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Sábado 27 de Marzo de 2010

Un solo mundo

Es viernes a la noche en Montevideo. Ando por la Ciudad Vieja, quiero comer algo y no me interesa entrar a ningún restaurante pensado para turistas del Primer Mundo, de esos que ofrecen platos en tres idiomas y donde un vino decente puede costar medio sueldo.  

Es viernes a la noche en Montevideo. Ando por la Ciudad Vieja, quiero comer algo y no me interesa entrar a ningún restaurante pensado para turistas del Primer Mundo, de esos que ofrecen platos en tres idiomas y donde un vino decente puede costar medio sueldo.
De pronto, a mi costado izquierdo surge la inspiración. Dos escalones abajo, una casa antigua abre sus puertas sencillas. Parece una pizzería. No lo dudo y entro. Estoy salvado.
El mozo del Tasende (así se llama el boliche) está más ocupado que el arquero de la selección de Madagascar en un partido contra Brasil. Pero en el medio del ajetreo, cargando platos y porrones, se hace tiempo para escucharme. Cuando llega la jarra de medio litro de rosado fresco, con una copa sorprendentemente elegante, parece una bendición. Perdón, no parece. Es.
(A mi alrededor no hay extranjeros: son todos evidentes montevideanos. Allá, una mesa de ocho luce diversidad generacional: desde la pareja de veinteañeros hasta los de treinta con el chiquilín en brazos, el río desemboca en los de cincuenta largos y el setentañero que sonríe debajo del bigote. Conversan. Toman Pilsen. Tienen tiempo y también paz).
Después de devorar la primera muzza con anchoas veo que el local está lleno. Enfrente se sentó una parejita con poca plata: comparten una Coca de medio litro y comen fainá. Se sonríen. Ella tiene pantalón rosa, cartera y pañuelo en el cabello al tono. Más allá, dos notorios hombres de la noche beben su Patricia (es otra cerveza, más liviana y sabrosa que la Pilsen). Entonces entran ellas. Son varias, veteranas, y no hay mesa. Pero en la mía sobran sillas. Hago un gesto con la mano derecha.
Se sientan, nos presentamos. A mi derecha está Emma, sesentipico. Charlamos.
“Con mi marido hicimos de todo. Fuimos empleados y patrones, eso no importa. Hay que saber estar en todos los lugares. Lo esencial en la vida pasa por otro lado”. Me habla de sus tres hijos y del restaurante que regentearon con su esposo (“estuvo muy enfermo pero ya está bien”), me cuenta que noches atrás un pariente de dinero los invitó a comer al bistró más elegante de la ciudad y gastaron una fortuna.
“–Hay que ser uno mismo en todas partes, ¿entiendes?
–Pero tú pareces más feliz acá, comiendo pizza con la mano.
–¡Ah, claro!”.

Domingo por la tarde en Montevideo. Después de vagabundear por la feria de Tristán Narvaja, entre libros usados y vinilos de los años setenta, termino en La Papoñita, lugar con historia. El mozo me cala enseguida y me recomienda la mejor opción: “Chivito (así le dicen al lomito) simple, nomás. Viene con mucha mercadería, es barato y abundante. Y además, yo te traigo un par de extras. ¿Cerveza?”. No, vino. Rosado, por supuesto. “Ya vuelvo”.
La charla surge otra vez con espontaneidad absoluta. Se presenta (“Carlos”), sabe de Rosario, pone la salsa tártara sobre la mesa, menciona a Olmedo y el Negro Fontanarrosa, echa vino en la copa. Y ante mi pedido de asesoramiento sobre bares típicos, me hace de inmediato una lista y agrega su teléfono personal, el de la casa de su madre en Carrasco y el de La Papoñita. “Y ahora te traigo algo especial. Quiero que recuerdes este día con afecto”.
En instantes llegará un ristretto (café a la italiana, fuerte y sabroso) preparado con sabiduría con sus propias manos. Invita la casa. Después viene otro. Y otro. Dejo el bar feliz, pero con una acidez estomacal terrible.

Este poema fue escrito en la mesa de un bar montevideano:

 

Uruguayos

A Emma Ramos y Carlos Ford

Ellos no van
a lugares de turistas. Ellos se quedan
mirando la ciudad
desde un lugar
desnudo de mentiras. (Son libres
y saludan a la noche,
donde late el corazón
del amor). Ellos
no van
a bares con menúes
en portugués, inglés
y castellano. Ellos se sientan
a la mesa de la vida
y comen pan, toman
vino y dan ternura. (Ellos y ellas
son los uruguayos: son
los felices, los altos,
los celestes. Son el pueblo
desnudo y solidario. Son
lo que tienen, la tierra
entre las manos). Hay que aprender,
y es mejor de los que saben. Hay
que cantar, y hacerlo
en compañía. Hay que encontrar,
y buscar más todavía. (Ellos conocen
el nombre de su hermano. Ellos cocinan
la receta de la abuela. Ellos están
en la vereda correcta
y nosotros nos cruzamos
de calle). Ellos
son nuestros, nosotros somos ellos: ya
es hora de escribirlo
en la mirada. Ya
es tiempo de juntar lo que está unido
y hacer un solo
país de un solo mundo.
 

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