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Domingo 06 de Diciembre de 2015

Un tratado sobre el amor

Rémora, de Sebastián Riestra, rompe con las modas y recupera la subjetividad amenazada sin perder rigor formal ni precisión elocutiva.

Situarse por fuera del tiempo presente —ser anacrónico— no siempre se debe a un exceso de conservadurismo o apego a las tradiciones. También puede ser la consecuencia de un acto deliberado, que busca escapar de todo aquello que el presente impone de manera monolítica y sofocante, muchas veces a través del imperio acrítico de la moda.

Y si bien este vocablo refiere, en principio, al mundo de las vestimentas y los oropeles, su uso —la eficacia de su uso— ha hecho que pudiera extenderse a infinidad de mundos o de ámbitos donde se despliega la actividad humana. Diríase, en tal sentido, que no hay área de la vida social donde no pueda hablarse de modas, entre ellas el arte, la literatura y la poesía.

Por paradójico que suene, también en estos campos del quehacer humano puede hablarse de modas. Que seguramente se ubicarán a nivel de las prácticas meramente epigonales o reproductivas, pero ello no le resta importancia a la cuestión: se trata, más bien, de lo contrario. Porque que, en poesía por ejemplo, pueda decirse que existen determinadas modas, habla de un estado no sólo de saturación del campo, sino además, y fundamentalmente, de la imposición de determinados modos de escribir —determinadas poéticas— que limitan las posibilidades expresivas, regulan las propuestas retóricas, circunscriben el universo lingüístico y verbal de los discursos, y sancionan cómo debe escribirse y cómo no en un determinado momento de la historia.

En nuestro país, la poesía sufrió la hegemonía, en las últimas décadas, de determinadas corrientes como el objetivismo, el minimalismo, el coloquialismo o el realismo —acaso distintas denominaciones de un mismo fenómeno—, que prescribieron cómo debían escribirse los poemas. La fórmula exorcizaba todo intento de emotividad lírica, de efusividad de las pasiones, de narrativas del yo que pudieran leerse como retornos peligrosos del romanticismo, para afirmar la necesidad de una palabra despojada de retórica, de figuras, de juegos y despliegues verbales, operando como austera representación de una realidad objetual que —se creía— debía hablar por sí misma.

No es necesario recordar los efectos empobrecedores que semejante hegemonía produjo en la poesía argentina reciente. Más vale señalar, como valiosa contraparte, la actitud de poetas que, conscientes de los riesgos que semejante prédica comportaba, optaron por otras vías, inscriptas en distintas perspectivas conceptuales y prácticas, pero que partían del común denominador que suponía la (re) valoración de la palabra poética.

Entre esos poetas se cuenta Sebastián Riestra, que nos acaba de entregar Rémora, editado por Ciudad Gótica. Felizmente, Rémora es todo lo contrario de lo que reclama el canon imperante en la poesía argentina de las últimas décadas. Lo es porque se permite asumir el discurso poético como un discurso altamente subjetivo, que habla de aquello que siempre habló la poesía, desde tiempos milenarios e inmemoriales: el amor.

Rémora es, de cabo a rabo, un relato, pero también un tratado, poético, desde ya, acerca del amor. Un poemario que cuenta una historia, la de una pérdida, y la de la terca evocación de lo perdido, al tiempo que reflexiona, poéticamente, respecto de lo que significa amar, y escribir además sobre el amor: "Ya no escribo más, sólo transcribo. / Abro el pasado / y leo", dice el poema 29 de la primera parte del libro.

Los poemas, de tal modo, narran, recurrentemente, algo que fue pero no es; algo del orden de la falta y de la ausencia. Allí, en esa instancia de la falta que angustia, desvela y obsesiona, la poesía adviene como una construcción verbal caracterizada por el rigor formal y la precisión elocutiva, que siendo sobria, no anula al sujeto, y siendo calma, no impide el flujo de la pasión y la manifestación de afectos y emociones.

No sería incorrecto calificar a Rémora como otro texto donde se manifiesta la frondosa genealogía del discurso amoroso. Genealogía a la que ciertas apetencias à la page pretenden, vanamente, erradicar. La renuencia —cuando no resistencia— de la poesía recientemente canónica en el país respecto de hablar de estas cuestiones, exponer estas dimensiones de la subjetividad poética, no debería entenderse meramente como un asunto estético. Lo es, cuando entendemos que lo estético —la poética— no es más que la manifestación de determinadas concepciones y posiciones políticas.

Así, el cinismo, la actitud desencantada de la poesía canónica, deben leerse en clave política: son, brutalmente, la manifestación de un espíritu que no desea la modificación del actual orden de las cosas. Por ello esa poesía no pretende lograr nada por medio de sus palabras, dado que la dimensión y los aspectos pragmáticos del habla es algo de lo que abjuran y descreen.

Rémora, por el contrario, cree en el poder de las palabras porque está en las antípodas del cinismo y el desencantamiento, aunque no haga más que destilar su incesante dolor; y por ello puede afirmar, con convicción, como lo hace en el poema 48 de la primera parte. "Lo que escribí lo escribí / para que no fueran palabras".

Sebastián Riestra. Rémora, que llevó diez años de elaboración, es su quinto libro de poesía y la continuidad de Romero, publicado en 2005.

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