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Jueves 19 de Enero de 2012

Una panza muy pesada para la piel de una niña

Si es difícil para una mujer adulta afrontar un embarazo no deseado, no puedo siquiera imaginar lo que será para una nena, no puedo meterme debajo de esa piel.

Si es difícil para una mujer adulta afrontar un embarazo no deseado, no puedo siquiera imaginar lo que será para una nena, no puedo meterme debajo de esa piel. ¿Cómo interpretará o qué grado de conciencia tendrá sobre su situación? ¿Qué desenlace imaginará? ¿Alguien pensó el miedo que debe sentir su familia ante el posible riesgo de vida de la niña? Porque se trata de eso: de una menor, que fue abusada y a pesar de eso no se entiende aún muy bien cuál es el debate en las frías esferas médicas, políticas y judiciales intervinientes. Y hay toda una sociedad sensibilizada y movilizada con el caso.

Recuerdo mi primera menstruación. Fue a los 12. Fui al parque, jugué en las hamacas, en el tobogán, pasé por el pasamanos. Llegué a casa, me dolió la panza y descubrí que "me hice señorita", como me dijo mi madre. Lo primero que le pregunté fue: "¿Ahora puedo ser mamá?". Y ella dijo que sí. Entonces fantaseé por unos segundos con la idea, muy difusa y lejana (a esa edad no tenía muy en claro cómo se hacía para llegar a serlo). La panza, ese almohadón que tantas veces jugué a ponerme debajo de la ropa, era en mi imaginario la de un cuerpo adulto.

La vida quiso que me tocara un embarazo del todo no deseado o al menos no concebido en las mejores condiciones. Y mi primera reacción fue negarlo. Recuerdo esa sensación inexplicable, ese ardor en el alma, esa angustia extrema, ese sentirme mala persona "porque el bebé no tiene la culpa". Luego vino la aceptación y la inmensa alegría por la llegada de Patricio, una bendición que hoy tiene 2 años. Pero esto me pasó a los 33, con un cuerpo adulto y con las herramientas para afrontar cualquier dificultad.

Entonces muy remotamente puedo imaginar el malestar de esa nena y de su familia. Esa sensación de desamparo, esa desesperación por cada hora que pasa, la incertidumbre sobre qué decidirá el señor juez, que se detiene en pedir informes médicos, dilatando los tiempos.

Son humildes, no les quedó otra que ir a un hospital público. Si hubieran tenido unos miles de pesos y acceso a la atención privada, sabemos no hubiera pasado esto. Me pregunto si el director del hospital de Concordia no estará arrepentido de haber denunciado el caso cuando se detectó el embarazo. Tal vez nunca imaginó que tendría semejante repercusión ni que se lo cuestionaría porque, en teoría, y por tratarse de una menor de 13 años, el caso ni siquiera se evalúa: es violación y tendría que haber procedido directamente con la interrupción de la gestación. Por derecho.

Imagino que por estos minutos el único deseo de esa familia es que haya una intervención divina que ponga fin a la angustia y volver a lo de antes, como pidió la nena. Y si no hubiera gente insensible diciendo sandeces, invocando las leyes naturales, tal vez el trance les sería apenas un poco menos pesado.

Nadie, ningún funcionario o profesional, más allá de la tarea que le toque o dictamen que emita, perderá el puesto si demuestra un poco de sensibilidad, un poco de respeto.

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