Edición Impresa
Sábado 06 de Febrero de 2010

Una, dos, muchas Vigil

Salí de casa el otro día y me pasó lo que nos pasa a todos. Apenas traspuse la puerta de mi edificio, lo primero que vi fue a un pobre tipo revolviendo entre la basura del container.

Salí de casa el otro día y me pasó lo que nos pasa a todos. Apenas traspuse la puerta de mi edificio, lo primero que vi fue a un pobre tipo revolviendo entre la basura del container. Después, ya en el bondi, el viaje de ida al laburo estuvo matizado por una figura nueva en Rosario: los vendedores de cualquier cosa que apuestan a la lástima de los potenciales compradores. Pobres tipos también: nada parece serles más ajeno que el futuro.
No quiero hacerla larga: lo que digo es que la pobreza empieza a tornárseme insoportable. Si yo fuera uno de esos muchachos que viven en lujosos countries y a quienes el mundo les importa poco (lo único que parece preocuparlos es que la 4x4 ande bien), entonces pediría mano dura. Pero yo no vivo en un country ni quiero hacerlo. Y no tengo auto.
Lo que digo es otra cosa: hay que hacer algo ya. Y como los individuos aislados carecen de posibilidades reales y el llamado “mercado” tiene un interés equivalente a cero por estas cuestiones, la única alternativa es que intervenga el Estado. Aunque no con subsidios, que salvan del desastre a muchos, pero al mismo tiempo destruyen la cultura del trabajo y disparan el clientelismo hasta el infinito. No: con subsidios, no. Basta de limosnas. Hace falta entrar en los núcleos de la miseria y lograr que quienes sobreviven allí recuperen el respeto por sí mismos. Hay que incluirlos. Hay que integrarlos.

Tiempo atrás, leía un reportaje al arquitecto catalán Toni Puig, bien conocido en Rosario, donde contaba el modo en que la ciudad colombiana de Medellín enfrentó los elevados índices de delito. Tras haber determinado cuáles eran los puntos más peligrosos de la geografía urbana, se creó en cada uno de ellos una gran biblioteca, centro cultural y ludoteca, donde no sólo se llevaron grandes cantidades de libros sino que también se dictaron y dictan talleres y cursos gratuitos de toda clase. La brillante consigna que se aplicó era: “En el peor lugar, lo mejor, y hecho de la mejor manera”. La tarea no fue fácil, por supuesto, pero las estadísticas comenzaron a mostrar un descenso notorio de los índices criminalísticos, que llegaron a caer entre un 30 y un 40 por ciento al año. No suena ilógico: la gente había recuperado su amor propio.

Aquí, en Rosario, existió una institución excepcional de la cual muchos aún conservan memoria: la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil. Enclavada en el corazón de uno de los barrios de mayor tradición de la ciudad, Tablada (hoy jaqueado por el delito), la Vigil nació por el impulso de un grupo de tipos entrañables, que trabajaron como locos y terminaron dándole forma a una utopía.
Años más tarde, la Vigil era un foco de irradiación de cultura que no sólo alcanzaba con sus rayos al barrio nativo sino a toda la ciudad, y también al país y América Latina. Una gran escuela primaria y secundaria y una editorial notable con un catálogo de alto vuelo eran puntales de un proyecto que se convirtió en ejemplo para todos.
Sin embargo, los militares asesinos y sus cómplices civiles y eclesiásticos (fueron muchos) no podían tolerar tanta libertad, generosidad y talento, no podían admitir que ese emprendimiento de alma cooperativista creciera como había crecido. Y como tantas otras cosas maravillosas, lo aplastaron con sus botas y lo destruyeron.
Pero el recuerdo no muere.

Apelando a una legendaria consigna del Che Guevara, aunque rectificando su contenido bélico, yo creo que hoy en Rosario hacen falta una, dos, muchas Vigil. Y que es el Estado quien debe crearlas y sostenerlas.
Hay que llevarle libros a la gente.
Hay que enseñarle albañilería, plomería, carpintería, idiomas, literatura, teatro, ajedrez, plástica, periodismo, historia argentina y mundial, cine, astronomía, geografía, física, higiene hogareña, primeros auxilios, mecánica automotriz, cocina. Hay que mostrarle cómo aprovechar los recursos que tiene a su alcance. Cómo sembrar en un pedazo de tierra. Cómo manejar una PC.
Hay que darle oportunidades.

Cuando Sarmiento se convirtió en presidente, en 1868, el índice de analfabetismo en el país trepaba a un espeluznante 77,5 por ciento. Pocas décadas más tarde, gracias a un esfuerzo monumental liderado inicialmente por el sanjuanino (que tenía muchos defectos, pero trabajó más que nadie), se había reducido a un 22 %. Ese es el poder de transformación de la realidad que tiene el Estado cuando encara la tarea con decisión absoluta.
Y a la pobreza dramática que nos rodea hay que enfrentarla ya. Con una, dos, muchas Vigil para Rosario.

Muchas.

Comentarios