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Domingo 03 de Enero de 2016

Una noche de guantes en el club Godoy

El viernes fuimos con Alvaro y el Mono a ver boxeo al club Godoy. Aquella noche el programa ofrecía nueve peleas a tres rounds y una de fondo, a seis asaltos...

El viernes fuimos con Alvaro y el Mono a ver boxeo al club Godoy.

Aquella noche el programa ofrecía nueve peleas a tres rounds y una de fondo, a seis asaltos.

Una vez traspuesta la entrada, y unos carteles que indicaban que había servicio de buffet y karaoke como imperdibles atracciones, nos sumergimos en las nubes de la parrilla. Alvaro, que hacía las veces de guía (porque es el que sabe de esto, de boxeo) nos comentaba sobre la oferta gastronómica mientras a nuestro paso se agolpaba una multitud a la espera de comestibles y, sobre todo, bebibles.

Las botellas se chocaban en un improvisado lago con hielo. Gaseosas, algún fernet y mucha cerveza flotaban a la espera de su pronto rescate.

El Mono sostenía los numeritos de nuestros irrespetados turnos. Los miraba cada tanto, tal vez para recordarlos, tal vez para darles poder. En la espera comentaba cosas que, de ser escuchadas, quizás no serían bien tomadas por la muchachada.

—Hace una semana me invitaron a una cena en el Jockey.

—…

—Se come muy bien…

En ese contexto, en la descripción de los platos y manjares jocketas (que se me hacían difíciles de digerir), alguien detrás de la barra nos avisó que ya estaban nuestros choripanes con chimi. Y, al parecer, tenían igual o mejor sabor que aquella comida bacana. Al menos, el Mono no notó la diferencia.

El espectáculo

Nunca fui a ver boxeo. Sólo por la tele y a veces. El Mono parecía estar en igual condición. Preguntaba mucho y cada tanto me miraba, arqueando las cejas y sonriendo. Yo sólo me dediqué a ver.

El gran salón del club es, como el de muchos clubes de barrio, un espacio cubierto por un tinglado, apto para la práctica de básquet, vóley, fútsal u otras disciplinas. De las paredes de ladrillos pintados a la cal colgaban carteles con publicidades de negocios tan olvidados como esas viejas latas oxidadas.

Allí estaba instalado el ringside y allí ya había comenzado la primera pelea cuando decidimos acercarnos.

Casi no había sillas vacías; casi 500 personas estaban sentadas. Así que nos quedamos de pie a una considerable distancia de los púgiles: un gordito petiso versus uno alto y más delgado, de pesos indefinidos o de igual peso distribuidos de indefinida manera.

Además del protector de cabeza, cada boxeador usaba, por reglamento, una heredada musculosa. Había una roja y otra azul, que se iban sucediendo sobre la humanidad de cada contrincante. Con la inevitable acumulación de sudores, olores y, tal vez, sabores.

Alvaro, propulsor de la salida, sugirió por vez primera:

—Muchachos, cuando ustedes quieran partimos.

El Mono y yo nos quedamos, tal vez por distintos motivos. A mí la noche me parecía interesante. Y al Mono su interés por el boxeo lo traducía en interrogantes:

—El de rojo va ganando, ¿no?, preguntó en la tercera pelea, mientras al de rojo le estaban acertando algo así como veinte golpes por minuto.

—En estos momentos no tanto, dijo Alvaro.

Al término de cada enfrentamiento el jurado anunciaba el nombre del ganador con la pertinente aclaración ("el de casaca roja —o azul—"), que era la única identificación posible para la mayoría. En aquellos encuentros la carencia de identidad iguala a todos bajo el nombre de amateur. Sólo algunos escapan a ese anonimato, como los protagonistas de la pelea de fondo, la última.

A eso de la medianoche entró al salón un ex púgil que ya era leyenda. Caminó decidido al centro de la escena junto a un diminuto séquito entre personas que lo miraban con cierta pleitesía. El Alfeñique Gómez —de él se trata— fue boxeador y campeón local. Ahora tiene una escuela de boxeo y su hermano, El Alfeñique Jr., era uno de los protagonistas de la noche. Su pelea, y la última, fueron presentadas de manera singular (más luces, música introductoria; esas cosas…). Como era de esperar (al menos por mí) ganó el pollo del otrora campeón. Y con el triunfo se fue su hermano, su gente y, también, las luces.

Los espectadores

Mientras las peleas se sucedían, las sillas se ocupaban y desocupaban por los seguidores del boxeador de turno. Los gritos de las hinchadas me hacían recordar que era conveniente no comentar en voz alta las preferencias por algún púgil. En algún momento estuve a punto de decirle a mis compañeros "¡Cómo está cobrando la de azul!" y alguien sentado delante de mí vociferó "¡Dale, Mica, pegale!". Y, por supuesto, Mica era la de azul.

Entre la gente y las sillas correteaban chicos y algunos perros. Había entendedores y legos como yo. También parientes, amistades y amores de los protagonistas, como la chica que filmó la pelea de su novio, que empató. Y un sobredimensionado diputado provincial, que fue presentado ante la gente como tal (como diputado) y caminó en el ring por los cuatro costados para que lo vieran aún más.

A medida que transcurrían las horas, ya después de las dos de la mañana, a algunos pocos se les hacía difícil mantener el equilibrio, tal vez por el cansancio. Los grandes vasos plásticos que alguna vez contuvieron cerveza quedaron esparcidos entre las patas de los asientos. Algunos riachos de bebida dibujaban su curso sobre las baldosas del Godoy. Del estuario de uno de ellos rescaté un programa para saber qué restaba por ver. Fue un vano intento porque no conocía a nadie. Cualquiera podía ser cualquiera.

A juzgar por la hora transcurrida supuse que el final se acercaba. Faltaba la pelea de fondo y una de mujeres, en la que iba a pelear una chica apodada "La Muñequita". Me acerqué al salón donde se preparaban quienes estaban por pelear y vi a un rubio tatuado (después supe que era "El Pitufo"), que le pegaba a un rival imaginario hecho de aire. No vi a ninguna boxeadora y las pocas mujeres que había parecían no ser la "muñequita".

El cierre

Por fin nos sentamos. Ya no había tanta gente. La pelea final enfervorizó a los no muchos espectadores que quedaban. Los gritos eran para alentar al rival del "Pitufo", que al parecer era del club, del barrio o del gimnasio al que iba la mayoría.

Estos rivales no se protegían la cabeza ni usaban las tan usadas musculosas. Fue una interesante pelea y la ganó el crédito local, que fue aclamado como corresponde. El "Pitufo" bajó colérico del ring. Parecía hablarle a la nada.

Nosotros nos fuimos al frío de la calle. Mientras buscábamos el auto del Mono, entre los tantos estacionados por los concurrentes a la velada, me acordé de una frase que me dijo Alvaro en el buffet:

—Vos te vas a hacer un festín acá.

Y algo de eso había.

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