El Mundo
Lunes 28 de Noviembre de 2016

Un soliloquio de Fidel anticipó el final de José María Aznar en 2004

hlNo aparecerán aquí aspectos no dichos sobre el asalto al Moncada, o del tanque que condujo en bahía Cochinos en persona, o de la primera conversación con el Che en la calle José Emparán en el DF mexicano. Esta es ap

No aparecerán aquí aspectos no dichos sobre el asalto al Moncada, o del tanque que condujo en bahía Cochinos en persona, o de la primera conversación con el Che en la calle José Emparán en el DF mexicano. Esta es apenas una anécdota modesta que me impresionó y no he olvidado. La única que vez que fui a Cuba fue en marzo de 2004. Era un viaje de 16 días con dos amigos periodistas de Rosario, David Narciso y el Toto Verna. El 11 de marzo mientras desayunábamos en un bar de La Habana, la televisión pasaba imágenes de un atentado incierto en España. El reporte mencionaba la mayor estación de trenes de Madrid. No estaba claro qué había pasado pero parecía grave.

Después de desayunar nos fuimos en micro a Varadero. Llegamos y nos alojamos en un cuarto de hotel en un edificio bajo que hacía acordar a los monobloques del barrio Rucci. Antes de salir para la playa prendimos la TV un minuto para averiguar lo del atentado. Nos enteramos de que habían sembrado diez bombas en la estación de Atocha. Los reporteros españoles decían que había cerca de 200 muertos y que el gobierno anunciaba que era obra de ETA.

Terminó el informe y la televisión cubana puso una entrevista en directo a Fidel Castro. Acababan de condecorar a una militante comunista chilena muy anciana y Fidel había dado una entrevista a una periodista llegada desde Chile. No fue un diálogo sino un monólogo. Un monólogo fascinante, más allá de adhesiones o antipatías al hombre de uniforme verde oliva. Queríamos conocer ese mar azul del golfo de México que habíamos visto desde el ómnibus pero el soliloquio de ese hombre no nos dejaba acercarnos a la playa.

Del borbotón de palabras sólo conservo un pasaje que revivo de un anotador. Era la tarde del mismo día del atentado. Castro dijo que el gobierno español sabía perfectamente lo que había pasado en Atocha. Que los 200 muertos no eran obra de ETA, como había confirmado el Ministerio del Interior, sino de Al Qaeda en represalia por el envío de tropas a Afganistán. Dijo que esa torcida malicia no le evitaría a José María Aznar, cómodo favorito para las elecciones a disputarse tres días después, una segura salida del gobierno. Tres días después los españoles votaron mayoritariamente al PSOE y José Luis Zapatero fue electo presidente. "Recuerden lo que digo aquí hoy, que es jueves. ETA no tiene parte en estos ataques y el señorito Aznar inicia el domingo su salida del gobierno".

En retrospectiva puede parecer un pronóstico previsible. Ni por asomo lo era. Todo el mundo daba entonces por cierta la versión de ETA y nadie habría apostado un pimiento por el PSOE perdedor en todas las encuestas. Fidel intuyó todo a las pocas horas. Acertó del mismo modo que había vaticinado que vería retirarse a los sucesivos presidentes norteamericanos que pretendían eliminarlo. Durante su mandato vio entrar y salir a once. Apenas un recuerdo de su mirada profunda geopolítica, de ese ecumenismo cada vez más infrecuente en líderes políticos, de ese carisma que nos obligó a sentarnos en los sillones raídos de ese departamento hasta olvidarnos de la playa. Cuba nos produjo contradicciones, discusiones incesantes y contrastes personales. Pero a ese hombre nosotros lo quisimos.

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