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Lunes 28 de Diciembre de 2015

Una sociedad de hermanos artistas

Dicen que las serendipias son esos hallazgos inesperados cuando se anda buscando cualquier otra cosa. Los artistas Adrián y Sebastián Villar Rojas creen en esas casualidades.

Un hombre llega desde Lima a Buenos
Aires en 1975 para estudiar
psicología. Una vez en esa ciudad
se entera que la inscripción cerró y
debe esperar un año para comenzar
la carrera. Alguien de su confianza le
sugiere ir a probar a Rosario donde
todavía hay tiempo de inscribirse y
empezar a estudiar. El hombre sabe
poco o nada de esa ciudad pero sigue
el consejo. Una vez ahí conoce a una
mujer, se enamora, se casa y tienen
dos hijos.
Dicen que las serendipias son esos
hallazgos inesperados cuando se
anda buscando cualquier otra cosa.
Los artistas Adrián y Sebastián Villar
Rojas creen en esas casualidades. Saben
escuchar esas coincidencias de
las que todos, en un punto, solemos
ser víctimas y consideran que una de
ellas hizo que estén en el mundo.
Hijos de padre peruano católico
(Luis) y madre argentina judía (Silvia)
nacieron en Rosario en la década del
80. Se llevan sólo catorce meses y recuerdan
que con tan poca diferencia
su mamá los crió casi como a un par
de gemelos.
Aunque no les gusta encasillarse en
ningún campo, los dos se dedicaron
al arte, uno a la plástica, otro al teatro.
Adrián estudió bellas artes en la Universidad
Nacional de Rosario (UNR).
En 2011 su obra se destacó al llegar a
la Bienal de Venecia y hoy es el artista
argentino con mayor proyección internacional.
Sebastián —que primero estudió
Ciencia Política en la UNR— es
dramaturgo y director de teatro.
Pasaron su infancia en la casa familiar
de calle Zeballos entre España
e Italia. Como el espacio no era mucho
había que inventar juegos que se
pudieran desarrollar en ese departamento
o en el pasillo de la entrada.
Parte de una generación que tomaba
la merienda con Robotech, Mazinger
Z, Los Transformers y Los Centuriones,
reconocen ahí el comienzo de
un estado de colaboración permanente
entre los dos que se sostiene
hasta ahora. Esa sociedad artística
y de hermanos que comenzó en el
escritorio que compartían de chicos
donde Adrián hacía dibujitos de los
personajes de esa época y Sebastián
los llenaba de contenido para actuarlos
continúa por estos días.
“Sebastián es desde Rosario una
interfaz editorial de mi persona escrita”,
resume Adrián y agrega: “No ha
cambiado nada. Como cuando tuve
que presentar un texto en el año 2003
para la convocatoria de Currículum
Cero de la galería Ruth Benzacar y le
pedí ayuda a Sebastián porque era,
de alguna manera, el escritor de la
familia. Hoy día si tengo que armar
un libro para la Serpentine Gallery de
Londres, Sebastián reescribe o corrige,
entrevista, edita o genera narraciones
conmigo. No cambió mucho”.
La dinámica cotidiana de trabajo
es más o menos así: Sebastián recibe
en su teléfono celular las entrevistas,
las guarda, copia y pega pregunta por
pregunta y las comparte con Adrián
por mensajería instantánea. Entre los
dos responden y en algunos casos eligen
trabajarla en formato de diálogo.
Luego Sebastián copia la entrevista
en un mail, se la autoenvía, la pasa a
la computadora y el intercambio que
tuvieron a través del chat va a parar
a un Word que él empieza a editar.
“Soy como una encarnación de
Adrián, hay algo de la actuación, de
lo performático en todo esto”, cuenta
Sebastián y agrega: “Sucede en cualquier
momento. Lo interesante del
soporte tecnológico es que ocurre y
yo no estoy en una oficina, estoy en
cualquier lugar, en un ensayo, en el
teatro, en la calle y eso también interviene
en el proceso de pensamiento”.
Obsesivos a más no poder, meticulosos,
detallistas, amantes de la
estética pero también del riesgo y lo
prohibido, los hermanos se reconocen
hoy, mirando en retrospectiva, en esa
dupla que componía ya de niños todo
un sistema de narración visual. Tanto
se complementan en esa posibilidad
de ser uno la parte del otro que en la
adolescencia, mientras Sebastián estudiaba
en el Superior de Comercio,
Adrián lo hacía en el Politécnico.
De grandes se ríen cómplices al recordar
que de niños le agregaban plastilina
a los muñecos Playmobil porque
siempre necesitaban de un recurso
extra para intervenirlos y transformarlos.
“Era un desafío para nosotros
aceptar que eso se iba a dañar. Había
que asumir una suerte de duelo, porque
para un niño mantener la pureza
del juguete tiene cierto valor”, explica
Sebastián. Y claro, también era un desafío
a la maternidad/paternidad que
pese a todo siempre los dejó ser.
—Qué recuerdos tienen de su
infancia en Rosario y de cómo
de niños se conectaban con lo
que hacen hoy?
—Adrián: No tengo recuerdo de
un momento en que no hiciera algo
que esté de alguna manera vinculado
a lo que hago hoy. Aunque suene cursi
no tengo un recuerdo mío donde no
estuviera con un papel haciendo algo,
rayas, marcas, líneas. Mi mamá era
una madre muy joven, nos tuvo a los
21 o 22 años. Estudiaba medicina, no
tenía niñera, su madre había muerto
hacía poco tiempo. Entre desesperada
e inspirada, al bebé que tenía al
lado lo puso a dibujar. No es tanto el
que quisiera ser dibujante, sino que
había algo en el registro del cuerpo,
algo de esa información queriendo
ser pintor. De chiquito tenía la fantasía
del pintor. Me volví adolescente
y descubrí a Batman, los X-Men y
entonces quise hacer historietas.
Luego me volví posadolescente
y empecé
la Facultad de Bellas
Artes y eso fue todo un
cambio epistemológico
para mí. Cursé los
cinco años de la carrera
y fui increíblemente
afortunado de encontrar
no solamente excelentes
profesores y
un momento muy particular
de la facultad.
Era a fines de los años
90, momentos en que
se empezaba a armar
el Macro, la entrada de
Fernando Farina y Roberto
Echen en el Museo Castagnino,
la constitución de lo que sea que se
pudiera llamar arte contemporáneo
rosarino, que fue un cambio de 180
grados absoluto, como si pasáramos
del Medioevo al Renacimiento. En
la facultad conocí a docentes como
Claudia del Río, Hugo Cava, Norma
Rojas. O Román Vitalli y Leo Batistelli,
que eran una generación más joven
no de docentes, pero que me tocó
muchísimo. También una gran compañera,
gran pensadora de mi trabajo,
que es Mariana Tellería. Toda esa
gente me educó y me formó. Todo
ese transcurso con mi hermano fueron
y son zonas de influencia siempre
presentes.
—Sebastián: Recuerdo lo que
podría haber sido la primera metáfora,
que elaboré cuando tenía sólo tres
años. Fue para poner una excusa porque
estaba llorando y no quería entrar
al jardín al que íbamos (Garabatos) en
Italia entre Mendoza y 3 de Febrero.
Sentí mucha vergüenza, por haber
estado llorando y les dije a mis compañeros
que me habían caído gotas
de lluvia en los ojos. Esa fue la primera
metáfora y no me la olvidé jamás.
Será que me acordaré porque estaba
buena y la guardé. Desde que aprendí
a escribir muy precariamente a los
siete años, ya empezaba a escribir literatura
aunque con muchos errores.
Me interesa salir de los compartimentos
estancos, romper los campos, no
es ni teatro ni literatura, sino cosas
que empiezan antes de la capacidad
de escribir o de pintar, más en el desarrollo
creativo. Con los dibujitos nos
pasaba que siempre Mickey estaba
vestido igual y no había variación. Y
los personajes que nos gustaban a
nosotros eran tipos que estaban en
constante transformación, cambio, la
mutación de las cosas. Entonces agarrábamos
los Playmobil y si bien eran
estáticos les agregábamos plastilina,
porque no alcanzaban a satisfacer la
necesidad de cambio. La plastilina,
un elemento que cobra formas, es
elástica, y ahí ya hay
narración visual, 3D o
4D, que es teatro y es
instalación.
—Adrián: Siempre
fuimos seres obsesivos.
Nuestros padres
también lo eran
y tenían empatía con
nuestra búsqueda.
Siempre buscando el
suplemento, qué era lo
que podía suplir o servir
de suplemento en
una Rosario, la de los
80, que tenía muchas
limitaciones. Mis papás
fueron y son esos socios. Mi principal
influencia son mis padres y en
los últimos tiempos he hablado mucho
de ellos en las entrevistas porque
me vuelvo más anecdotista. Recurro
a anécdotas antes que construir parábolas
conceptuales, cuando escribimos
y pensamos las respuestas opero
de otra forma. Amamos a Duchamp
pero la forma en la que opero y me
muevo en mi práctica está basada en
mi familia, en su forma de vivir. Desplacé
la forma en que dos personas
se conocieron e hicieron una familia
en lo social o antropológico, a una
persona que se mueve por el mundo
y genera estas masas de cosas y experiencias.

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