Ovación
Domingo 21 de Agosto de 2016

Una pelota que no se mancha

En el Día del Niño el balón vuelve a las fuentes con los verdaderos dueños, para seguir creciendo como testigo fiel de historias individuales y colectivas, igual que en generaciones anteriores. Y lo hace con su amiga inseparable: la camiseta de cada pasión

La pelota no entiende de directivos que no dirigen ni de comisión regularizadora que no regula. Se mantiene distante de las cuestiones políticas y económicas. No sabe de contratos, de cláusulas o transferencias. Aprendió a sobrevivir en un ámbito donde los intereses y las mezquindades la han usado y herido en más de una ocasión. Supo reponerse a maltratos de todo tipo. Y bajo su nombre se cometieron actos condenables. Y por ello fue juzgada indebidamente por el comportamiento de otros. Por eso hoy, en el Día del Niño, la pelota vuelve a las fuentes. A sus legítimos dueños. Regresa a los chicos como cada año. Como siempre. Por el legado de los padres y de los abuelos. Y sabe que, así como ocurría ayer y sucederá mañana, no estará sola. Porque siempre será acompañada por una camiseta. Esa que representa a las diferentes pasiones, con los distintos colores y sus actualizados modelos. La que también ocupa un lugar preponderante en los regalos de un día especial.

La pelota es un obsequio consuetudinario para los chicos. Crecieron juntos. Por eso mantiene su carácter de testigo fiel de las historias auténticas, que la tienen siempre como esa excusa perfecta para la recreación, diversión y pertenencia. Por eso es partícipe fidedigna de innumerables narraciones en las que abrevan los relatos mundanos. Porque allí, en el territorio del juego, recupera su esencia. Y con un idioma universal reivindica el compartir y revitaliza la raíz del deporte. Porque con su sola presencia como ofrenda mantiene vigente esa emoción de los chicos por ser objeto del deseo.

Las historias individuales y colectivas tienen en la pelota a un componente inolvidable. Su alusión actúa como un flash revisionista que permite recordar épocas, amigos, compañeros, adversarios, baldíos o campitos formateados en canchitas, con arcos artesanales construidos con palos atados con alambre o caños bien soldados cuando el herrero de la zona aportaba su solidaridad a la causa. Canchita donde se produjeron discusiones. Algunas habituales, como aquellas con la vecina enojada que no devolvía la bocha que cayó en su patio porque le habían roto algunas plantas, hecho derivado por la torpeza del amigo de siempre. Pero quien era clave en las peleas que derivaban de los desafíos barriales en los que la identidad jugaba verdaderas finales, a veces con resultados no deseados. Aunque la barra del barrio, que forjó un equipo, siempre valoró a la pelota por su capacidad de agrupar sin importar condición social ni credo.

Eso sí, el título de propiedad de la pelota habilitaba para que el ocasional dueño se ganara un lugar en el conjunto, que tal vez de no haber sido así no hubiese jugado, y por eso siempre era el último pasajero elegido en el pan y queso que decantaba en el armado de los equipos. Es que en las décadas del 60 y 70 la posesión de una pelota de cuero constituía cierto privilegio, a tal punto que demandaba una serie de cuidados cuando el partido concluía, más cuando el límite de la canchita estaba dado por zanjas con aguas servidas. "No te olvides de limpiarla bien con un trapo húmedo y pasarle después cebo vacuno a la pelota para que no se le seque la costura", era la recomendación para preservar esa pelota con cámara inflable, la que muchas veces fue emparchada y cocida de apuro por el zapatero del barrio para poder darle continuidad al partido que se estaba jugando.

Pero la pelota también atravesó diversos procesos de elaboración y así el cuero y la cámara les dieron paso a otros materiales. Pero nada de ello le quitó importancia. Porque las de goma o plástico eran opciones válidas. Y hasta algunas fueron hechas de papel o trapo para despuntar el vicio en alguna escuela.

La redonda siempre tuvo como hábitat favorable y desinteresado a la niñez. También se siente cómoda, pese al maltrato involuntario, en torneos internos o parques. Y disfruta cuando en alguna playa o predio de cualquier nivel dibuja movimientos y trayectorias pergeñadas desde el ingenio. Y nunca claudica en su función. Aún con la irrupción de la tecnología mantiene preponderancia ante otros formatos de juego computados. Porque en la tierra del fútbol conserva protagonismo, aunque en el ámbito profesional su regreso a las canchas se sigue conjugando en tiempo de verbo imperfecto.

Porque el fútbol organizado mantiene al balón en la incertidumbre. Los torneos no tienen una fecha cierta de inicio por la anarquía que supieron conseguir. Pero la vida de la pelota no se detiene. Porque hoy en el Día del Niño vive en los chicos. En distintos lugares, con diferentes tamaños y colores. Con idéntica pasión. Pero en estado puro. Porque con los chicos la pelota no se mancha.

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