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Domingo 18 de Septiembre de 2016

"Un tiempo en la lona..."

Cómo escribe: un fragmento de La uruguaya

Muchas noches pasaba eso. Me quedaba despierto boca arriba, sintiéndote respirar y escuchando la gota que empezaba a sonar como a las dos de la mañana y que nunca supimos dónde caía, parecía el ruido exacto del insomnio, la gota del inconsciente. Lo más irritante era que no fuera regular, era impredecible, y se estaba acumulando en algún lado, formando seguramente un charco, una humedad, pudriendo el yeso, el cemento, debilitando la estructura. Me tenía que ir al sillón del living, navegar un rato más en internet, quedarme dormido ahí, después volver a la cama derrotado. Porque supongo que tenías razón, estaba derrotado, no sé bien por quién ni por qué, pero me regodeaba en eso. «Estuve un tiempo en la lona, del desatino fui amante...», dice una canción que canté borracho esa misma tarde. Me derroté a mí mismo supongo. Mi monólogo mental, mi tribuna contraria. Cuando no escribo ni trabajo sube el volumen de las palabras dentro de mi cabeza y me van inundando. Crecían dudas como enredaderas, me iban rodeando. Me preguntaba con quién te estarías viendo. Esas llegadas tarde tan arreglada y cansada después de reuniones y cocktails de la fundación... Y esos cambios sutiles: antes rara vez estabas depilada, ahora te sentía las piernas suaves cada vez que te rozaba en la cama. Se me llenaba la cabeza de preguntas. ¿Te estabas cuidando y arreglando para alguien que no era yo? ¿Y dónde se veían, Cata? ¿En telos? Nunca fuiste muy de telos, y quizá eso mismo te daba morbo. Me preguntaba quién podía ser, y no tenía pistas, algún miembro del directorio quizá. El triángulo de tu pubis siempre tan setentoso y arbustivo de pronto apareció podado, reducido, un poco más agudo. Para la bikini, me dijiste, y es cierto que era diciembre y se acercaba otro verano de invitaciones a piletas y jardines. Fuiste al ginecólogo y te curaste la candidiasis, que te hacía tener un olor fuerte y me hiciste tomar el mismo medicamento por si yo también lo tenía. ¿Nos estábamos curando los dos para tu amante? Se acumularon esas llegadas tarde, después de comer, a la una, a las dos de la mañana, y te oía desde la cama en el baño dejando correr mucho el agua, mucha actividad de jabón, sacándote el maquillaje, bidet, cepillo de dientes. Estoy casi seguro de que volviste a fumar, ¿con quién? Casi podía verte en terrazas con una copa de champagne en la mano y un cigarrillo, tu estilo de fumar, tu sonrisa. Eso borrabas en la escala técnica del baño. Una vez hasta te duchaste antes de meterte en la cama. Te sentí una noche una colonia fuerte, pero soy muy maniático con los olores, hipersensible, y puede ser que fueran los besos de saludos en la cena de fin de año. ¿Dónde estaba tu corazón entre todos esos cardiólogos? Te cerraste más, te escondiste dentro tuyo y me escarbaste para encontrarme algo. Cuando me embarullaban mucho los celos me daban ganas de escribirte un mail instructivo con algunos consejos para ser amante: no solo tenés que estar depilada y prolija, tenés que guardar una bombacha limpia de repuesto en la cartera, usar el bidet antes y después de cada polvo, controlar la obsesión, postergar la cita cuando estás menstruando, bloquear el celular. Las amantes no menstrúan. Ni llaman por teléfono al amado, ni hacen regalos, ni muerden en la cama ni usan rouge ni perfume. No dejan huellas en la superficie del cuerpo. Sólo queman a fuego en el placer. Activan el sistema nervioso central, lo encienden por dentro. Qué iluso. No tenía idea de nada y me hacía el superado, el veterano. Por suerte nunca te escribí. Mastiqué mis dudas, mis inseguridades. Era mi actitud de desempleado, de tipo que no provee, mi impotencia de macho cazador, pidiéndote si podías hacerme una transferencia, pidiéndole medio en secreto diez mil pesos a mi hermano mientras él hacía el asado, y esas planillas Excel que tanto te gustaba hacer, mis números en rojo, mi deuda creciendo. No era muy erótico el asunto, lo admito. Y es cierto que ya Mr. Lucas estaba un poco más viejo, menos atractivo. O por lo menos yo me sentía así. Vencida la columna, más prominente mi rollo de flaco con panza, algunas canas en la cabeza y en el pubis, y la pija que casi de un día para el otro se me torció, se me curvó levemente hacia la derecha, como si se me enloqueciera la brújula y abandonara el norte para apuntar un poco al este, hacia la Banda Oriental. Eso me pasaba sobre todo, tenía la mente en otro lado. Y a veces cuando llegabas me descubrías mirando el atardecer en el balcón agarrado como un preso de la reja que pusimos cuando Maiko empezó a caminar. La vibración del barco me adormeció. Volví a abrir los ojos: había salido el sol sobre el río. Ya estábamos cerca de Colonia. Mi teléfono enganchó señal y me entró el mail de Guerra contestándome: «Dale. A las dos. Mismo lugar que la otra vez.» Entonces dije su nombre, para mí, contra el vidrio, mirando el agua que brillaba como plata líquida: —Magalí Guerra Zabala. Lo repetí dos veces.

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