Central
Jueves 27 de Octubre de 2016

Un proceso que se juega todo al presente

Todo el trabajo que hizo Coudet hasta aquí quedó a remolque de 90 minutos: el partido con Boca por Copa Argentina.

Lo que era un proyecto deportivo a largo plazo hoy ya no lo es. El presente de Central se conjuga ahora en tiempo real. Porque todo lo bueno que se traía bajo el brazo hoy marcha a remolque de 90 minutos de juego: los del próximo miércoles, en Córdoba, frente a Boca por los cuartos de final de la Copa Argentina (alcanza con pegarle una ojeada al equipo con el que el Chacho ensayó ayer pensando en Huracán, ver página 5). Porque ese partido desembocará en el alimento natural y necesario para que las ilusiones no decaigan o, indefectiblemente, en el final de una etapa. Aunque parezca raro. Pero es el escenario que quedó planteado tras la derrota en el clásico, que seguramente no es la causa principal, pero que colabora. En el medio hay una amplia gama de condicionantes que llevaron a esto. Quizá cierto desgaste, pero fundamentalmente la magra campaña en el torneo local, en el que el Canalla deberá meter una remontada de aquellas en esto de creer que aún puede.

Apartarse unos metros de la situación y leerla con la frialdad necesaria implica un razonamiento lógico pero un tanto complejo de entender si se tiene en cuenta lo que fue el último año y medio futbolístico del equipo de Coudet. Ahí está lo raro. Fue tan solvente el andar canalla en el último año y medio que no cabe otra que aceptar el costado impiadoso y determinante que imponen los resultados en el fútbol argentino. Porque nada hacía presagiar hace unas cuantas semanas que la vida futbolística de Central quedara a expensas de lo que ocurra en un partido.

Con Coudet y un equipo con funcionamiento óptimo y convincente, al menos desde la propuesta, la dirección adoptada parecía caminar bastante cerca del ideal, aunque ahí también, y en este caso a favor, los resultados hacían de las suyas. Por eso el voto de confianza cuando el Chacho amagó irse tras la eliminación en la Copa Libertadores ante Atlético Nacional de Medellín. Por eso la renovación de la esperanza. Por eso la creencia de que, con algunos retoques y hasta variaciones de algunos postulados futbolísticos, lo que estaba por venir iba a transitar por la misma vereda.

Hoy esa vereda ya no es tal. De aquel proyecto que insinuaba extenderse en el tiempo a este partido "a todo o nada" contra Boca hay un abismo, una distancia insalvable según las consideraciones del propio entrenador, que fue quien se puso sus propios límites.

Y lo de las expectativas positivas no es un relato armado ni ficticio. En la previa, el armado del nuevo equipo alumbraba el sendero. Si hasta aun sabiendo que varios de los refuerzos quizá no cubrían en su totalidad algunas bajas que se habían dado no alcanzaron a opacar algunas sensaciones, que se potenciaron esencialmente con la llegada de Teófilo Gutiérrez. Y con esto no se intenta caer sobre la figura del colombiano y responsabilizar a otros tantos nombres que hasta aquí demostraron no estar a la altura de las circunstancias. Se menciona como parte del contexto.

Esa recuperación de la identidad futbolística, que desembocó en la pelea de todos los torneos que se disputaron, fue el mejor limpiacristales con el que se intentó fijar la vista allá lejos, sin siquiera pensar que acá cerca podían surgir contratiempos como los que aparecieron.

Corresponde también la lectura sobre si las relaciones humanas hoy gozan de la misma salud que cuando los triunfos llegaban uno tras otro, casi como consecuencia del juego de un equipo que parecía hacer más cosas buenas que de las otras. Pero esas son cosas de las que posiblemente se hable más adelante, si es que alguien considera que es necesario ponerles palabras. Puede ser Boca el último partido de Coudet. Quizá Belgrano, en caso de alcanzar las semifinales. Tal vez la final. Y si es este último caso, a partir de ese resultado el escenario puede sufrir modificaciones radicales.

Pero el presente es lo que cuenta. Y qué presente. Coudet lo insinuó primero en público (en la conferencia de prensa posclásico) y ratificó su decisión puertas adentro, en el diálogo fino con algunos dirigentes (a esa altura los jugadores también ya estaban al tanto), lo que abrió un nuevo escenario a partir del cual moverse, más allá de cualquier alto grado de confianza para el partido copero.

Todo aquello ya no cuenta. Al menos para el entrenador. Por eso todo quedó a remolque de los 90 minutos que se vienen contra Boca por Copa Argentina.

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