Opinión
Miércoles 29 de Junio de 2016

Una elección sin ganadores

España. Es remota la posibilidad de que fuerzas políticas con tantas diferencias ideológicas puedan formar gobierno.

Hasta hoy, a cuatro días de la elección general, lo más notable es que no se sabe quién gobernará en España. La división política del país, fomentada por las ideologías de políticos y votantes, es intensa y profunda.

El conservador Partido Popular (PP) volvió a ganar, pero no en números suficientes para tener mayoría, y Mariano Rajoy ha resistido los embates de la izquierda y ganado las elecciones por tercera vez consecutiva, sumando más votos. Pero su permanencia al mando del gobierno no está garantizada y depende de los acuerdos a los que pueda llegar con otros partidos que han dicho que no pactarían con el PP o directamente que le vetarían.

El Partido Socialista Obrero Español (Psoe) conservó su lugar como segunda fuerza política del país, sorprendiendo a quienes creían que sería superado por la coalición Unidos Podemos. Los sondeos de salida lo daban como la alternativa de izquierda preferida. Pedro Sánchez perdió su oportunidad de ser el presidente de gobierno, aunque todavía tiene margen para negociar alianzas e imponer condiciones al Partido Popular en el gobierno.

El gran derrotado ha sido Unidos Podemos, que no solo perdió un millón de votos con respecto a la elección de diciembre, sino que su anunciado ascenso a la primera opción de la izquierda en España se desplomó con fuerza. El peso de la derrota cae sobre Pablo Iglesias, quien le apostó a la coalición con una izquierda aún más radical y perdió. A Ciudadanos, la alternativa joven para los conservadores, tampoco le fue nada bien. Perdió diputados y votos.

La probabilidad de lograr un acuerdo efectivo entre fuerzas políticas tan separadas ideológicamente se ve difícil. Si se lograra formar gobierno, tendría que ser mediante una alianza artificial cuyo resultado más probable sería la parálisis gubernamental.

Otra alternativa, tan inútil como desgastadora, sería ir a una tercera elección. Si de algo me he percatado durante las dos últimas semanas que he estado en España, es del hartazgo de la ciudadanía con los políticos. No en balde la abstención ha sido tan alta este domingo.

La gran ironía, sin embargo, es que en España rige una monarquía constitucional parlamentaria cuya ventaja central frente a un régimen presidencialista reside en que, dada su mayor representación del conjunto social, las decisiones de gobierno deben ser consensuadas. Y es precisamente por la necesidad de llegar a consensos por lo que, enfrentado a una crisis, el gobierno tiene mayor capacidad de respuesta. El gobierno parlamentario favorece el trabajo en equipo muy por encima del sistema presidencialista.

Así sucede, por ejemplo, en Alemania, donde los ciudadanos aprendieron la lección de la República de Weimar y los horrores que le siguieron cuando la ideología y la sinrazón dictaron la realidad. Hoy, el sistema se ha despojado de la ideología y los partidos gobiernan por el bien común.

En España tendremos que esperar a que prevalezca la razón y no se cumpla lo que Rubén Amón escribió hoy lunes en El País: "Quiere decirse que amanecimos en diciembre con un Parlamento a la italiana, pero arraigado en la mentalidad española del sectarismo. No ha habido flexibilidad en las posiciones. Y se ha antepuesto el interés propio sobre la emergencia colectiva, no ya dando la razón a Giulio Andreotti cuando decía que a la política española le faltaba finura (finezza), sino retrotrayéndonos al cuadro de Goya de ‘La riña a garrotazos', un español de sangre espesa que pelea contra otro español de sangre espesa, sepultados ambos de barro hasta las pantorrillas como alegoría del inmovilismo". Amón termina su artículo citando a Antonio Machado, "Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón". ¿Será así?

Comentarios