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Domingo 14 de Agosto de 2016

Un rosarino universal

José González Castillo, padre del gran Cátulo, fue autor de tangos antológicos como Sobre el pucho, Silbando, Griseta y Organito de la tarde. Pero también brilló en el teatro y fue un hombre de acentuadas convicciones políticas. Una rigurosa biografía escrita por un historiador local pone de relieve su olvidada figura

José González Castillo es bien conocido por los hombres de tango no sólo por haber sido el padre del gran Cátulo Castillo sino por haber compuesto joyas del dos por cuatro como como Sobre el pucho, Silbando, Griseta y Organito de la tarde.

Sin embargo, la figura de este destacado rosarino que nació en 1885 y falleció en 1937 se proyecta sobre otros universos: también fue dramaturgo, director de teatro y libretista de cine. Entre el centenar de obras teatrales que escribió se destacan El parque, La mujer de Ulises Luiggi, La serenata, Los invertidos, La mala reputación, escrita en colaboración con José Mazzanti, y Los dientes del perro, con Alberto T. Weisbach. Pero también es reconocido por su ideario libertario y su preocupación por los trabajadores, traducida en militancia política y sindical concreta y fructífera. González Castillo fundó la Universidad Popular de Boedo, la segunda universidad popular de Argentina, donde estudiaron miles de alumnos durante más de veinte años. En su homenaje se le dio su nombre a la esquina sudeste de San Juan y Boedo, en Buenos Aires

Sobre tan atractiva y multifacética figura ha posado su vista el historiador y especialista del tango local Lautaro Kaller, autor de una reconocida obra sobre el género en Rosario. Kaller, tras un largo trabajo de investigación que incluyó una minuciosa documentación, escribió una biografía de González Castillo, Un árbol en llamas, que acaba de ser publicada por UNR Editora y mereció un prólogo del gran Osvaldo Bayer.

A continuación, un capítulo del libro, que se presenta este jueves en el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa.

Al comenzar el nuevo siglo, Rosario se erigía en la ciudad pujante que canalizaba las redes de producción de la Pampa Húmeda. Con el plus de no haber sido en el pasado una ciudad colonial, recibió el impulso de la modernidad transformándose en una urbe económicamente ágil y activa.

El movimiento mercantil permitía, además, el desarrollo de un mercado de trabajo propicio para absorber los expulsados (económicos y políticos) de Europa y la campaña argentina. Y como contrapartida, el movimiento obrero alcanzaba allí un grado de afianzamiento y combatividad tal que durante el período 1899-1902 a la ciudad se la llamó "la Barcelona argentina".

En esta ciudad donde todo estaba por hacerse, José González Castillo pudo dar curso a su gran vocación: las letras.

Al poco tiempo de llegar, ingresó a trabajar en el diario La República y allí se produjo un hecho verdadero punto de inflexión en su vida: conoció a Florencio Sánchez.

El escritor uruguayo estaba en Rosario contratado por ese periódico que dirigía Emilio Schiffner, personaje controversial que jugaba cartas en la situación política de la provincia. Tanto que era vicepresidente del Concejo Municipal y pretendía tomar trascendencia provincial para las elecciones que se harían en octubre de 1901. Desde el diario, Florencio y JGC formaron parte de la campaña en contra del candidato oficialista Rodolfo Freyre. El uruguayo firmaba una columna llamada "Desenvainen y metan. ¡Viva Freyre!", conjugando la voz con que el jefe de policía Octavio Grandoli ordenaba dispersar las movilizaciones, con el latiguillo con que se vitoreaba al hombre del Partido Autonomista Nacional.

Esta toma de partido conllevaba un riesgo. Mateo Booz, que por entonces también era periodista en La República, recordaría años más tarde que la situación de entonces era muy delicada, y habitualmente debían enfrentarse con grupos que se apostaban frente a la redacción para agredir a los periodistas.

Esta tensa situación derivó en un hecho lamentable. En un restaurante de la ciudad, mientras estaba cenando con Alberto Ghiraldo, Enrique García Velloso y el mismo Florencio, Schiffner ultimó a una persona que, aparentemente, había sido enviada por el ejecutivo provincial para matarlo. Cayó preso y Florencio se hizo cargo del diario.

Pero otro acontecimiento se conjugaría con el proceso eleccionario. Una agitada protesta obrera se desencadenó en el barrio Refinería, y en uno de los enfrentamientos con los manifestantes, el 18 de octubre de 1901 la policía de Grandoli asesinó al obrero Cosme Budislavich. Era la primera vez en nuestro país que balas policiales mataban a un proletario en huelga.

La ciudad se conmocionó y las organizaciones obreras desarrollaron una campaña histórica en reclamo del suceso.

JGC estuvo muy cerca de estos acontecimientos, tanto que el manifiesto de huelga fue redactado por Florencio. Fue allí, entonces, que tomó contacto con el ideario anarquista y así su vida pareció haber encontrado el sentido de sus rebeldías.

Con Sánchez frecuentaban la Casa del Pueblo, que se había constituido en el centro de difusión libertaria más importante de Sudamérica. Allí, la actividad cultural abarcaba tanto la representación de obras con contenido social o el dictado de conferencias, como la creación de una bolsa de trabajo y el funcionamiento de una biblioteca.

Para JGC, ese aprendizaje fue decisivo tanto en lo ideológico como en la comprensión de las posibilidades que las artes ofrecían para la divulgación y el enriquecimiento espiritual de los pueblos.

Desde entonces su militancia ácrata fue activa. Ya no habrá política de comité con cancha de taba, empanada y vino a cambio de la libreta de enrolamiento. Claro que esto le costaría penurias económicas y continuas detenciones.

No debe olvidarse que JGC aún no era mayor de edad y que fue en esa condición que formó parte del grupo de presos de la cárcel de encausados impelidos a realizar trabajos forzados en el parque de la Independencia. Sus manos, y las de tantos otros reclusos, fueron las que realizaron las excavaciones para el laguito y dieron forma a los montículos conocidos como La Montañita.

Mientras tanto, Schiffner fue liberado y volvió a la dirección del diario. Con esa nueva situación, en junio de 1902, Florencio y González Castillo adhirieron a una huelga de redactores y el director los dejó en la calle.

Siempre gracias a la mediación de Florencio, que era el talento reconocido, y algo así como la figura periodística rosarina del momento, pasaron al diario La Época.

Osvaldo Bayer y mucho tango

El próximo jueves, a las 19, será la presentación de Un árbol en llamas en el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa. El acto contará con la presencia del prologuista del libro, el destacado historiador y periodista Osvaldo Bayer, quien será acompañado por el "tangólogo" local Gerardo Quilici. Luego de las palabras, y como corresponde, habrá tango de la mano de los rosarinos Joel Tortul, Martín Tessa, Simón Lagier, Leonel Capitano y Carlos Quilici, y Agustín Guerrero (piano) y Juan Manuel Scalarandi (guitarra), de Buenos Aires. La entrada es libre y gratuita.

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