Ovación
Jueves 26 de Mayo de 2016

Una escuela de fútbol funciona desde hace tres años en un parque de Tablada

A Javier Ruiz Díaz nadie tiene que explicarle qué es un potrero. Coco se crió en ellos y ahora, con 33 años, organizó en uno de zona sur una escuela de fútbol con los chicos de Tablada.

A Javier Ruiz Díaz nadie tiene que explicarle qué es un potrero. Coco se crió en ellos y ahora, con 33 años, organizó en uno de zona sur una escuela de fútbol con los chicos de Tablada. Lo que él querría entender o que alguien le explique es por qué los ojeadores o captadores de talentos ya no se acercan a las canchitas de los barrios, como le sucedió a Carlitos Tevez, quien cautivó a más de un futbolero sólo pateando piedras, descalzo, en Fuerte Apache o como le ocurrió a Ariel Ortega, a quien encontraron a pura gambeta en Ledesma, Jujuy.

"Nadie se acerca a mirar a los chicos y algunos son muy buenos: la rompen y no pueden ni siquiera jugar en los clubes de barrio. No se los mira, no se los escucha, los cazatalentos ya no van a los potreros. Nosotros acá intentamos revertir eso: registrarlos, pero sería importante para ellos pasar del picado a un buen entrenamiento", dice Javier, coordinador de Rancho Aparte y operador territorial del equipo de crisis de la Dirección Provincial de Niñez.

Rancho Aparte es un espacio de educación informal en el que desde hace tres años nenes, nenas y adolescentes entrenan fútbol, reciben apoyo escolar, construyen instrumentos, concurren a jornadas de cine debate, trabajan en una pequeña huerta. Y también hacen radio: "Lo que no se ve" se llama el programa que sponsorean los comercios del barrio.

"Nos pagan la publicidad con facturas o chupetines para el tercer tiempo", dice el coordinador.

El picado comienza con una caminata de seis cuadras: Javier sale de su casa y pasa a pie delante del domicilio de cada pibe y hace la invitación. "¿Vamos a jugar?", les pregunta cuando ellos le van saliendo al cruce, lo saludan con juego de manos o con un abrazo.

"Dale, vamos Coco", le dicen algunos que no lo conocen por nombre y apellido sino por el apodo. Otros le explican por qué no van: "Tengo que ir a particular, profe", u "hoy no me dejan", son las excusas. Con los que se suman se arma una pequeña procesión hacia parque Italia, donde está la canchita. Se trata de un triángulo de buen césped, entre 27 de Febrero, Convención y Berutti, con vista al río y "con algunos palos borrachos, eucaliptos y paltas", precisa Celeste, de 11 años, que es parte del entrenamiento.

Sin conitos ni pecheras. En la práctica que presenció Ovación no había conitos fosforescentes ni pecheras ni un técnico con silbato y pizarra. Sólo dos arcos con redes algo agujereadas y una única pelota, que encima se pinchó a las pocas patadas.

"¿Quién va a buscar otra a la casa?", preguntó Javier y enseguida se consiguió una alternativa. Así, de golpe, en el partido hay dos número cinco y se arma un picado paralelo entre los hermanitos más chicos del grupo: nenes de entre 5 y 7 años.

Para Javier, "con el fútbol se logran cosas increíbles", aún en un barrio que lamentablemente es más conocido por cosechar un crimen promedio por mes (según relevamiento de la sección Policiales de este diario) que por este tipo de actividades con los jóvenes.

"Podés estar enemistado y hasta peleado con alguien, pero dentro de la cancha eso se diluye: un pase no se le niega a nadie y eso hace que se descompriman las disputas y las agresiones. La calle divide, el fútbol, no: en una cancha tenés un nombre, un apodo, levantás la cabeza y te mirás con el otro, pedís la pelota, te escuchás", dijo Javier.

"Algunos tienen muchos problemas familiares, de adicciones o conflictos con la ley, pero si yo pude encontrarle la vuelta, cómo no van a poder ellos", señaló Javier, quien ahora estudia la tecnicatura en minoridad pero desde los 16 años y durante una década purgó varias detenciones. "En el mismo barrio donde me crié, donde conozco a todos y me conocen los padres sigo trabajando para los chicos con otros nueve coordinadores: Javier, Yanina, Milton, Cristián, Laura, Mónica, Juli, Sofi y Mauri. Acá no hablamos de inclusión: directamente nos juntamos, la idea es jugar. Nenas, nenes, con cualquier camiseta, todos juegan. Con la de Central, de Newell"s, de River, de Boca... Y con la únicas zapatillas, porque uno los ve con zapatillas de marca y a simple vista parece una ventaja. Pero es la única: para ir a la escuela, para salir, para patear", explica Javier.

"Hey, pasala Advíncula", pide uno. "Dale Pinola", grita otro. "Cambio referí", ordena alguien más. "Choco, pateá, pateá", se escucha que le dicen a Nicolás Salinas, de 15 años, al que todos apuntan como uno de los mejores. Otro más es Elías: un defensor de 14 años. Sólo dos de los tantos talentosos que pasan desapercibidos en uno de los potreros de la ciudad.

Al angulo

A Nicolás Salinas, de 15 años, lo apodan Choco. El entrenador dice que tiene el estilo del Chelo Delgado: "Juega en toda la cancha, es veloz y aguerrido". Otro que la "rompe" es Elías, de 14 años: "Una especie de Patrón Bermúdez".

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