Opinión
Viernes 11 de Noviembre de 2016

Una democracia enferma

Trump presidente. El triunfo del controvertido millonario pone en jaque al sistema político de los Estados Unidos.

Terminó la última función del circo político que fue nuestra campaña presidencial. Piadosamente bajó el telón. Por fin. Los votantes norteamericanos se pronunciaron. Pero esta vez lo decimos sin orgullo, alegría o esperanza. Millones demostraron hallarse profundamente enajenados no sólo del proceso político, sino de la realidad misma, lo cual es más alarmante. Haber escogido a un demagogo barato como Donald Trump como su candidato presidencial fue un fallo histórico del Partido Republicano. Pero más grave y decepcionante ha sido que tantos votantes lo hayan encumbrado a la Presidencia.

Las opciones que teníamos los electores no eran edificantes. Una era extirpar un cáncer de nuestra democracia llamado Donald Trump. La otra evitar que, si brotaba, como en efecto ha brotado, ese cáncer hiciera metástasis. Para extirparlo no teníamos otro remedio que llevar a la Presidencia a una política de carrera con más impedimento que un ejército. Hillary Clinton era una candidata tan deficiente y poco carismática que invariablemente había que colocarle al lado a un Lebron James, a una JLO, a una Barbra Streissand o a un Vicente Fernández para arrancarles sonrisas y aplausos a sus audiencias. Hasta su esposo, Bill Clinton, cabeceó durante el discurso en el que la candidata demócrata aceptó la nominación de su partido en Filadelfia en julio. Sólo quienes hemos padecido en carne propia a tiranos carismáticos sabemos apreciar a un político aburrido.

Donald Trump no es aburrido. El cáncer nunca lo es. Y él es un cáncer que le salió a nuestra democracia porque es un demagogo incorregible que en su persona reúne muchos de los prejuicios estúpidos que aún frenan el progreso de este país. Es racista y xenófobo. Lo manifestó sin pudor en sus ataques implacables a los mexicanos y en sus comentarios prejuiciosos sobre musulmanes y judíos. Mientras pudo se negó a repudiar a David Duke, el Ku Klux Klan (en el que militó su padre Fred Trump) y a otros supremacistas blancos. Es un machista de la peor estirpe, la depredadora. Y lo dejó bien claro en sus comentarios vulgares sobre mujeres, los que precedieron a la campaña presidencial, como los que aparecieron en una grabación de 2005 y los que profirió durante la campaña, como sus groserías sobre las periodistas Megyn Kelly y Arianna Huffington y sobre la actriz Alicia Machado. Por lo menos una docena de mujeres lo acusaron de haberlas manoseado y asaltado sexualmente.

Trump también es un cáncer para nuestra democracia porque atacó su esencia misma, al cuestionar sin pruebas la imparcialidad y confiabilidad de nuestras elecciones con la aviesa intención de agitar las pasiones de sus seguidores ofuscados y allanar el camino para repudiar cualquier resultado que le fuera desfavorable. Lo es, además, porque prefiere los insultos al intercambio de ideas con sus adversarios. Y lo es porque desprecia el periodismo libre, espina dorsal de cualquier sistema democrático. Poco después de debutar como candidato expulsó de una rueda de prensa a Jorge Ramos, periodista emblemático de Univisión. A menudo alimentó la furia de sus partidarios contra todos los periodistas. Se peleó con los principales medios nacionales, desde las cadenas Univisión, CNN y Fox, hasta los diarios Washington Post y New York Times. Durante meses les negó a sus corresponsales credenciales para que tuvieran acceso a su campaña. A la inmensa mayoría nunca les concedió una entrevista. Y en declaraciones sin precedente en la historia moderna de nuestras contiendas presidenciales, amenazó con tomar represalias, si ganaba la presidencia, contra empresarios que no le apoyaban y contra su rival Clinton.

Los norteamericanos no logramos extirpar el cáncer. Pronto Donald Trump encabezará a los nuevos líderes del país que tendrán la tarea improbable de sanar las heridas que él mismo abrió o exacerbó. Las células cancerosas que propagó no desaparecerán del tejido social de la nación por arte de magia. Alguna forma de quimioterapia será necesaria. Los nuevos dirigentes gobernarán en medio de profundas divisiones y un clima político enrarecido, en el que los norteamericanos hemos vuelto a recelar unos de otros como no sucedía desde los años 1960, cuando hubo que imponerle a la fuerza el respeto a los derechos civiles a una mayoría racista y xenófoba. Hoy perdió una batalla el sentido común, aunque por escaso margen. Y eso no augura nada bueno para mañana.

Daniel Morcate / El Nuevo Heradl (Miami)

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