Educación
Sábado 27 de Agosto de 2016

Una caricia, caminar por Rosario

"El gran desafío es ir transformando esa curiosidad muy inicial en hábitos del pensamiento", propone la investigadora Melina Furman para favorecer el desarrollo sistemático del conocimiento científico.

Como una caricia al alma, todas las semanas me procuro un encuentro que vivo como ritual y que se ha convertido en un paseo irrenunciable para mí: caminar desde Oroño hasta el margen del río y devorar con mis ojos, por sobre todas las cosas, a la gente, a los rosarinos, que son parte del paisaje. Jóvenes enamorados prodigándose besos y caricias; gimnastas solitarios y no tan solos, acelerando sus latidos; las alimentadoras de los gatos que convocan a esa comunidad gatuna salvaje que agradece el esfuerzo; perros arrastrando a sus dueños por todo el espléndido lugar que parece infinito; estudiantes disfrutando mates, sol, compañía o soledad con un libro que por momentos los abstrae de esta belleza geográfica. También tribus urbanas que no alcanzo a conocer, pero allí, al sol o iluminados por la luna, están, juntos, haciendo acrobacias, vendiendo productos o sólo permaneciendo, como postales vivientes: cada uno es apreciado por los otros como parte del todo.

   Es Rosario, mi cuidad, cuya arquitectura, vaya donde vaya, me reserva sorpresas y visiones que sacuden los sentidos, como recorrer años de nuestra historia apreciando los estilos de las fachadas de las viejas casonas.

   Al final del recorrido, entro en esa magnífica casa respetada por el avance de las construcciones posteriores, ubicada en Paraguay y Wheelwright, Café Basquiat. Entre sus manjares, elijo siempre el mismo pan casero, enorme, tosco y lo saboreo aún caminando, mientras murmuro: "Sos hermosa Rosario, te adoro".

Valeria D'Alleva / Docente - Especial para Educación

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