumbo. Sólo recuerdo una excepción: Andrés no quiere dormir la siesta, de Daniel Bustamante, donde un niño ve sin comprender los movimientos de un centro clandestino que está frente a su casa. Las aguas cárdenas aporta novedades y aciertos. Principalmente, el relato de una muerte sin heroicidad. Un militante no está condicionado ni motivado por la muerte. Estar más cerca o más lejos de ella tampoco es algo que tenga que ver con sus elecciones. Porque ante todo, un militante ha elegido vivir, ha elegido como motor de lucha la pulsión de la vida, y como objeto de esa lucha, la vida de los demás. En todo caso, cuando se abalanza la muerte sobre ellos es porque otros la han elegido como paradigma. La novela marca allí una enorme y sana distancia entre esos personajes épicos —y por cierto absurdos—, o peor aún, deliberadamente simples y resueltos frente a la muerte, y aquellos que sencillamente habían elegido cambiar las cosas en una época marcada  por el odio y la intolerancia.
Escrita con la riqueza formal a la que nos tiene acostumbrados Retamoso en su obra poética, Las aguas cárdenas es una novela que hace una diferencia, que provoca, que rememora, que pone frente al abismo a los estereotipos. Y como si fuera poco, con un estilo que por momentos nos arrastra a esas horas en las que no se puede frenar la lectura. 

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