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Sábado 14 de Noviembre de 2015

Una promoción del Poli que se reúne desde hace 50 años

Son los egresados de 1965 como técnicos químicos. “Seguimos compartieno lo bueno y mucho que nos dejó esta escuela”, afirman.

“Somos un grupo de viejos que se ha reunido durante los últimos 50 años, como mínimo dos veces al año para seguir compartiendo lo mucho y bueno que esta escuela nos dejó”. Así se presenta la promoción 1965 de técnicos químicos. Aunque algunos ya no están, otros vivan en el exterior o en otras ciudades, o se hayan separado del grupo, lo cierto es que diecisiete hombres de casi setenta años dieron el presente el pasado sábado a las 9.30 para descubrir la placa en conmemoración a los cincuenta años de egresados de la ex Escuela Industrial Superior de la Nación General José de San Martín (Eisn), actual Instituto Politécnico Superior (IPS). Vestidos con saco y corbata, se encontraron en la esquina de Ayacucho y Pellegrini, y mientras se saludaban emocionados y se disponían para las fotos, no pasaron inadvertidos para quienes transitaban por el lugar.
  Acompañados por la vicedirectora de la institución, Mónica Bolatti y Miguel Angel Scavuzzo, profesor de este grupo de ex alumnos, ingresaron al establecimiento Osvaldo Manuel Acevedo; Juan Carlos Aldasoro; Alberto Blasco; Rubén Caminos; Héctor B. Carrozzo; Alberto Cristofolini; Adrián Diez; Luis Ferro; Roberto Linchenco; Roberto Martos; Alberto J. Mattioda; Miguel Minacori; Julio Mortarotti; Rubén Philipp; Rubén J. Salinas; Francisco Rubén Sánchez, y Raúl Temiño.
  “Gracias por enseñarnos a pensar”, dice la placa que descubrieron en el hall de ingreso los técnicos químicos Nacionales egresados 1965, en homenaje y agradecimiento a las autoridades y a todo el cuerpo de profesores de la época, en especial al director Arquímedes Bolis y al jefe de departamento de química Arturo Burlé. Para celebrar este aniversario también participarán del acto de colación de los egresados 2015, la primera promoción de 6 años que se gradúa nuevamente en el Politécnico.
  “Ustedes representan el prestigio, la sabiduría y el entusiasmo, y todos aquellos valores que nosotros queremos conservar en la institución, aunque tengamos que renovar y mejorar ciertas cosas”. Con estas palabras la vicedirectora recibió al grupo de ex alumnos para continuar luego con las actividades planeadas durante el encuentro. “Aunque podamos discernir, y tener distintas ideas, lo más importante continúa siendo el sentido de pertenencia hacia la institución”, agregó Scavuzzo.
  Dispuestos a escuchar la clase magistral que este querido profesor dirigiría a la promoción del año1965, se sentaron en los bancos de la Sala Mariano Moreno, antigua sala de preceptores, y por un rato se sintieron estudiantes, esta vez con la experiencia y la sabiduría de un largo camino recorrido pero con la lucidez y la frescura para apuntar cada detalle e historia compartida. Contaron algunas anécdotas, recordaron a varios profesores y clamaron con orgullo la educación recibida, que aseguran se parece muy poco a la de sus nietos. El entusiasmo y la emoción de estar reunidos otra vez en esta escuela hacían que todos quisieran hablar al mismo tiempo, y casi no quedara tiempo para las palabras del profesor. Luego recorrieron el colegio, en especial los talleres y el sector de laboratorios, un momento esperado sobre todo para aquellos que no habían vuelto a ingresar al establecimiento.

Reencuentro. “A varios compañeros tuve que preguntarle «¿Quién sos?» porque no los reconocía”, dice Julio, quien hace rato que no vive en Rosario. ¿Qué tiene de especial este colegio que los encuentra hoy reunidos en el aula como hace cincuenta años? “Algo que comenzó como una reunión de amigos los primeros años de egresados poco a poco se fue transformando y nos aferramos a todo aquello que nos había dado el colegio”, responden los técnicos químicos, quienes en su mayoría continuaron una carrera vinculada con la especialidad aunque aseguran que hoy no trabajan en esto. “Todavía nos acordamos de muchas cosas que hemos aprendido aquí, y eso es lo que queremos rescatar, nuestros hijos todavía se sorprenden cuando nos escuchan repetir alguna fórmula”.
     Para este encuentro iniciaron la búsqueda a través de Facebook e internet de aquellos alumnos que nunca más habían visto, así encontraron a un compañero que creían desaparecido. “Por intermedio de su mujer, con mucha emoción logramos ubicarlo, ya nos contactamos varias veces y tuvimos una teleconferencia con él”.
  Educados con la rigurosidad de esos años, debieron adaptarse a un cambio curricular, resistir una huelga de tres meses fuera de la institución, cursar los días sábados y visitar fábricas durante su viaje de estudio. Admiten que siempre aceptaron las reglas de juego, que tuvieron que estudiar mucho, y que aprobaban con esfuerzo cuando no existían las profesoras particulares. “Tampoco teníamos compañeras mujeres, así que nos conformábamos con salir rápido de taller los días viernes para ver a una profesora que usaba la pollera milímetro y medio arriba de la rodilla”, recuerdan con gracia.
  Para sorpresa de los allí presentes, el profesor sacó su libreta de calificaciones de 1963 de 4º año, y todos aplaudieron el gesto. “Aquí tengo los nombres de los profesores, el registro de algunas cosas que pasaron y anotaciones que recuerdan mi paso por esta escuela”, y admite que desde que se jubiló se emociona mucho cada vez que ingresa al Poli.

Pertenencia. “Nuestro aprendizaje y sentido de pertenencia comienza el día que ingresamos a esta institución, los primeros tres años del ciclo básico también fueron intensos y requirieron de esfuerzo”, remarca Miguel. “Aprendimos a querer a la escuela, más allá de la formación que nos ofrecía, y del nivel de sus profesores, y al día de hoy nos sentimos orgullosos por eso”, dice Rubén S., quien admite que a sus hijos les dijo que ingresar al Poli no era una opción sino la única. Recuerdan también que el colegio ya tenía prestigio y reconocimiento en esos tiempos, y que ingresar al establecimiento por mérito propio ya era logro; “lo difícil no es entrar sino permanecer”, repiten al unísono. “Tenemos hijos y nietos que entraron y otros que no. Siempre ha sido tan transparente el examen de ingreso en esta escuela, que cuando estuve a cargo de este sector nos negamos a un pedido de recomendación solicitado por López Rega”, confiesa Scavuzzo a modo de ejemplo.
  Luis, otro de los hombres reunidos ese día, recuerda que su padre, de profesión sastre, quería que continuara sus estudios en el Sagrado Corazón, y que discutían todos los días ante su insistencia de estudiar en el Politécnico. “Sentí una alegría inmensa cuando me enteré que lo había logrado”.
  “Las reglas de juego se establecen el primer día de clases, al igual que el compromiso entre el docente y el alumno, si uno de los dos fallan tiene que rendir cuentas al otro y no pueden el padre y el alumno hacer lo que quieren. Esta juventud ha perdido como valor el esfuerzo que no sólo se logra con simpatía y es lo que intentamos transmitir. Hoy no sé si hay que ser bueno o buenudo, para mí no estaba bien el modo en que nos trataban algunos de nuestros profesores, por eso quizás nos acordamos de ellos, pero también recordamos aquellas personas que influían de manera integral sobre nosotros”. Luis remarca la diferencia entre la calidez humana y la rigurosidad en el conocimiento, luego de treinta años de experiencia como docente en la Facultad de Ingeniería y director de la carrera por diez años.
  Todos en ese instante recuerdan a Burlé, un profesor de química analítica que nadie quería, y que definen como grosero y mal educado, “pero nadie discutía cómo enseñaba, y que se quedaba hasta las dos de la madrugada dando clases en la Facultad de Bioquímicas. Sin dudas su personalidad y su forma de actuar eran distintas”, coinciden todo el grupo, también el profesor Scavuzzo, ex alumno y sólo unos años mayor que el resto.

Los profesores. “Todos los años cuando entraba al aula sacaba su libreta negra y enseguida nos aclaraba que de todos los alumnos de la clase sólo se iban eximir dos o tres, a marzo irían uno o dos, y el resto iba a tener que estudiar mucho. Nos decía que no iba a permitir que embromemos, entonces dos o tres se quedaban en la clase y el resto se levantaba y se iba. Me eximí de todas las materias menos de esa. Sin embargo, cuando me postulé para trabajar en Acindar, sólo tres aprobamos el examen de los cuarenta que se presentaron, ahí me di cuenta que esto fue posible porque tuve un profesor así, eso no quiere decir que estuviera bien, pero vale para remarcar que ese tiempo aceptábamos las reglas del juego”. El profesor asegura que estas situaciones no podrían suceder hoy, “porque se denunciarían y saldríamos en los diarios, hoy si un docente le dice algo a un chico viene el padre, el abuelo, y el tío y arman un lío bárbaro”, admite con ironía.
  “En estos cincuenta años la sociedad fue cambiando, en algunos aspectos para mejor y en otros para peor como en el grado de exigencia que teníamos que no sólo partía de la escuela sino de nuestra casa. Recuerdo que teníamos un profesor de dibujo que todas las semanas daba una lámina, pero como yo dibujaba muy mal, debía rehacer las láminas que acumulaba, al punto de tener que presentar catorce el mismo día. Para lograrlo debía dibujar viernes, sábado y domingo todo el día, incluso en casa de mi abuela en la localidad de Pérez que al anochecer se cortaba la luz y debía continuar con una lámpara de kerosene”, dice Rubén P.
  Este grupo de ex alumnos maduros reconoce que el colegio los preparó para comenzar a transitar por la vida, aceptando cada vez que un profesor les tomaba un examen sin avisar, cuando debían repetir las fórmulas de memoria o les colocaba una nota en el cuatrimestre inferior a la que merecían. “Sin esfuerzo nada se consigue”, interrumpe Héctor. “Todas las semanas, Don Arturo, otro de los profesores, nos decía «saquen una hoja» y luego nos dictaba, diez fórmulas químicas, que no sabemos si alguna vez corregía. Estas cosas no nos frustraron, tampoco nos cohibieron, al contrario nos fortalecieron y nos marcaron para siempre”.
“Somos un grupo de viejos que se ha reunido durante los últimos 50 años, como mínimo dos veces al año para seguir compartiendo lo mucho y bueno que esta escuela nos dejó”. Así se presenta la promoción 1965 de técnicos químicos. Aunque algunos ya no están, otros vivan en el exterior o en otras ciudades, o se hayan separado del grupo, lo cierto es que diecisiete hombres de casi setenta años dieron el presente el pasado sábado a las 9.30 para descubrir la placa en conmemoración a los cincuenta años de egresados de la ex Escuela Industrial Superior de la Nación General José de San Martín (Eisn), actual Instituto Politécnico Superior (IPS). Vestidos con saco y corbata, se encontraron en la esquina de Ayacucho y Pellegrini, y mientras se saludaban emocionados y se disponían para las fotos, no pasaron inadvertidos para quienes transitaban por el lugar.
  Acompañados por la vicedirectora de la institución, Mónica Bolatti y Miguel Angel Scavuzzo, profesor de este grupo de ex alumnos, ingresaron al establecimiento Osvaldo Manuel Acevedo; Juan Carlos Aldasoro; Alberto Blasco; Rubén Caminos; Héctor B. Carrozzo; Alberto Cristofolini; Adrián Diez; Luis Ferro; Roberto Linchenco; Roberto Martos; Alberto J. Mattioda; Miguel Minacori; Julio Mortarotti; Rubén Philipp; Rubén J. Salinas; Francisco Rubén Sánchez, y Raúl Temiño.
  “Gracias por enseñarnos a pensar”, dice la placa que descubrieron en el hall de ingreso los técnicos químicos Nacionales egresados 1965, en homenaje y agradecimiento a las autoridades y a todo el cuerpo de profesores de la época, en especial al director Arquímedes Bolis y al jefe de departamento de química Arturo Burlé. Para celebrar este aniversario también participarán del acto de colación de los egresados 2015, la primera promoción de 6 años que se gradúa nuevamente en el Politécnico.
  “Ustedes representan el prestigio, la sabiduría y el entusiasmo, y todos aquellos valores que nosotros queremos conservar en la institución, aunque tengamos que renovar y mejorar ciertas cosas”. Con estas palabras la vicedirectora recibió al grupo de ex alumnos para continuar luego con las actividades planeadas durante el encuentro. “Aunque podamos discernir, y tener distintas ideas, lo más importante continúa siendo el sentido de pertenencia hacia la institución”, agregó Scavuzzo.
  Dispuestos a escuchar la clase magistral que este querido profesor dirigiría a la promoción del año1965, se sentaron en los bancos de la Sala Mariano Moreno, antigua sala de preceptores, y por un rato se sintieron estudiantes, esta vez con la experiencia y la sabiduría de un largo camino recorrido pero con la lucidez y la frescura para apuntar cada detalle e historia compartida. Contaron algunas anécdotas, recordaron a varios profesores y clamaron con orgullo la educación recibida, que aseguran se parece muy poco a la de sus nietos. El entusiasmo y la emoción de estar reunidos otra vez en esta escuela hacían que todos quisieran hablar al mismo tiempo, y casi no quedara tiempo para las palabras del profesor. Luego recorrieron el colegio, en especial los talleres y el sector de laboratorios, un momento esperado sobre todo para aquellos que no habían vuelto a ingresar al establecimiento.

Reencuentro. “A varios compañeros tuve que preguntarle «¿Quién sos?» porque no los reconocía”, dice Julio, quien hace rato que no vive en Rosario. ¿Qué tiene de especial este colegio que los encuentra hoy reunidos en el aula como hace cincuenta años? “Algo que comenzó como una reunión de amigos los primeros años de egresados poco a poco se fue transformando y nos aferramos a todo aquello que nos había dado el colegio”, responden los técnicos químicos, quienes en su mayoría continuaron una carrera vinculada con la especialidad aunque aseguran que hoy no trabajan en esto. “Todavía nos acordamos de muchas cosas que hemos aprendido aquí, y eso es lo que queremos rescatar, nuestros hijos todavía se sorprenden cuando nos escuchan repetir alguna fórmula”.
     Para este encuentro iniciaron la búsqueda a través de Facebook e internet de aquellos alumnos que nunca más habían visto, así encontraron a un compañero que creían desaparecido. “Por intermedio de su mujer, con mucha emoción logramos ubicarlo, ya nos contactamos varias veces y tuvimos una teleconferencia con él”.
  Educados con la rigurosidad de esos años, debieron adaptarse a un cambio curricular, resistir una huelga de tres meses fuera de la institución, cursar los días sábados y visitar fábricas durante su viaje de estudio. Admiten que siempre aceptaron las reglas de juego, que tuvieron que estudiar mucho, y que aprobaban con esfuerzo cuando no existían las profesoras particulares. “Tampoco teníamos compañeras mujeres, así que nos conformábamos con salir rápido de taller los días viernes para ver a una profesora que usaba la pollera milímetro y medio arriba de la rodilla”, recuerdan con gracia.
  Para sorpresa de los allí presentes, el profesor sacó su libreta de calificaciones de 1963 de 4º año, y todos aplaudieron el gesto. “Aquí tengo los nombres de los profesores, el registro de algunas cosas que pasaron y anotaciones que recuerdan mi paso por esta escuela”, y admite que desde que se jubiló se emociona mucho cada vez que ingresa al Poli.

Pertenencia. “Nuestro aprendizaje y sentido de pertenencia comienza el día que ingresamos a esta institución, los primeros tres años del ciclo básico también fueron intensos y requirieron de esfuerzo”, remarca Miguel. “Aprendimos a querer a la escuela, más allá de la formación que nos ofrecía, y del nivel de sus profesores, y al día de hoy nos sentimos orgullosos por eso”, dice Rubén S., quien admite que a sus hijos les dijo que ingresar al Poli no era una opción sino la única. Recuerdan también que el colegio ya tenía prestigio y reconocimiento en esos tiempos, y que ingresar al establecimiento por mérito propio ya era logro; “lo difícil no es entrar sino permanecer”, repiten al unísono. “Tenemos hijos y nietos que entraron y otros que no. Siempre ha sido tan transparente el examen de ingreso en esta escuela, que cuando estuve a cargo de este sector nos negamos a un pedido de recomendación solicitado por López Rega”, confiesa Scavuzzo a modo de ejemplo.
  Luis, otro de los hombres reunidos ese día, recuerda que su padre, de profesión sastre, quería que continuara sus estudios en el Sagrado Corazón, y que discutían todos los días ante su insistencia de estudiar en el Politécnico. “Sentí una alegría inmensa cuando me enteré que lo había logrado”.
  “Las reglas de juego se establecen el primer día de clases, al igual que el compromiso entre el docente y el alumno, si uno de los dos fallan tiene que rendir cuentas al otro y no pueden el padre y el alumno hacer lo que quieren. Esta juventud ha perdido como valor el esfuerzo que no sólo se logra con simpatía y es lo que intentamos transmitir. Hoy no sé si hay que ser bueno o buenudo, para mí no estaba bien el modo en que nos trataban algunos de nuestros profesores, por eso quizás nos acordamos de ellos, pero también recordamos aquellas personas que influían de manera integral sobre nosotros”. Luis remarca la diferencia entre la calidez humana y la rigurosidad en el conocimiento, luego de treinta años de experiencia como docente en la Facultad de Ingeniería y director de la carrera por diez años.
  Todos en ese instante recuerdan a Burlé, un profesor de química analítica que nadie quería, y que definen como grosero y mal educado, “pero nadie discutía cómo enseñaba, y que se quedaba hasta las dos de la madrugada dando clases en la Facultad de Bioquímicas. Sin dudas su personalidad y su forma de actuar eran distintas”, coinciden todo el grupo, también el profesor Scavuzzo, ex alumno y sólo unos años mayor que el resto.

Los profesores. “Todos los años cuando entraba al aula sacaba su libreta negra y enseguida nos aclaraba que de todos los alumnos de la clase sólo se iban eximir dos o tres, a marzo irían uno o dos, y el resto iba a tener que estudiar mucho. Nos decía que no iba a permitir que embromemos, entonces dos o tres se quedaban en la clase y el resto se levantaba y se iba. Me eximí de todas las materias menos de esa. Sin embargo, cuando me postulé para trabajar en Acindar, sólo tres aprobamos el examen de los cuarenta que se presentaron, ahí me di cuenta que esto fue posible porque tuve un profesor así, eso no quiere decir que estuviera bien, pero vale para remarcar que ese tiempo aceptábamos las reglas del juego”. El profesor asegura que estas situaciones no podrían suceder hoy, “porque se denunciarían y saldríamos en los diarios, hoy si un docente le dice algo a un chico viene el padre, el abuelo, y el tío y arman un lío bárbaro”, admite con ironía.
  “En estos cincuenta años la sociedad fue cambiando, en algunos aspectos para mejor y en otros para peor como en el grado de exigencia que teníamos que no sólo partía de la escuela sino de nuestra casa. Recuerdo que teníamos un profesor de dibujo que todas las semanas daba una lámina, pero como yo dibujaba muy mal, debía rehacer las láminas que acumulaba, al punto de tener que presentar catorce el mismo día. Para lograrlo debía dibujar viernes, sábado y domingo todo el día, incluso en casa de mi abuela en la localidad de Pérez que al anochecer se cortaba la luz y debía continuar con una lámpara de kerosene”, dice Rubén P.
  Este grupo de ex alumnos maduros reconoce que el colegio los preparó para comenzar a transitar por la vida, aceptando cada vez que un profesor les tomaba un examen sin avisar, cuando debían repetir las fórmulas de memoria o les colocaba una nota en el cuatrimestre inferior a la que merecían. “Sin esfuerzo nada se consigue”, interrumpe Héctor. “Todas las semanas, Don Arturo, otro de los profesores, nos decía «saquen una hoja» y luego nos dictaba, diez fórmulas químicas, que no sabemos si alguna vez corregía. Estas cosas no nos frustraron, tampoco nos cohibieron, al contrario nos fortalecieron y nos marcaron para siempre”.

Mensaje a los graduados 2015

“Saben cuántas veces utilicé conceptos o conocimientos tales como la regla de las fases o de Gibbs, el número de Avogadro o la constante general de los gases en mis 50 años de vida profesional, aun activa, ninguna. Nunca los usé. En mi ya larga vida laboral he debido tomar una innumerable cantidad de decisiones técnicas. Utilicé, muchos otros conocimientos por supuesto, sin embargo no estos, que sí están grabados a fuego en nuestras mentes, como hace 50 años. Eso hizo esta escuela con nosotros
  Esta escuela sembró con maestría, en el suelo fértil de nuestras mentes vírgenes enorme cantidad de conocimientos y razonamientos, como también nos inculcó valores básicos para nuestro futuro desempeño en la vida: la excelencia, la perseverancia, la amistad, la solidaridad, el respeto, el cumplimiento de las reglas, el compromiso, la responsabilidad, la transparencia, la puntualidad, entre otras. Y nosotros esperamos que con ustedes, estimados jóvenes colegas, esta escuela haya hecho lo mismo. Nuestra querida escuela nos preparó magníficamente para ingresar a la Universidad y a la vida adulta. También generó en nosotros un sentido de pertenencia.
  Creemos que la más sublime tarea de un educador es enseñar a pensar a su educando. Hoy la tecnología nos brinda otras herramientas. Pero con absoluta certeza les decimos que, no hay Google ni Wikipedia que enseñe a pensar ni a razonar. Creemos también, que la educación de hoy necesita tanto de formación técnica, científica y profesional como de valores, sueños y utopías. Vaya nuestro agradecimiento además, a quienes contribuyeron y contribuyen a mantener el espíritu científico - humanístico que alienta a nuestra querida escuela. Muchas gracias y lo mejor para ustedes en su vida adulta y profesional”.
  Rubén Philipp (parte del discurso que la promoción 1965 pronunciarán durante el acto de colación 2015.

Una huelga que duró tres meses

En 1962, profesores y alumnos rechazaron el nombramiento como director del ingeniero Bolis, con una huelga que duró tres meses. Impulsada por Miguel Angel Pereyra, candidato también a ocupar ese cargo, dieron clases fuera de la institución. “Es justo decir que cometimos un error y que fuimos arrastrados en nuestra juvenil ignorancia, pero desde hace ya muchísimos años somos incansables defensores de su persona y obra”, admite Rubén, y la placa que distingue a Bolis lo demuestra.

El auge de los técnicos químicos en la región

“En ese entonces el auge industrial y el polo petroquímico instalado en Rosario y la zona hicieron aumentar la matrícula de química, que no superaba los 10 o 12 alumnos. Cuando comencé a dar clases tuvieron que hacer dos divisiones de cuarenta alumnos cada una, y otro turno por la noche”, afirma Miguel Angel Scavuzzo, profesor de química general.
  Esta generación tuvo que adaptarse a un cambio curricular que redujo notablemente el número de materias por año. “Pasamos de tener diez o doce materias a tener sólo cuatro. Este cambio fue muy resistido por nosotros, pero con el tiempo nos dimos cuenta de la importancia de agrupar las materias, y prueba de ello fue que quienes continuamos luego la universidad, cursamos los primeros años sin dificultad”, dice Juan Carlos.
  Sin embargo, la elección de una especialidad no significaba la inmediata salida laboral.  “Elegir química era la oportunidad que se presentaba en el momento pero al no conseguir trabajo como técnico, estudié una carrera en la Tecnológica donde obtuve otro título que tampoco me permitió encontrar un empleo. Así terminamos con otro de mis compañeros, haciendo un curso de geofísica en YPF, donde trabajé veinte años hasta el gobierno de Menem”, admite Julio, quien vive desde hace años en Mendoza.
  Entre las anécdotas no faltaron aquellas sobre alguna prueba explosiva realizada en el laboratorio. “La diferencia en ese entonces es que nosotros aceptábamos las consecuencias y castigos como quedarnos sin recreo durante tres meses. Asumíamos la responsabilidad cuando nos mandábamos alguna macana”, reconoce esta generación de técnicos admiradores del químico ruso Mendeléyev, creador de la tabla periódica de los elementos.
  Daban clases los sábados y en 6º año hasta las seis de la tarde. Pasaban tantas horas en la escuela que establecían vínculos con todos.  “Había una comunicación dentro y fuera del colegio, y esto también hacía crecer al alumno. Hoy la diversidad de asignaturas y de personal no lo permite”, agrega el profesor.
  “El sentido de pertenencia era tan distinto que si se rompía un banco, el director le indicaba al carpintero que lo arregle, estas cosas se fueron perdiendo. Nos duele mucho escuchar por los medios las malas condiciones edilicias. Acá se estudia electrotécnica y construcción, me parece que se podría haber evitado teniendo alumnos capacitados para colaborar con el arreglo”, coinciden los ex alumnos. “Hace algunos años, la escuela también estaba en malas condiciones edilicias y, con la ayuda de la cooperadora se arreglaron los techos y se colocaron ventiladores, en vacaciones de verano vinieron los chicos de 2º y 3º año, pintaron pasillos, arreglaron bancos, se refaccionó todo el segundo piso y nadie se enteró”, señala el profesor.

 


 

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