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Domingo 21 de Junio de 2015

Una estrategia de marketing

Es uno de los escritores más sobrevalorados de la actualidad. Hace rato dejé de leerlo, no pude seguir con aquel ladrillo donde le daba cuerda a un pájaro o al mundo, pero no a los lectores.

Es uno de los escritores más sobrevalorados de la actualidad. Hace rato dejé de leerlo, no pude seguir con aquel ladrillo donde le daba cuerda a un pájaro o al mundo, pero no a los lectores. Me gustó Tokio blues, como aperitivo. Un buen libro para lectores iniciales. Me gustó más After dark (donde tomaba riesgos formales y semánticos y parecía estar escrita en una calle que de verdad el autor había caminado), pero a partir de allí, tomó un seguro rumbo de best seller. Su oficio de traductor al japonés, de los más conocidos escritores norteamericanos actuales (Carver, Auster, Irving), explica su propio trabajo de composición (corte y pegue), copiando (no me refiero a un robo, sino al plagio literario): tomar esto y aquello de cada uno (todas las cosas amables de la épica burguesa con un pelín de desafino), para construir historias  tranquilizadoras,  con un lenguaje casi neutro, sencillas, clichés, mientras uno distrae de la traducción. Desde el punto de vista crítico, de un autor como él, se dice que es “plagiario”, no en los términos del Código Penal, sino en lo literario, es decir, un autor que no propone, que no tiene, ninguna novedad ni formal ni de sentido. A quien le gusta Murakami puede leer Auster o Irving (que tampoco son Ford o Munro o Carver), ¿para qué leer una copia? Murakami es como un japonés de la Sony pasado a California. Se copia. Y lo peor es que salvo una escenografía obvia, ni siquiera es literatura japonesa, algo que me molesta siempre de cualquier escritor, que no se meta con los grandes problemas, concretos, urgentes, históricos de su país, de su cultura, de su actualidad. Murakami escribe con esa falsa neutralidad hacia lo universal a la que ha sucumbido Vargas Llosa y tantos otros. No es más que una estrategia de marketing dispuesta por la editorial. Murakami es un best seller, sin vueltas. Escribe con gran destreza para un público que sigue eligiendo fábulas, aventuras simples, finales ejemplares. Literatura del siglo XIX, de la mejor de la historia, pero para eso, vayamos a los originales: Tolstoi, Dickens, Hugo. Lo que escribe Haruki se lo puede hacer un equipo de ghost writers mientras él sale a correr su maratón diario por Hawai, donde vive, todo el año, en el sexto piso de un hotel cinco estrellas. Si es candidato al Nobel, ganará el de la paz, merecidamente. Los escritores japoneses son Yukio Mishima, Yasunari Kawabata, o ellas, Murasaki Shikibu o Sei Shonagon. Incluso, Kenzaburo Oé. Es más, hay otro Murakami, que de verdad es bueno, se llama Ryu: Ryu Murakami, el de la bella y maldita nouvelle Azul casi transparente, de la misma generación que Haruki, pero que se nota que anda a pie por Tokio y su escritura sí tiene rabia, furor y misterio, un minimalismo sucio y poético, al punto de que la crítica ha dicho que es una mezcla de La naranja mecánica y El extranjero. Después, hay anécdotas comerciales de Haruki que terminan de ubicarlo en la góndola: ventas de entradas a sus presentaciones de libros (como shows), Su vida en el sexto piso del hotel cinco estrellas, Su venta de un millón de libros en un día, sus maratones diarias a las seis de la mañana, el mismo horario, curiosamente, en que los grandes escritores suelen acostarse: insomnes, solitarios, bebedores, mientras el maratonista editorial se calza el jogging.

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