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Domingo 07 de Diciembre de 2014

Una experiencia de cuño científico para bajar los homicidios

En Colombia, el alcalde de Cali logró en un año la rebaja de un 25% de la tasa de muertes violentas aplicando un criterio epidemiológico: con una universidad y el sistema de salud midió y georreferenció la situación. Y a partir de ahí trazó un plan.

Cualquiera que desde Rosario se detenga en una de las ciudades más violentas de Colombia para analizar la reducción de la tasa de homicidios podría, no sin motivo aparente, ser considerado un lunático. Pero lo provechoso no resulta de comparar el tipo de violencia entre ciudades, que responden a peculiares causas históricas y culturales, sino a cómo se intenta entender esa violencia. Y a cómo se la mide, para que las políticas públicas, dotadas de esa brújula, puedan en un mar difícil navegar con rumbo.

   Cali es la tercera ciudad de Colombia con casi tres millones de habitantes. Su actual alcalde es un médico cirujano llamado Rodrigo Guerrero, quien fue rector de la Universidad del Valle, una de las más prestigiosas de América latina. Al convertirse en jefe del municipio, Guerrero entendió que para moderar la violencia de los homicidios primero necesitaba hacer lo que hacía como médico. Para prevenir una enfermedad es preciso saber qué la provoca, cuáles son sus frecuencias, en qué área y a quiénes afecta particularmente.

   “Lo que hicimos es muy elemental. Estudiamos los homicidios con un método de salud pública haciendo un estudio muy documentado de cada evento. Para este momento inicial lo relevante no eran las fuerzas de seguridad. Lo fueron, en cambio, los médicos forenses y la universidad, que proveyó un estudio minucioso de campo. El secreto era definir el problema: el qué, el quién, el cuándo, el dónde y el cómo. A partir de ahí pudimos controlar los factores de riesgo, hacer una evaluación exigente de los resultados y definir un plan”, explica el alcalde.

   Epidemiólogo con formación en Harvard, Guerrero fue dos veces intendente de Cali. La primera fue en 1992 y la segunda en 2013. En la primera ocasión aplicó un enfoque epidemiológico recopilando datos fiables para definir intervenciones en los barrios. No dio por ciertas las explicaciones un tanto intuitivas que señalaban que los homicidios provenían mayormente del narcotráfico. Su opción fue relevar con estadística. Así encontró que el 60 por ciento de la violencia que carcomía a Cali tenía una genética más social, espontánea, que delictiva.

   “Cuando medimos hace 20 años, dos tercios de los homicidios ocurrían entre viernes y domingo. Una alta proporción de los que atacaban estaban intoxicados con alcohol en sangre. Un 90 por ciento de los hechos ocurría con armas de fuego. La mayoría de los agresores eran muchachos, varones, de estratos bajos. Entonces se apuntó a lo simple. Muy fuertes controles de la circulación y porte de armas. Y frenos a la venta de alcohol, no de manera irrestricta sino en los momentos en que más se concentraban los homicidios”, le dijo anteayer a La Capital.

   Los resultados fueron extraordinariamente positivos. Hubo protestas de dueños de bares que se vieron obligados a no expender alcohol a la madrugada de viernes y sábado. Guerrero pidió entonces que la medida se pusiera en análisis por tres meses. Los homicidios bajaron un 30 ó 35 por ciento en el término de un año. Semejante marca dejó poco espacio para que prosperaran las objeciones.

   Se prestaba atención a detalles exhaustivos de las mediciones, por ejemplo que los delitos contra la vida crecían en las fechas en que se pagaban los salarios y en los días de fiesta. Esos días eran de refuerzos de controles. El método de Guerrero fue parcialmente abandonado una vez que él dejó de ser alcalde, en un municipio que no permite reelección inmediata, aunque los homicidios fueron disminuyendo. Pero en 2013, al ser electo nuevamente, lo reimplantó al pie de la letra. En 13 meses el número de asesinatos se redujo de manera consecutiva hasta quedar en un 25 por ciento debajo del año previo. Una caída drástica en muy poco tiempo.

   El logro le valió a Guerrero convertirse en septiembre pasado en el primer ganador del Premio Roux, una gratificación de 100 mil dólares entregada por el Instituto de Mediciones y Evaluaciones de Salud de Seattle, Estados Unidos, por el uso de evidencia empírica para mejorar la salud pública. También una amplia cobertura en el diario The New York Times. El criterio se aplica desde hace años en 25 municipios de Colombia, entre ellos Medellín y Bogotá, ciudades que bajaron sus curvas de asesinatos.

   “Nuestra tasa de homicidios pasó de 89 muertes cada 100 mil habitantes el año pasado a 60 cada 100 mil este año. El año entrante creemos poder llevarla a 40 ó 45. Todavía es una tasa aterradora y me imagino que impresionará en Rosario, que tiene 22 cada 100 mil habitantes. Pero con método y seguimiento estricto, estoy convencido, las cosas mejoran”.

   Algo es obvio: el tipo de violencia que desata homicidios en Cali y Rosario es incomparable. Pero hablar de enfoques de políticas preventivas, aún en circunstancias disímiles, es atendible en ambas.
  Guerrero dice algo sobre el premio que recibió. “No estimo que sea por los resultados obtenidos sino por el método aplicado. Cali sigue siendo una ciudad violenta, pero ponemos mucho para que no lo sea. La epidemiología no es el estudio de las enfermedades infecciosas. Es una ciencia que estudia las causas y contextos de las enfermedades y ha tenido mucho éxito. Para la violencia utilizamos el mismo método”.

   Entre las dos gestiones de Guerrero en Cali la dinámica de la violencia se alteró. “Cuando fui alcalde la primera vez, algo más de la mitad de los homicidios se debían a un tipo de violencia social más espontánea, no criminal. Hoy ese tipo explica sólo una tercera parte de los homicidios contra dos terceras relacionadas con crimen organizado. Obviamente las intervenciones son distintas. El tipo de violencia que tienen ustedes en Rosario es un tipo de violencia que en Cali teníamos hace veinte años”.

   “En la ciudad, el narcotráfico se organiza para realizar extorsiones, para vender supuesta protección y para hacer narcomenudeo, lo que incide en las comunidades. Esta violencia hoy es muy fuerte”. Guerrero explica que este tipo de violencia que aflora en las estrictas mediciones se trabaja en base a la articulación con el gobierno nacional colombiano. Y que a nivel municipal trabajan de modo coordinado policía, fiscalías y actores de inteligencia criminal, en base al diagnóstico territorial elaborado con metodología universitaria.

   “Tenemos reuniones semanales para integrar y homogeneizar las fuentes de información. Cuando llegué al cargo la primera vez había una fuerte confusión: policía daba un dato, medicina forense otro, sistema hospitalario otro, Justicia Penal otro. Hoy día esa reunión semanal que se hace todos los jueves se analiza caso por caso, los clasifica, se siguen los eventos uno por uno. Cada jueves se analiza la estadística de la semana anterior y qué tipos de medidas hay que tomar”.

   Guerrero dice que es un mecanismo muy dinámico e integrado donde no se pierde el tiempo. Participan Fiscalía, Defensorías, Policía, Ejército, Medicina Forense. La consecuencia fue una moderación de la violencia inmediata a partir de esos seguimientos. Lo que incluye también la detección de la población joven en riesgo en barrios populares. “Son el caldo de cultivo para el narcotráfico, por lo que hay un trabajo fuerte en el intento de que reingresen al sistema escolar, o que obtengan ingreso mediante trabajo remunerado. La inversión en protección social es indispensable, es muy notorio el modo en que corregir la desigualdad corta el circuito de la violencia”.

   Un factor creciente también fue la mejora en Cali de la operatividad policial, fuerza que cada jueves, en base al ajuste estadístico, recibe instrucciones del plan operativo del alcalde. Se utiliza una primera versión del Compstat, sistema de información criminal que fue un insumo crucial para la reducción zonal del delito en Nueva York en los años 90. Con brigadas especiales aportadas por el gobierno nacional, la tasa de identificación de autores de homicidios y de esclarecimiento pasó del 3 al 18 por ciento.

   Una vez más: la comparación de la violencia entre una ciudad como Cali y Rosario no es pertinente. Sí lo es asomarse a los métodos que los municipios se dan para contender con sus flagelos.
  A propósito, en Rosario funciona desde el inicio de 2013 una estrategia de moderación de la violencia con armas de fuego a partir del seguimiento de heridos que ingresan a hospitales públicos, en un trabajo que cruza diversas áreas del municipio, a partir de datos recogidos por el Observatorio Municipal de Seguridad, muchos de los cuales, como en Cali, provienen del sistema de salud. Esto ha facilitado el abordaje de grupos familiares de los heridos, detección de los grupos de riesgo y zonas preferenciales de conflictos, para disponer intervenciones desde equipos interdisciplinarios, que incluyen trabajadores sociales, funcionarios de salud y mediadores comunitarios.

   La violencia cambia velozmente sus ropajes y las estrategias para contenerla exigen, antes que nada, un método para saber qué es aquello que se enfrenta. Viviendo en un territorio muy violento, el alcalde Guerrero ha tenido un módico éxito que se revalida en cada baja de los homicidios: haber diseñado un plan de actuación a partir de un enfoque ajustado de lo que ocurre en su ciudad.

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